Hace mucho tiempo que tenía ganas de sentarme a escribir unas líneas en defensa de la bondad, una virtud que parece haber descendido unos cuantos peldaños en nuestra escala actual de valores. La individualidad, el éxito, la imagen, la belleza o la riqueza parecen haberle robado los primeros peldaños al valor más humano – si es que alguna vez la bondad, esa inclinación natural a hacer el bien, ha llegado a ocupar un puesto tan alto en nuestra escala, la verdad sea dicha -.

Lo que me ha animado a sentarme a teclear ha sido el acertado artículo de la periodista Ana Sharife, que escribió hace ya unos cuantos años pero que yo he encontrado por casualidad hace unos pocos meses. El título, La bondad es sexy es, desde luego, toda una declaración de intenciones. De las suyas y también de las mías, pues mientras lo leía no dejaba de asentir con vehemencia a cada una de sus brillantes reflexiones. Y es que estoy completamente de acuerdo con ella: la bondad es sexy, a pesar de que se diga (o se crea) lo contrario.

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El famoso “beso frente al Hôtel de ville” (1950) del fotógrafo francés Robert Doisneau, símbolo universal del erotismo. Fotografía tomada de https://www.flickr.com/photos/faceme/9501888109.

Estoy tan cansada de oír expresiones del estilo de “Es demasiado bueno” o “A mí me gustan los malotes” que cuando llegan a mis oídos no puedo evitar poner los ojos en blanco. Y sí, me llegan con más frecuencia de la que creeríais, creedme. Claro que esto también tiene su parte buena, y es que los hombres que me suelen interesar producen poca competencia en mi círculo: “es todo tuyo”, suele ser la expresión con la que rechazan de un plumazo algunos de los valores más nobles que existen.

Tendemos a asociar la bondad de las personas como sinónimo de aburrimiento, de falta de carácter, de fragilidad e, incluso, de monotonía sexual, como si los “malotes” y los chulos fueran necesariamente divertidos, interesantes y mejores amantes; como si no existiese atractivo en los actos generosos, morales o altruistas… o como si una persona bondadosa no pudiera ser pícara en la cama o no conociera más que tres posturas sexuales.

Pero es que con bondad no me estoy refiriendo a simpleza, a pasotismo o a cobardía, adjetivos que tendemos a mezclar peligrosamente cuando nos referimos a una persona buena. La bondad no tiene nada que ver con eso: la bondad es humanidad, es actuar acorde a unos sólidos principios, es ser responsable de nuestros actos, es defender y creer en un código ético personal. La bondad es solidaridad, es generosidad, es civismo, es intentar hacer el bien. Conocer a personas que se mueven bajo estos términos es siempre un placer para mí, mayor que aquellos que intentan deslumbrar con su dinero, su conocimiento o su poder. No es cierto que no haya sensualidad o atractivo en la bondad: a mí, la bondad me enamora, la bondad me seduce. Claro que hacen falta otras muchas cosas más para pasar del interés al amor, pero la bondad es un pilar básico sin el cual no se puede construir nada.

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Tenemos que destruir el mito de que “la maldad es más atractiva”, como hace Gabriele Nissim en su libro La bondad insensata, un alegato de defensa a la bondad pura de las personas por encima de cualquier otro valor, ideología u obstáculo, y también una invitación a la reflexión de cómo únicamente a través de la bondad podemos destruir a los grandes “monstruos” de nuestros días.

“La bondad es sexy”, como nos asegura Ana Sharife, y no deberíamos cansarnos de repetirlo. Porque algo no va bien si acogemos el mito del atractivo de la maldad como una verdad más, algo va terriblemente mal si confundimos la bondad de las personas con aburrimiento o debilidad. Hay que reivindicar la bondad, hay que erotizar la bondad, para que las nuevas generaciones que están creciendo aprendan a ver la belleza que reside en los actos bondadosos. Quizás así podríamos construir un mundo mejor; quizás, si valorásemos un poco más la bondad, otro gallo cantaría.

Cristina Pazos del Olmo