Este jueves Juan Carlos, alumno curioso y sagaz, con buena  memoria y retentiva, me preguntaba con una sonrisa limpia y no exenta de ironía cuántos suscriptores tenía el vídeo de literatura medieval que estábamos viendo en clase. Les pongo a veces ese tipo de medios audiovisuales para intentar motivarles en este palpitante mundo que es la literatura desde lugares o voces que sean cercanos para ellos. Pero la anécdota reveladora se remonta al curso pasado. Hablábamos entonces –Juan Carlos, otros alumnos del curso y yo- de las figuras y tópicos literarios: Carpe Diem, Ubi Sunt, Homo Viator o Vita Flumen como lugares comunes en el arte y literatura universal, repetidos hasta la eternidad en la búsqueda del hombre hacia sí mismo. También entonces les enseñé un vídeo bastante interesante que mostraba y desarrollaba este tema, aunque al poco de comenzar a verlo toda la clase estallaba en una carcajada general ante el comentario de un ingenioso que señalaba en voz alta: “Qué bueno profe, cuántos followers”.

El vídeo en cuestión tenía 5 suscriptores y 21 seguidores, si no recuerdo mal. Reconozco que no me ofendió la mofa y que yo también esbocé una sonrisa; reírse de uno mismo es algo merecedor de compartir y enseñar. Le quita hierro a la existencia y relaja los músculos. Ahora bien, el asunto es digno de advertencia y cautela. Por eso respondí al chiste con una reflexión y cierta seriedad. “A ver, todos sabemos que hoy en día vuestra forma de comunicaros  y entender el mundo es esta, pero también hay que tener criterio. Y no podéis comparar o equiparar a vuestros Youtubers con Saramago, Marie Curie, Oscar Wild o Rosa Parks, es decir, con gente que ha contado y significado algo realmente para la humanidad”. Recuerdo que todos me miraban con semblante serio, no sé si asustados ante una posible reprimenda o porque les llegan en algún lugar las palabras pronunciadas – una siempre duda con esto -. Y sigo: “Hay que distinguir y mirar más allá, para que Víctor Hugo, Emilie Bronte, Simone de Beavoir o Aristóteles no mueran, o lo que es lo mismo, no queden en el olvido y desaparezcan”.

Ojo, no nos confundamos, no critico ni juzgo a los adolescentes y no me río de su mundo, como les dije ese día. Ellos son mero espejo y reflejo de la sociedad que tenemos, del mundo que nosotros, los adultos, les ofrecemos. Nunca me gustó la condescendencia madura e hipócrita sobre ellos. Son frescos y directos, huelen a ímpetu, a enfrentamiento, a rebeldía y pueden mandarte al carajo en ciertos momentos, lo cual es desesperante a veces y en otras ocasiones tiene su gracia, porque no está mal que alguien te ponga por unos instantes en tu lugar. Si tienes lucidez lo verás. Ellos somos nosotros. Hoy en día el mundo que hemos creado persigue y ansía popularidad rápida, instantánea y temporal a cualquier precio y, lo que es peor, lo equipara y empata con lo importante, con los imprescindibles.

2El siglo XXI (occidental) mira culturalmente a internet con ojos ávidos de guita y gloria, y es que como ya decía el gran José Luis Sampedro, “cada cultura ha tenido su referente. Los griegos, al hombre; la Edad Media, a Dios; ahora, al dinero”. Hace un par de cursos alumnos de uno de los colegios más prestigiosos de la capital, procedentes todos ellos de la clase alta madrileña y del mundo diplomático y empresarial, inmersos en una educación plurilingüe y elitista, me confundían a Ortega y Gasset con un torero famoso que un día conducía borracho. Lo cual prueba que el fenómeno no es cuestión de clases ni emplazamiento y el problema trasciende el supuesto catetismo hispánico.

Pero intelectuales de la talla de Vargas Llosa han hablado ya del asunto y advertido de los peligros que acechan tras La civilización del espectáculo, como explica el premio Nobel en este brillante ensayo. Crece hasta tal punto el entretenimiento, la banalidad y frivolización que prolifera la estupidez más zafia y la publicidad, consciente del poder sobrenatural que ejercen estos nuevos ídolos, los alza aún más en el pódium de la gloria y plata para poder disponer de ellos al servicio de sus intereses y objetivos. El fenómeno no es nuevo y acompaña a futbolistas, estrellas de televisión y cantantes desde hace un tiempo, pero reconozco que el mérito cada vez es menor y su alcance, imparable y progresivo. Matar gatos u otras frikadas convierten en noticia y fama a chavales que dirigen el mundo desde su habitación con una webcam. La consecuencia de todo esto es grave porque la extensión de la memez llega hasta la mofa del canon, porque se duda ya de la fuente de la cultura y sabiduría, y como decía recientemente Pérez-Reverte, quienes tienen un conocimiento limitado, fruto de acceder al conocimiento desde una única fuente todopoderosa, la red, “aplicarán esos límites a cuanto se les ponga delante. Juzgarán el mundo no por lo que éste tiene y ofrece, sino por la reducida visión que de él tendrán ellos”.

Dudo de mí misma con la  última frase que les dije a los alumnos. Sé que mis palabras permanecen e influyen infinitamente menos que las del El Rubius, al que la revista Times incluyó en la lista de jóvenes más influyentes de todo el mundo, llegando a superar los 21 millones de suscriptores. Tampoco sé si algún día a Ortega Cano le dio por hablar del espíritu de nuestro tiempo ni si Juan Carlos recuerda la disertación de aquel día o se queda exclusivamente con que su profe está fuera de onda. Están aún por ver y considerar las consecuencias de este espeluznante mundo que estamos creando.

Silvia Villanueva Santander