Este mediodía comía con mi buena amiga Ainara en uno de esos restaurantes veganos tan de moda últimamente en los centros urbanos. Y así, entre la ensalada de garbanzos, la limonada y el zumo de manzana con ginger, le cuento que mi abuelo falleció el pasado mes de mayo. Le comento, además, que su esposa, mi abuela, ha decidido ir de luto y vestirse de negro un tiempo. Ella misma explica que tampoco es cuestión de cubrirse entera con un mantón como solía ser la costumbre, pero que una se siente mejor si se viste sobria y se pone alguna cosa negra, aclara. De ahí su insistencia a los hijos para que le compren un delantal negro, de color oscuro, que no fuese de colores ni con dibujos, sino negro. Al delantal le acompañan unas sandalias oscuras para el verano y sus pies tan hinchados, unos pantalones grises de lino fino y una camisa holgada con fondo oscuro y discretos rombos de color beige en la solapa. En el atuendo sobrio, serio, afligido y austero de mi abuela se expresa su tristeza y su dolor, su pena y desconsuelo, pero también su serenidad y aceptación, su comunicación al mundo- a su mundo-  de lo sucedido. Todo ello refleja y acompaña a su estado de ánimo, y le hace más llevadera la pérdida, más asumible el dolor. Mi abuela lo confirma. “Me siento mejor así, aunque sea una tontería”.

Pero la comida da mucho más de sí y en medio de los bocados a las hamburguesas veggis, Ainara me comenta que una amiga ha perdido recientemente y sin aviso a su padre, y el dolor e impacto de lo sucedido ha sido tal que dicha amiga ha optado por no ir al funeral ni, por supuesto, avisar a sus allegados. Prefiere negar la realidad, me explica Ainara y “sinceramente no sé qué hacer, no me atrevo a darle el pésame, puesto que ella misma ha dicho que no cree en esas cosas”.  La sociedad de hoy desdeña y aparta la muerte de un manotazo porque duele y nos molesta su presencia, pero con lo inofensivo del gesto ignoramos y rechazamos también el sentido de trascendencia que necesitamos todos los seres humanos. Aunque sea muy difícil aceptar que vivimos para morir, que vivir es también morir. Y luego estamos todas y todos perdidos – aquí no hay diferencia de género – dándole un sentido a nuestra existencia con la aparición de hipsters como setas o cultivando huertos urbanos en el balcón. Y que conste que ni yo ni Ainara tenemos nada contra las nuevas modas y costumbres urbanas o provincianas.

Bella_Starace_Sainati_and_Edda_AlbertiniLo mejor es que mi abuela, que siempre fue muy sensata y sagaz, lo intuye, y se siente agradecida. Mi abuela me confesó hace poco sentirse privilegiada porque en los largas tardes de este último invierno, mientras mi abuelo se consumía bajo el peso inevitable de su agotamiento, ella daba vueltas y vueltas al cómo y cuándo sucedería, no tanto al por qué, pero sí al cómo, al cuándo y a si ella podría, según su estado de salud de ese momento, acudir al funeral y acto. Temía que sus piernas doloridas e hinchadas por la circulación y la artritis le impidiesen ir, le impidieran estar allí tantas horas de pie. Y sabía que eso le podría pesar mucho más que sus piernas pesadas.

Mi abuela me expresó, además, lo bien que le sentó velar durante largas horas el cuerpo de mi abuelo en el tanatorio, acompañarle en su funeral y enterramiento. Se siente afortunada y feliz de estar presente y despedirle ante el mundo antes de que su propio deterioro se lo impidiese. Despedirse de aquellos que le querían, admiraban, conocían, hablaban o saludaban; de aquellos que le hubieran oído nombrar, de aquellos que él conociese, de aquellos que él quiso, de aquellos que éramos nosotros.

Llegamos al postre y mi amiga Ainara me confiesa parte de la ligera aflicción que parece acompañarla. “El dulce me baja las defensas”, dice mientras aflora en ella una sonrisa triste. “Hace poco he tenido un hijo, he sido madre, he cambiado, me he transformado, pero no he hecho un bautizo o fiesta para anunciárselo al mundo, he pasado del rito y la ceremonia insignificante que hubieran comunicado algo realmente significativo: que yo ya no soy sólo yo, que ya no soy sólo una mujer, sino una mujer que ha dado vida a otro ser, que ya no hay sólo Ainara, que existe Kepa; en definitiva, que soy otra. Y no se lo he contado a nadie, y no se lo he contado al mundo. Y eso me pesa y me duele”. Por eso Ainara me confiesa que acude al lugar más inhóspito y banal del mundo para contar la buena nueva, y pone una foto de su hijo en su perfil de Facebook pese a su reticencia natural y maternal de publicar fotos de menores en las redes sociales. Acto seguido son muchos los que la felicitan, dedican palabras, le dan su enhorabuena y dan likes al retrato. “A esto- se lamenta mi amiga, se ha visto reducido mi celebración con el mundo. Esta es mi fiesta”. Y lo peor es que reconoce sentirse ligeramente reconfortada.

La sociedad de hoy está negando esos ritos, esos gestos y ceremonias de bienvenida y despedida al mundo, o a cierta etapa de la vida. Los seres humanos necesitamos algo a lo que aferrarnos, un sentido de trascendencia que la sociedad moderna desdeña y desprecia o para la que simplemente no hay ya tiempo que perder. Sin embargo, los ritos de paso – y sus costumbres asociadas – simbolizan y marcan la transición de un estado a otro en la vida de una persona, de un momento a otra situación, a otro lugar. Los ritos son, de alguna forma, una manera de anclarnos en el abismo. Y sin ellos estamos más perdidos y más solos que nunca, y mi abuela y Ainara lo saben.

Silvia Villanueva Santander


La fotografía de portada es un fotograma de la película Doña Bernarda. Fotografía de Mr Buffay, obtenida en Wikimedia Commons.