Este año se cumplen 200 años desde el nacimiento del único hijo de la familia Brontë: Patrick Branwell. Si bien los bicentenarios del resto de las hermanas están por llegar (pues todas ellas nacieron entre 1816 y 1820), hemos querido alejar nuestro foco de atención de las más que conocidas y leídas Charlotte, Emily y Anne para hacer una pequeña mención al hermano olvidado de la familia, Branwell Brontë. Quizás él mismo ya era consciente de que iba a la cola cuando, tras pintar un retrato de él mismo y sus hermanas en 1834, decidió, a posteriori, “borrarse” del mismo y esconderse tras una columna de color ocre.

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Las hermanas Brontë, pintada por el único hermano varón, Branwell, quien decidió “borrarse” del cuadro después de pintarlo. El cuadro se puede encontrar actualmente en la Galería Nacional de Retratos de Londres. Imagen obtenida en Wikimedia Commons.

Patrick Branwell, nacido en 1817, representa en cierto modo el “patito feo” de la familia. Mientras que sus hermanas gozaron y siguen gozando de reconocimiento por sus novelas y poemas, Branwell, apasionado y melancólico a partes iguales, ha pasado a la historia más por sus adicciones, sus vicios y su estilo de vida autodestructivo, lo que le llevó a una muerte prematura. Con tan solo 31 años, y después de un sonado fracaso amoroso, el único hijo de la familia Brontë murió víctima de una tuberculosis agravada por el alcoholismo y el abuso de sustancias opiáceas. Sus excéntricas actitudes, entre las que se incluyen el haber incendiado su propia cama o el haberse empeñado en morir de pie, no ayudan a mejorar su imagen.

No obstante, Branwell también demostró compartir mucho del talento de sus hermanas, talento que puso en práctica a través de la escritura – especialmente la poesía – y la pintura. Comenzó colaborando con sus hermanas en la escritura de libros fantásticos infantiles y continuó con la traducción de varios clásicos, incluidas las Odas de Horacio. Posteriormente se lanzó a publicar sus primeros poemas en varias revistas, todo ello intercalado con su afición a la pintura (en especial, los retratos). Con tan solo 26 años su vida daría un giro drástico – aceptar un trabajo como tutor del hijo del reverendo Robinson – que le llevaría cinco años después a su trágico final. Branwell pronto se enamoraría perdidamente de la esposa del reverendo, quien primeramente le correspondió, pero terminó por rechazarlo tras la muerte de su esposo debido al discutible estilo de vida del hermano Brontë. Branwell, despechado y con el corazón roto, encontraría su propia muerte poco tiempo después. Esta muerte le pesó a la mayor de las hermanas Brontë, pero no por las razones sentimentales que cualquiera pensaría: Charlotte lamentó en sus memorias que su único hermano nunca supiera el éxito que sus tres hermanas habían obtenido en la literatura debido a que tuvieron que esconder sus proyectos literarios para no provocar en el hermano envidias y remordimientos, pues él se había dedicado a malgastar su tiempo y su talento – al menos, así lo cree la mayor de las hermanas -.

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Autoretrato de Branwell en la cama, esperando su muerte, pintado un año antes de morir (1847). Imagen obtenida en Wikipedia.

Quizá las que realmente mostraran algo de envidia fueran las tres hermanas de su hermano, y no únicamente al revés: hay que destacar que la imaginación de Branwell era ilimitada y sorprendente. Era capaz de trabajar en historias y cuentos de géneros literarios muy distintos, plasmando una interpretación única de su mundo. Aunque a menudo le faltara disciplina y constancia, este talento sirvió de inspiración a las tres hermanas e influyó en muchas de sus obras, en las que plasmaron parte de las opiniones y pensamientos de Branwell. De hecho, se cree que la personalidad del hermano inspiró los personajes de Hindley Earnshaw en la célebre Cumbres borrascosas, de Emily, y Arthur Huntingdon en la novela La inquilina de Wildfell Hall, de Anne. Está clara, por lo tanto, la influencia de Branwell sobre sus hermanas, influencia que, si bien no fue siempre positiva, permaneció presente a lo largo de sus vidas, como una musa que las invitaba a escribir. Y aunque fueran ellas las que acabaran eclipsando el mundo de la literatura, no hay que olvidar que el hermano Brontë fue el primero de los cuatro en publicar.

Hay, por lo tanto, más caras que descubrir y que explorar del único hijo varón de la familia Brontë, y debemos esforzarnos por que estas caras salgan a la luz para hacer un poco de justicia al olvidado Branwell. Quizás así conseguiríamos recordarle no solo por sus excesos y por su baja capacidad de resiliencia, sino también por su inusual talento y el enorme influjo sobre sus hermanas, gracias al cual contamos hoy con verdaderas obras de arte como Cumbres borrascosas. Este es el objetivo del I Brontë Parsonage, el museo de Yorkshire dedicado a la familia, que celebra actualmente el bicentenario del nacimiento de Branwell con una exposición que recupera parte de su obra y de su vida.

Reproducimos aquí una pequeña parte de su obra poética, en concreto el poema dedicado a Lydia Gisborne, la mujer del reverendo de la que se enamoró. En este poema, en su original en inglés, Branwell describe el tiempo que pasó con ella en su casa:

On Ouse’s grassy banks – last Whitsuntide,

I sat, with fears and pleasures, in my soul

Commingled, as ‘it roamed without control,

‘O’er present hours and through a future wide

Where love, me thought, should keep, my heart beside

Her, whose own prison home I looked upon:

But, as I looked, descended summer’s sun,

And did not its descent my hopes deride?

The sky though blue was soon to change to grey –

I, on that day, next year must own no smile –

And as those waves, to Humber far away,

Were gliding – so, though that hour might beguile

My Hopes, they too, to woe’s far deeper sea,

Rolled past the shores of Joy’s now dim and distant isle.

En cualquier caso, cabe mencionar que el caso de Branwell Brontë no es el único en el mundo de los escritores que crecieron a la sombra de los éxitos de sus hermanos. En la literatura hispánica también tenemos casos famosos, como la rivalidad entre los hermanos Goytisolo (José Agustín, Juan y Luis) o la fama del poeta Leopoldo María Panero, a cuya sombra sus hermanos Juan Luis y Michi, poeta y escritor de cuentos respectivamente, intentaron buscarse un hueco en la literatura. También se nos viene a la memoria la familia Machado y la poesía de los hermanos Manuel y Antonio; menos nos suena el nombre de Francisco Machado, el tercer hermano que tuvo que exiliarse a Francia tras la Guerra Civil y que, según se ha sabido recientemente, también se estrenó en el mundo de la escritura. No sabemos cuánto de la creatividad es responsabilidad de los genes, pero lo que sí parece claro es que compartir los mismos talentos no siempre es rentable para todas las partes…

Cristina Pazos del Olmo