Luís de Camõefue un escritor luso considerado  uno de los mayores poetas en lengua portuguesa y autor del bellísimo soneto Mudan los tiempos y las voluntades. Pienso en su cuarteto inicial y sonrío para mis adentros mientras desempaqueto la última caja de libros y objetos varios que guardo aún de mi última mudanza:

Mudan los tiempos y las voluntades;
se muda el ser, se muda la confianza;
el mundo se compone de mudanza
tomando siempre nuevas calidades.

Hace cosa de un par de meses, coincidiendo con el inicio del curso escolar, comenzaba yo una de esas mudanzas ya bastante habituales en mí. La verdad es que no sé si por casualidad o causalidad en mí ansiada, mi vida ha estado siempre llena de traslados y partidas, de idas y venidas, de marchas y regresos. Pero sobretodo, de mudanzas, de muchas y variopintas mudanzas; es decir, de traslados o cambios de una habitación o casa a otras. Probablemente esta movilidad geográfico-vital sea una de las muchas consecuencias de la reciente globalización, aunque también es cierto que según la vida y recorrido de cada cual, uno incurre en escasas o limitadas mudanzas y quizá eso le proporcione otra visión del asunto, porque “cada uno ve la feria según le va”, que diría mi abuela.

Imagen 1

Pero vayamos por partes para que el lector no se pierda; hablaba yo del poder evocador y sugerente de estas migraciones domésticas. Porque efectivamente de eso se trata. Uno no sólo se muda de barrio, pueblo o ciudad;  de provincia, país o continente; es decir, uno no sólo se mueve y cambia el espacio exterior, el paisaje externo que nos rodea con todas sus particularidades atmosféricas, geológicas o lingüísticas, por mucho que eso -y es mucho- nos condicione. Nos mudamos sobre todo de piso, de casa, de vivienda, de hogar. Ciertamente en el espacio vital de los seres humanos la vivienda o morada  ocupa un lugar significativo y valioso de nuestra existencia; es un espacio que ocupa mucho espacio. Porque donde habitamos las personas se produce la verdadera convivencia con el otro y ese es el roce más legítimo. Es ahí donde nos afincamos, asentamos y donde nos establecemos. Es también donde comemos, dormimos,  lloramos y amamos, es decir, donde somos más profundamente humanos.

 Y ahí  uno se enfrenta a varios dilemas y  algunas verdades inevitables. A fuerza de mudarme he aprendido que las migraciones domésticas son rituales, son duchas internas de agua helada, tibia o ardiente según tu estado de ánimo, porque en realidad son momentos en que uno se enfrenta a bocajarro a lo importante, o mejor dicho, se enfrenta a qué o quién es importante para ti: qué te llevas y qué retiras, qué cuadro o sofá te acompaña y de qué mantel o libro te desprendes. En realidad, las personas ordenamos y guardamos en cajas, bolsas y maletas aquello que es indispensable para nosotros, aquello que se muda con nosotros allá donde vayamos. Y por eso, sentimos ciertos escalofríos internos al mirar de reojo los objetos y espacios comunes: ese tostador que en ocasiones chamusca el pan, esa estantería que ocupa medio salón, esa lámpara que apenas alumbra, ese mueble que preside el salón …Y es que más allá de su valor utilitario o estético, esos objetos nos importan porque se han convertido en testigos de nosotros mismos, en espejos de quienes fuimos, en reflejos de quienes somos, son discretos amantes de nuestra cotidianidad y con ello decoran nuestra esencia y nos acompañan.

Vamos a hacer limpieza general o, mejor todavía, una mudanza que nos permita abandonar las cosas sin tocarlas siquiera, sin mancharnos, dejándolas donde han estado siempre; vamos a irnos nosotros, vida mía, para empezar a acumular de nuevo. O vamos a prenderle fuego a todo y a quedarnos en paz, con esa imagen de las brasas del mundo ante los ojos y con el corazón deshabitado.

Los hermosos versos de la poeta Amalia Bautista evidencian el dilema que muchas veces conlleva enfrentarte a tus propios trastos, es decir, a tus propias glorias y miserias, porque lo mismo te puede dar por hacer limpieza general o tirarlo todo y empezar de cero. Por idéntica razón, las mudanzas tienen algo de terapéutico, de catártico, de superar tus propias tragedias para enfrentarte a las próximas, a las siguientes. Son fotos instantáneas de nuestras vidas y eso… a veces, como que escuece.

Y todo esto explica que las mudanzas cansen y agoten en el sentido literal y literario de la palabra, casi más que por el esfuerzo físico que acarrea arrastrar muebles o maletas. Por eso cuesta dormirse en camas ajenas; eso de ser el mismo y levantarse en otra cama, en otro sitio, en otro cuarto tiene su aquel. Por lo mismo, las mudanzas nos dan pereza, no nos suele apetecer enfrentarnos a lo que somos, a lo que fuimos y a la auténtica fortaleza que nos queda para continuar el camino. Aspavientos cotidianos convertidos en gestos intimidatorios y revulsivos hacia uno mismo.

Silvia Villanueva Santander


Fotografía principal obtenida de Flickr, de Alvaro Ortiz.

Segunda fotografía obtenida de Flickr, de Alex Guerrero (“Moving out”).