Esta semana me han dado malas noticias en el terreno laboral. Un buen empleo que iba a ser para mí y que, por una serie de desafortunados contratiempos, acabó siendo para otra persona. Pasa todos los días, aunque no por ello resulta menos fastidioso. Pues bien, para consolarme (con buena intención, debo añadir) algunos amigos han recurrido a ese invento tan maravilloso que es el destino. Me han dicho aquello de que igual tenía que ser así, de que todo en esta vida ocurre por algo, de que el destino me tiene preparado algo mejor a la vuelta de la esquina. Pero a mí, una indeterminista empedernida, me ha dado por pensar que quizás no, que puede que a la vuelta de la esquina lo que ocurra es que me caiga una maceta en la cabeza y me parta en dos, a saber. Y toma destino.

Personalmente creo que el destino es un concepto tan ficticio como el karma o el principio del yin yang, pero que acudimos a él con frecuencia debido a una recurrente e inevitable manía que tenemos los humanos, que es la de darle sentido a todo aquello que nos ocurre (especialmente, a lo malo). Darle sentido a un suceso doloroso hace más tolerable ese dolor, porque pensar que estamos sufriendo por algo es un poquito más fácil de digerir que pensar que nuestro dolor es porque sí. Y, en nuestro empeño por darle sentido a todo, recurrimos al destino para explicar sucesos tras los cuales lo que realmente se esconde es tan solo la casualidad, el azar, la buena o la mala suerte.

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Y es que, ¿qué sentido tendría la vida, realmente, si hubiese un destino definido para cada uno de nosotros, si todo estuviese escrito ya? ¿Qué emoción tendría vivir la vida sabiendo que todas nuestras decisiones ya han sido tomadas, que todos nuestros anhelos y deseos son ajenos a nuestra voluntad, que nuestros objetivos ya estaban prefijados de antemano? ¿Y en qué quedaría la justicia? ¿Con qué derecho nos atreveríamos a juzgar un comportamiento que viene preestablecido por orden divino o natural, por un destino superior a nosotros, impredecible e inmodificable?

El destino es una bonita invención que sirve, a veces, para consolarnos; otras, para excusarnos y otras tantas para hacer especial una historia de amor que es tan causal como cualquier otra. Pero quizás simplemente deberíamos aceptar las cosas según vienen, entender que hemos perdido un trabajo y que puede que a la vuelta de la esquina no nos espere una gran oportunidad laboral para compensarnos; quizá tendríamos que reconocernos a nosotros mismos que conocimos a Fulanito o Menganita por casualidad en una cafetería, en una discoteca a las 3 de la mañana, en un tren por la tarde, y que de haber tomado el café media hora antes, la copa media hora después o cogido el tren de la mañana, serían otras las personas que hubiésemos conocido.

Buscamos al destino para no responsabilizarnos, también, de nuestras malas acciones y decisiones. Confesarnos a nosotros mismos que hemos hecho algo mal y que tenemos que asumir las consecuencias es difícil, pero si hablamos en términos de destino, si nos contamos y nos creemos que lo que hemos hecho tampoco estaba tan mal porque ya estaba escrito, porque tenía que ocurrir así, desde luego encontramos un gran alivio; el mismo alivio que es pensar que detrás de nuestras grandes desgracias se encuentra el destino; que, aunque ahora nos produce tanto dolor y sufrimiento, estaba escrito que ocurriera así, y que el destino nos recompensará con algo bueno, que la siguiente carta de la baraja será un as, como si en la naturaleza existiese la compensación o la justicia. Pero, desgraciadamente, el mundo no se mueve en términos de compensación, de equilibrio o de armonía (que se lo digan a las víctimas del huracán de Méjico, a los refugiados sirios o incluso, sin ser tan dramáticos, a los millones de norteamericanos que no votaron a Trump). El mundo se mueve, sobre todo, en términos de casualidad y de causalidad.

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¿Y no son acaso estas dos palabras bien bonitas? La causalidad es hermosa porque nos deja tanto margen de acción, nos hace seres libres, nos responsabiliza de nuestras acciones y sus consecuencias, nos permite estar orgullosos de todo aquello que hemos hecho bien, de las decisiones que hemos ido tomando a lo largo de nuestra vida y que nos han llevado a ser quienes somos ahora, aunque eso incluya, también, responsabilizarnos de nuestros errores. Y la casualidad es una palabra asombrosa, casi mágica, pues podemos esperar cualquier cosa de ella, hace que la vida sea hasta cierto punto impredecible, que nos sorprenda, nos abrume y nos entretenga, nos distraiga y nos divierta y nos ofrezca tantas cosas con las que no contábamos, tantos sucesos que ocurren “mientras hacías otros planes”, como decía el maestro Lennon.  

Se suele decir aquello de que las cosas buenas las disfrutamos, mientras que, de las malas, aprendemos. Y es cierto que es sabio extraer una lección de vida de cada traspiés en el camino, de cada golpe con el que nos agrede la vida. Tenemos la necesidad de buscar un sentido, una explicación de las cosas que nos van ocurriendo, especialmente de aquellas que no entendemos, de las que nos han hecho sufrir. Es necesario hacer este ejercicio para escribir nuestro relato de vida, para narrarnos nuestra propia historia. Pero quizás el sentido y la explicación no resida en buscar un destino al que responsabilizar de nuestras acciones, quizá lo único que tiene sentido es la experiencia, la propia lección de vida, lo que aprendemos de lo que nos va sucediendo, la pequeña sabiduría que extraemos de cada vivencia, una sabiduría que, en última instancia, puede evitarnos caer dos (o tres o cuatro) veces en la misma piedra.

La naturaleza es bella, magnífica, sorprendente, pero también es cruel e injusta, y en el reparto de cartas de la baraja nos pueden tocar mejores y peores cartas. Pero luego está todo lo demás: está la vida que vamos viviendo, el camino que vamos haciendo mientras caminamos; no hay nada que esté escrito en ningún lado, no hay nadie que estuviera predeterminado a acompañarnos en nuestro camino. Hay circunstancias y hay acciones, nuestras propias acciones, nuestras bondades y mezquindades, nuestras decisiones e indecisiones, nuestros encuentros y desencuentros, nuestras cobardías y valentías, nuestros aciertos y nuestros fracasos, y serán todos ellos los que vayan definiendo el camino, dibujando la alfombra, y los que marcarán quién nos acompañe y quién se aleje, quién se quede y quién se marche, quién vuelva y quién no. Dejar nuestra vida, nuestro camino, en manos de un supuesto destino es condenarnos a nosotros mismos, es encadenarnos, atarnos a una maquinaria que ni comprendemos ni podemos modificar, una maquinaria caprichosa e imprevisible. La indeterminación nos hace más responsables, nos hace más culpables, nos hace más comprometidos, pero también nos hace más libres.

Cristina Pazos del Olmo