Hace aproximadamente un año por estas fechas acudía en Bilbao a una presentación de la novela La carne de Rosa Montero. Con la excusa de que su autora me firmara su libro, me acerqué tímidamente a ella y le entregué una nota que había escrito mientras esperaba mi turno. Porque me conozco y sabía que probablemente no me atrevería a decirle en persona aquello que tenía en mente y que ahora reafirmo desde este medio: que siempre he creído que es una de las grandes voces literarias de este país, que su narrativa tiene una calidad y altura extraordinaria y que estaba convencida de que por contingencias y azares de la intrahistoria – más que por falta de pedigrí literario y talento – no había logrado el lugar y reconocimiento que merecía. Por eso me alegré tanto al saber que Rosa Montero fue por fin galardonada este martes, 14 de noviembre, con el Premio Nacional de las Letras Españolas 2017, concedido por el Ministerio de Educación, Cultura y Deporte y dotado con 40.000 euros. Porque, sobre todo, el premio es un reconocimiento al conjunto de la labor literaria y trayectoria de un autor y al lugar que ocupa en la narrativa española. Y ya era hora. Gabriel Celaya (1986), Miguel Delibes (1988), Francisco Ayala (1991), Vázquez Montalbán (1995) o el grandioso José Luis Sampedro ( 2011) son algunos de los escritores que también han recibido dicho galardón en las 34 convocatorias desde el origen de su existencia. Rosa Chacel (1986), Carmen Martín Gaite (1994), Ana María Matute (2007), Carmen Riera (2015) y ahora Rosa Montero (2017) son las únicas mujeres que han recibido dicha condecoración, lo que sin lugar a dudas agiganta aún más el mérito.

Manifestación_contra_el_Toro_de_la_Vega._Rompe_una_Lanza_2014_(65)Efectivamente, el reconocimiento literario en nuestro país le ha costado mucho más que el periodístico, del que nadie duda desde hace tiempo y del que le han llovido los homenajes desde tiempo atrás: Premio Mundo de Entrevistas en 1978, Premio Nacional de Periodismo en 1981, Premio de la Asociación de la Prensa de Madrid 2005 o Premio Internacional Columnistas del Mundo 2014, entre otros muchos homenajes. También fuera de nuestras fronteras la Rosa Montero narradora está probablemente más valorada que aquí dentro y su obra ha sido traducida a más de veinte idiomas: el Premio del Círculo de Críticos de Chile 1998 y 1999 a la mejor novela por La hija del caníbal y Amantes y enemigos; el Premio Grinzane Cavour 2004 al mejor libro extranjero publicado en Italia por La loca de la casa; el Premio Roman Primeur 2006 por la homónima novela; el Premio de los Lectores del Festival de Literaturas Europeas de Cognac 2011 por Instrucciones para salvar el mundo, o ser nombrada Doctor honoris causa por la Universidad de Puerto Rico en 2010 son prueba de ello. En España recibió el Premio Primavera de novela por La hija del caníbal en 1997, el Premio de la Crítica de Madrid 2014 por La ridícula idea de no volver a verte y el Premio José Luis Sampedro 2016 por el conjunto de su obra junto con otros reconocimientos de los lectores como el Premio Qué Leer 2003 a la mejor novela española por La loca de la casa y homónimo reconocimiento en el 2005 por Historia del Rey Transparente. Pero a Rosa se le resistían los grandes premios, los reconocimientos con mayúsculas como el Premio Nacional de las Letras que acaba de recibir. Supongo que todos vivimos condicionados por nuestros propios prejuicios e ideas preconcebidas, y tampoco se libran de ella los catedráticos y culturetas más doctos; y es que al final ser “ser periodista, ser mujer y además feminista”, como ella misma afirma, hace que muchos te etiqueten y que algunos desdeñen tu obra considerándola poco seria, poco adusta, cuando es justo lo contrario. Todo ello hace que muchos o casi todos valoren y reconozcan el mérito de sus artículos, pero siempre creí que apenas son gotas de agua en el mar de su universo narrativo. Este profundiza y ahonda en las raíces y claro oscuros del ser humano y explica con gran sentido del humor e ironía la tragedia de vivir. El amor, la pasión, el paso del tiempo, la identidad, la soledad, la imaginación, la vejez o la muerte son las fuentes inagotables que personifican y personalizan su obra.

El jurado del galardón ha destacado «su larga trayectoria, en la que ha demostrado brillantes actitudes literarias» y la «creación de un universo personal, cuya temática refleja sus compromisos vitales y existenciales, que ha sido calificada como la ética de la esperanza. Yo, por mi parte, pienso para mis adentros cómo en su día me encaré a la muerte y temblé con La Función delta (1981); volví a la infancia perdida con Bella y oscura (1993); me acerqué al proceso creativo y a la esencia de la imaginación con La loca de la casa (2003); me partí de risa y disfrute tanto con La hija del caníbal (1997); me llegó al alma e inspiró La ridícula idea de no volver a verte (2013) o gocé y redescubrí placeres y temores con La carne (2016). Todas me tocaron la fibra, no la sentimental o sensible, sino la existencial y vital, la que condiciona el alma y sombrea el contorno del mundo. En todas –y esta es solo una pequeña muestra de sus 15 novelas, ensayos o relatos – uno palpa y reconoce que se encuentra ante buena literatura, aunque no sea de su gusto o goce de su predilección, se manosea y advierte la agudeza existencial y literaria.

Además de que una frase suya presida y encabece nuestro blog, Cristina Pazos, la otra literata y yo, siempre hemos sentido admiración profunda y narrativa por esta mujer. Hay premios que saben a gloria, por lo que tardan en llegar, por lo que cuesta conseguirlos. Porque ya era hora. Enhorabuena, Rosa.

Silvia Villanueva Santander


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