Más de medio siglo después del final de la Segunda Guerra Mundial, de la derrota de Hitler y el nazismo y del exterminio judío, aún volvemos la vista atrás con vergüenza y asombro y nos preguntamos cómo pudo haber sucedido.

Quizás lo más inexplicable del Holocausto judío no fuera la brutal matanza de millones de inocentes, el alzamiento al poder de un fanático como Adolf Hitler o la creencia de una raza aria. Ni siquiera la crueldad con que se trató a las víctimas consigue poner tanto los pelos de punta como lo hace el hecho de que todo un país consintiera esta barbarie, cerrara los ojos y siguieran cenando tranquilamente mientras en el telediario anunciaban una nueva “limpieza étnica”.

Si nos fijamos en el contexto que rodeó al Holocausto y al nazismo, nos damos cuenta de que la barbarie no fue una idea aislada de algunos pocos locos: no fueron crímenes que se mantuvieron en secreto a la sociedad, ni consecuencia de una “enajenación mental transitoria” de la población. Los crímenes ocurrieron delante de la sociedad, a manos de la sociedad y con el apoyo de la misma.

Adolf_Hitler_45Siguiendo a Zygmunt Bauman en su libro Modernidad y holocausto, las matanzas no fueron el resultado de la acción de nazis sádicos degenerados, ni de enfermos mentales (lo cual sería un poco más fácil de digerir); el exterminio exigió la colaboración de ciudadanos decentes, intelectuales, científicos y personas que, en su mayoría, serían incapaces de hacer daño a sus semejantes, rechazarían el uso de la violencia física y jamás la utilizarían y que, a pesar de ello, aprobaron este vergonzoso comportamiento.

Para entender esto hay que comprender que los crímenes judíos fueron un resultado de la época, de la modernidad. No sucedieron por culpa de ella, ni siquiera a causa de, sino que fueron la consecuencia de la misma. Todo en el Holocausto fue modernidad: los crímenes fueron cuidadosamente planificados, organizados al detalle, exactos en su técnica, llevados a cabo fríamente y dejando de lado la parte emocional, creando una tecnología avanzada para su propósito, motivándose con ideas de una biología racial, con métodos tan modernos como la cámara de gas.

Tomando la expresión de Enzo Traverso, “el holocausto fue una manifestación patológica de la modernidad, una barbarie industrial y tecnológica, donde el poder y la eficacia de los métodos de exterminio aumentaban las ansias de seguir matando”. En definitiva, el Holocausto judío fue el producto de la sociedad moderna, utilizando todos los medios que ésta le proporcionaba y consiguiendo, de esta manera, el genocidio más impactante de la historia. En palabras de Voltaire, “la civilización no suprime la barbarie, la perfecciona.”

La paradoja de todo esto (coincidiendo, una vez más, con el sentido común de Bauman) es que fueron los propios medios e instituciones de un país, los que regulan la vida de los ciudadanos y, se supone, hacen el bien, quienes consintieron un error tan grande, quienes planearon, elaboraron y llevaron a cabo ese error. No es que el Holocausto hubiera sido menor sin ello, es que no hubiera sucedido. No fue el proyecto de una tremenda equivocación ni de una tapadera a escondidas, sino que fue el fin mismo de la modernidad.

La organización moderna no lleva necesariamente a crear Holocaustos, pero sí proporciona los medios necesarios para posibilitarlas. Las leyes y organizaciones que, en teoría, nos proporcionan seguridad y coherencia, pueden invertirse y significar todo lo contrario. La sociedad tuvo y, en vistas del panorama mundial actual, aún tiene los ingredientes necesarios para cocinar una masacre.

Cristina Pazos del Olmo


Este artículo fue publicado por primera vez en la revista Triálogos.

Fotografía principal obtenida en flickr, de la Royal Opera House Covent Garden.

Fotografía de Hitler obtenida en Wikimedia Commons.