El amor verdadero empieza donde acaban los cuentos”, dijo hace unos cuantos años la periodista y escritora Rosa Montero. O, dicho de otra manera, el amor platónico es tan solo una construcción social que, más que ayudarnos, nos ha hecho un flaco favor a todos.

Cuántas cosas se han escrito y dicho acerca del amor a lo largo de los siglos. Y, sin embargo, la mayoría de ellas grandes mentiras. Nos han vendido, con ayuda de ciertas telenovelas de sobremesa y miles de comedias románticas hollywoodenses, que el amor es único, infinito y predestinado.

Tren de cercanías

No obstante, puede que el amor tenga más de casualidad que de causalidad y las relaciones amorosas quizás sean mucho más convencionales de lo que queremos admitir. Solo hemos de fijarnos en los lugares donde conocemos a esa “persona adecuada”: en la escuela, en la Universidad, en nuestro trabajo, en el vecindario, en el círculo de amigos. En una palabra: cercanías. Conocemos a nuestras futuras parejas en nuestro entorno, porque de otra manera resultaría imposible dar con ellas. Puede que nuestra “media naranja” se encuentre en algún lugar de la selva amazónica, pero las posibilidades de encontrarnos con ella viviendo en España resultan bien escasas (incluso con la ayuda de los vuelos de bajo coste).

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El amor, como el resto de las cosas, depende del contexto físico en el que nos encontremos y de las personas que se cruzan por nuestro camino, más como un golpe de suerte que como una señal del destino. Porque aquello de que “el roce hace el cariño” no es solo una frase hecha. Las personas no nos enamoramos de una posibilidad idílica perdida en algún punto de este ancho planeta, sino que amamos aquello que vemos, que conocemos, que interactúa con nosotros. Nos enamoramos gracias al contacto. A la cercanía.

El amor y mis circunstancias

De la misma manera que el contacto es esencial para que surja ese sentimiento único e indefinible que algunos llaman amor, las circunstancias, como en la vida misma, lo son todo en las relaciones.

Son las circunstancias que rodean a un determinado momento las que hacen que dos personas acaben juntas (y, también, que no lo hagan). Son nuestras expectativas vitales del momento, nuestro estado de ánimo actual, nuestro contexto físico, nuestra actitud y nuestra rutina las que hacen que acabemos enamorándonos de cierta persona, y no tanto que esa persona tenga todo lo que estábamos buscando. Es lo que hace que parejas bien distintas terminen juntas, porque las circunstancias que han vivido les han unido inesperadamente (quizás una situación de vida o de muerte, la vivencia conjunta de una experiencia vital única, un período de tiempo determinado en la misma ciudad, y un largo etcétera).

Y es que el mismo concepto de “almas gemelas” resulta, a todas luces, una quimera. No existe tal mitad perfecta, tal persona adecuada para nosotros (al menos, no solo una ni en todo momento). Como dijo el húngaro Sándor Márai en La mujer justa,

simplemente hay personas, y en cada una hay una pizca de la persona justa, pero ninguna tiene todo lo que esperamos y deseamos. Solo hay personas. Y en cada una hay siempre un poco de todo, es a la vez escoria y un rayo de luz…

No hay una persona entre los casi 7000 millones de habitantes mundiales esperando ahí por nosotros, hecha para nosotros a nuestra exacta medida. No hay una única persona ideal, sino varias. O, quizás, incluso ninguna. O puede que algunas lo sean más y otras menos, si queremos darle perspectiva.

Lo que sí está claro es que hay muchísimas personas que dan con nosotros y forman parte de nuestra vida sentimental, algunas con sus idas y venidas, otras que pasarán a un segundo plano cuando el primer plano ha sido sustituido; otras que vendrán para irse y nunca regresar y, algunas (pocas) veces, conoceremos a personas que llegan para quedarse. Pero tan solo a veces. No todo son finales felices. Al menos, lo que el mundo occidental entiende por final feliz. Es hora de los finales reales, los amargos, agridulces, tristes, dolorosos pero, sobre todo, ciertos.

Decía Maruja Torres, si no yerro en la atribución, que nos enamoramos no de individuos únicos, sino de individuos disponibles. Nos enamoramos de lo que nos queda a mano, definiendo el amor como una especie de “tren de cercanías”. Por su parte, Ortega y Gasset ya nos habló de la importancia de las circunstancias que rodean al hombre en su famosa tesis Yo soy yo y mis circunstancias.

Quizás el amor sea una curiosa mezcla de las dos anteriores, una interacción de circunstancias cercanas. O puede ser, también, que el resultado de estas dos posibilite la formación de una tercera: la conexión. Tal vez el amor es tan solo una conexión puntual con alguien, que ocurre en un contexto físico específico y en unas circunstancias determinadas y que puede durar más o menos, dependiendo justamente de ese contexto y de esas circunstancias que lo rodean.

Esta metáfora de la conexión puede no ser la más romántica ni la más feliz, pero puede que sea la más real. Acaso los humanos necesitamos dejar de vepexels-photo-258425r (y de montarnos) tantas películas, necesitamos dejar de creer que los finales son siempre felices y percatarnos de que las medias naranjas a veces se vuelven zumo. Porque puede que todo eso sea solo un mito; puede que, en el fondo, la vida no sea más que un gran viaje en RENFE en el que debemos cambiar continuamente de vagón y conectar, en ocasiones, con otros pasajeros, tal vez para el resto del trayecto o quizás solo hasta la próxima estación.

Cristina Pazos del Olmo


Este artículo ha sido publicado por primera vez el 23 de marzo de 2016 en el blog de Cristina Pazos del Olmo.