Hay una serie de frases, de fórmulas de cortesía ante la enfermedad o el dolor que seguramente habéis oído mil veces; es más, seguro que vosotros también las habéis utilizado en multitud de ocasiones: en un funeral, ante un familiar enfermo de cáncer, con un amigo al que le acaba de dejar la novia. Probablemente de vuestros labios hayan salido expresiones como: “Te vas a poner bien”, “Tienes que ser fuerte”, “Sonríe que de esta se sale”, “No te preocupes que todo irá bien”, “Seguro que no es para tanto”, y un largo etcétera. Son enunciados que, no sé a vosotros, pero a mí me empiezan a cansar un poco (y sí, lo reconozco: yo también recurro a ellos a menudo). Y es que parece que casi todos están destinados, más que al consuelo o a la esperanza, a provocar un falso efecto de felicidad, de alegría, de banal alivio. Y aunque sean bienintencionados (casi siempre, hay quien todavía practica la doblez ante las desgracias ajenas), muchas veces consiguen el efecto contrario, puesto que frivolizan con un dolor que, presuponen con esas palabras, pasajero y tolerable, un dolor soportable, cuando a todas luces, en esos momentos tan críticos, el dolor se vuelve tan insoportable que uno llega a dudar de si será capaz de superarlo. Con esas palabras huecas y facilonas el que sufre se siente incomprendido e incluso se siente culpable: con lo fácil que me pintan la felicidad, la salida de todo esto, ¿qué hago yo encontrándome tan mal? Y es que parece que, al esforzarnos tanto en vaticinar tiempos mejores, estamos limitando el derecho al duelo, al dolor, a la tristeza.

Tenemos que ser felices. Todo el rato. Constantemente felices. Así nos lo venden continuamente en campañas publicitarias, slogans, películas y libros; así lo parece – otra cosa es que lo sea – si nos atenemos a los rostros sonrientes que colgamos en Instagram, las frases de Paulo Coelho que compartimos en Facebook o los mensajes positivos que rezuman nuestras agendas y calendarios. Por eso el dolor incomoda, por eso, el dolor, molesta: no tiene cabida en una taza de Mr. Wonderful. No nos enseñan a enfrentarnos al dolor, a manejar el dolor, ni el propio ni el ajeno, y creemos que la clave está en esconderlo, en taparlo, en hablar de tiempos mejores, en esforzarnos por pasarlo lo más rápido posible. Nadie quiere enfrentar el dolor, nadie sabe cómo encararlo, porque no nos enseñan a hacerlo, porque se evita, y eso nos vuelve torpes y convencionales a la hora de hacerlo. Y entonces recurrimos a tópicos, a frases hechas, a consuelos vanos. Pero, en realidad, esa actuación hace poco o nada en los malos momentos. Y es que no se me ocurre nada peor que decirle a un enfermo que tiene que ser fuerte y no derrumbarse, o intentar quitarle hierro a lo que le pasa; tampoco creo que el famoso “Hay mil peces en el río” le sirva de mucho a un corazón que acaba de romperse, al menos no al día siguiente. Claro que quizás la enfermedad no era para tanto (… o sí), pero el mal rato hay que pasarlo; y claro que, seguramente, ese corazón se recompondrá e incluso volverá a enamorarse, pero hay un proceso de duelo que no se puede evitar o acelerar (aunque se haga). Los que sufren a menudo sienten que no tienen el derecho de hacerlo, que han de sufrir en casa y en silencio, a escondidas, para no desagradar al resto del mundo con sus muestras de fragilidad. Es cierto que se nos concede el derecho por un cierto tiempo: tenemos derecho a protestar el tiempo que estemos ingresados en el hospital; también tenemos derecho a unos 3 o 4 meses de duelo después de una ruptura amorosa, algún tiempo más después de la muerte de un ser querido; pero, pasado este tiempo “estipulado” socialmente, la tristeza está mal vista, se hace pesada, incomprensible e, incluso, sospechosa: algo no anda bien si sigues llorando por ella; algo no funciona si aún no has retirado sus pertenencias de la casa. ¿O es que nadie ha oído aquello de “¿Todavía estás igual? Pero si ya ha pasado un año…”? Es por eso que, a menudo, aceleramos los duelos, nos metemos de lleno en otra relación cuando aún no hemos superado la anterior; y es por eso también que contestamos enseguida que ya nos encontramos mucho mejor aunque nuestro desmejorado aspecto indique lo contrario. Porque ya tocaba estar bien.

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Hace unos meses conocíamos la terrible noticia de la muerte del malagueño Pablo Ráez después de varios años de incansable lucha contra la leucemia. Gracias a este joven, que se ha convertido en un héroe, la donación de médula en Andalucía aumentó en un 80% en tan solo un par de años. Sin duda, su labor y su lucha nunca serán olvidadas. Su positivismo y su fortaleza son dignas de admiración. No obstante, eso no desmerece a las miles de víctimas que padecen cáncer u otras enfermedades de gravedad y que están librando su propia batalla, de una manera más o menos optimista, con días malos y días buenos, con más y menos fuerzas dependiendo del momento. Porque hay momentos y momentos, como en todo proceso de dolor. Y dar salida a todos los momentos, los mejores y los peores, es parte del proceso. Y es que tenemos derecho a cansarnos, a desesperarnos, a protestar, y a gritar y quejarnos de vez en cuando; tenemos derecho a maldecir, a tirar la toalla, a perder la paciencia, la calma, la esperanza incluso; tenemos todo el derecho del mundo a tropezar, a caer, a caminar hacia atrás, a veces de lado o en zig-zag, dando tumbos o a trompicones; tenemos derecho a la tristeza, a las lágrimas, al desahogo, y eso no nos hace necesariamente débiles o vulnerables: nos hace, si acaso, más humanos. No hay nada más humano que sentimientos como el dolor, el miedo, la rabia, la impotencia o la incertidumbre. Hay que dejar salir las emociones con honestidad, con valentía. Estoy segura de que Pablo Ráez también se permitió sus ratos de flaqueza. Porque la vida no es siempre una frase motivadora de coaching ni una novela de Paulo Coelho, y la felicidad no debe ser una obligación, si acaso un fin o más bien un medio, una forma de estar y de entender el mundo, un enfoque ante la vida más real y menos efímero que nuestra última pose en Instragram. Las personas realmente felices no son constantemente felices, no son personas emocionalmente planas que solo entienden de emociones “buenas” o “positivas”. Se trata de personas que han padecido la pérdida, el dolor, que han realizado sus procesos de pena y se han hecho fuertes, más sabias, más prudentes. Son personas que lloran, que tienen días malos como todos los demás, que no borran la tristeza del repertorio de sus sentimientos. Una persona feliz no es necesariamente ingenua o superficial, no se asusta ante la tristeza y sabe empatizar con ella, lidiar con ella y, quizás lo más importante, salir de ella. Es más, una persona feliz, profundamente feliz, es probable que sea, además, una gran persona. Como decía la psiquiatra Kübler-Ross, muy conocida por establecer las fases universales del duelo, “las personas más bellas son aquellas que han conocido la derrota, conocido el sufrimiento, conocido la lucha, conocido la pérdida, y han encontrado su forma de salir de las profundidades”. Estas personas, lejos de ser negativas o infelices, son personas con gran “apreciación, sensibilidad y comprensión de la vida”.

Minimizar o empequeñecer un problema, un asunto, puede ser tan perjudicial como maximizarlo o sobredimensionarlo. A veces hay que dejar que la gente saque el dolor que lleva dentro. Expulsar las emociones, ser honesto con lo que sentimos y vivimos, permitirnos nuestros espacios de fuga, de desahogo, es también un acto heroico. No todos sabemos mostrar la fortaleza de Pablo Páez, pero no pasa nada: eso no nos hace peores ejemplos a seguir; atreverse a estar mal, a expresar tus temores a los demás, a aceptar el dolor y la tristeza en su plenitud con humildad y paciencia puede ser, también, un acto de valentía.  

Cristina Pazos del Olmo