Decía recientemente Cristina Morato que “Siempre regresamos a los lugares que han dejado en nosotros huella”. Y qué razón tenía, pienso para mis adentros mientras deshago mis maletas al poco de volver de Budapest, la capital de Hungría, ciudad donde cinco años atrás pasé un tiempo – no demasiado: cinco o seis meses – y a la que he vuelto tres veces desde entonces con excusas varias.”

Reconozco que mi historia de seducción con este lugar tuvo mucho que ver con mi despedida de entonces. Como sucede en las rupturas amorosas, la forma de romper, de irte de un lugar o alejarte de una persona, condiciona tu recuerdo posterior. Y por cuestiones laborales y no renunciables en aquel momento, abandoné inesperadamente una mañana fría de noviembre mi vida en aquella ciudad. Andaba yo por aquel entonces en pleno ensimismamiento con la capital y su disfrute. Nada malo veían mis ojos, la pasión cegaba los defectos que hubieran aparecido algún día de haber continuado allá. Me llevo mi tiempo sobreponerme a aquella pérdida. Y con estas cosas “fui aprendiendo de verdad lo que es la pérdida. Cómo no aprenderlo, si vivir es perder, precisamente”, que diría un personaje de nuestra gran maestra Rosa Montero. Por ello, Budapest permaneció totalmente idealizada en mi recuerdo con el misterio de su belleza decadente y sus contrastes de flores y lunas.

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En realidad, cuando uno regresa a un lugar que fue importante para él, a un espacio con cierto significado vital, emprende de alguna manera un viaje de viajes. Y no tiene por qué ser lejos, la distancia espacio temporal es una de las cosas menos medibles que existe. Pero en ese viaje uno se reencuentra con el que fue y con el que se marchó, se tropieza con personas que fueron parte de su vida y que luego continuaron con la suya. Y que ahora, por medio de una cena informal, un paseo en bicicleta o una cerveza en cualquier rincón pintoresco, comparten generosamente su alejada rutina contigo; de forma que el viaje de estira, se expande, y ese tiempo vacacional breve adquiere dimensiones insospechadas al compartir las dolencias y alegrías diarias del otro.

“La vida de cada hombre es un camino hacia sí mismo, el intento de un camino, el esbozo de un sendero”, decía el gran Herman Hesse. De nuevo el camino, el viaje, el eterno y ansiado homo viator. Pensemos que la metáfora del camino es uno de los lugares comunes en el arte y la literatura. Pensemos también cuánta literatura existe sobre los viajes en sentido amplio: guías de viajes, de aventuras, de carreteras, de entornos rurales o enclaves idílicos, de naturaleza, de lugares hermosos por descubrir o explorar.

Pero… ¿qué sentido tiene viajar? ¿Por qué rodamos, vagamos y peregrinamos los seres humanos? ¿Qué buscamos? ¿Qué esperamos encontrar? Muchas son las voces que apuntan a encontrarse a uno mismo, a descubrir lo que realmente quieres o necesitas, asunto totalmente válido y respetable pero que quizás no tenga tanto sentido. Al fin y al cabo, si tienes que iniciar un camino o ruta, mudarte de provincia (o planeta),  de idioma, gente y costumbres, para saber quién eres, qué anhelas y dónde te sitúas, es que te conoces poco, muy poco, más bien poquísimo. Bastaría tomarse un café con uno mismo de vez en cuando, pasar un rato a solas y perderse en tus alrededores para saber quién eres (o quién no) y hacia adónde caminas. Y es que esto del café resulta una opción más práctica y bastante más barata, para qué engañarnos.

Pienso en ello mientras evoco aquellos días pasados y recientes en este lugar, mientras cavilo sobre el sentido pasado y presente de aquellos viajes, de aquella vida a la que ahora regreso fugazmente por medio de este viaje a un lugar que ya conozco y con el que me reencuentro. Y comprendo la ventaja absoluta e indiscutible de viajar, de moverse, de empezar un camino, aunque sea también un tributo falaz para engañar a nuestra percepción y, más adelante, a nuestra memoria. Porque es cierto que cuando viajas o vives en otro lugar, pasas un tiempo en otro mundo, en otra película, en otra historia. Y según el talante de cada cual te alejas y te reinventas, te acicalas (por dentro, claro está), y “vuelves depurada, catartizada y remodelada” como decía una buena amiga,  “mientras la gente acá no han hecho más que algunas compras en el Carrefour”, añade, y casi que por ti ha pasado un tráiler. No, el verdadero sentido de viajar no es encontrarse a uno mismo. Es más bien multiplicar tu tiempo vital; vivir otras vidas que no son la tuya, repetir tu existencia a través de otros mundos, otras miradas, otros instantes. Viajar es engañar al jodido paso del tiempo, de alguna forma es creerte menos fugaz de lo que eres, menos provisional y efímero al volverte más consciente de ser caduco. Es hacerle un pequeño corte de mangas al sin sentido de vivir que nos acompaña en este camino.

Silvia Villanueva Santander


Fotografía de Budapest de Maurice, obtenida de Flickr