Desde que he cumplido los 30, hay varios indicativos que me recuerdan que nos vamos haciendo mayores de manera irremediable. El primero es, sin lugar a dudas, el recordatorio constante de la muerte, la certeza de que no somos más que meros mamíferos de “hoja caduca”. El segundo es el irrefrenable paso del tiempo, un indicativo feroz y cruel que se refleja en la memoria olvidadiza, en un cuerpo con demasiado cansancio acumulado, en unos sueños que se vuelven cada vez más inalcanzables, en las arrugas de una piel que envejece cada año un poco más. Creo que a cualquiera que le haya entrado el mal de la finitud estará de acuerdo conmigo en que estos dos indicativos son los más fieles compañeros de nuestro viaje mortal.

Pero, para mí, quizás el tercer indicativo más poderoso de que me estoy haciendo mayor sea el ir dándome cuenta de que ya casi no practico primeras veces de casi nada. Es uno de los grandes cambios que trae la adultez, la angustiosa sensación de que ya todo lo he vivido antes, ya todo lo he probado, practicado, disfrutado; ya todo lo he sentido con anterioridad. Y también es uno de los mayores males del mundo adulto, pues no hay sensación más enriquecedora, más desafiante y más viva que la de realizar algo por primera vez: acumular una nueva experiencia en la mochila, realizar un viaje que cambiará tu vida y tu mente, alcanzar una meta que parecía imposible, tu primera vivencia en el extranjero, tu primer piso cuando te independizas, tu primera relación sexual, tu primer gran amor.

Tengo una vecina que solía ser una niña pero que, en cuestión de años (quizá incluso solo meses) se ha convertido en una adolescente que está empezando a explorar el mundo. Nunca he intercambiado con ella más que holas y adioses en un breve trayecto de ascensor, pero por su forma de hablar, de dirigirse a sus padres, de sonreír a los amigos que la esperan en el parque de debajo de casa, me ha parecido siempre una chica dulce, amable e introvertida. Pues bien, desde hace unos pocos meses tengo la certeza de que esta vecina está probando un montón de primeras veces, todas relacionadas con el mundo del amor, y es que últimamente no hago más que encontrarla en el portal dándose unos arrumacos varios con el que debe de ser su primer novio. Y creo que es su primer novio por la emoción casi no contenida en su gesto cuando bajamos juntas la semana pasada en el ascensor, por el brillo en sus ojos y el nerviosismo en su voz, por la impaciencia con que miraba las plantas aparecer y desaparecer con extremada lentitud – estoy segura de que así lo sentía ella – tras las puertas del ascensor. Cuando llegamos al portal casi le faltó tiempo para controlar sus ansias de atravesar las puertas de cristal y llegar hasta el lugar donde la esperaba el chico, con la misma urgencia y el mismo deseo en su mirada. Me pareció un momento tan maravilloso, tan tierno, tan fresco, y por un instante me vi reflejada en sus miradas, vi el espejo de quien yo había sido a sus mismos años, quizá un año antes o uno después, cuando mi primer novio venía a buscarme al portal y yo sentía que las ganas se me escapaban por todos los poros de mi piel, y me sentía temeraria, aunque también bastante temerosa, y tremendamente nerviosa, alocada, maravillada, asombrada y, sobre todo, viva, muy pero que muy viva.

few-feet-684685_960_720.jpgDebo reconocer que, aunque la escena amorosa me pareció entrañable, no pude evitar sentir una pizca de nostalgia, incluso de sana (o no tan sana) envidia, porque eché en falta todas aquellas primeras veces que los humanos guardamos con cariño y con inusual detalle en nuestra memoria: el olor del primer amor, el tacto de las primeras caricias, el calor (a veces, tan solo el dolor) de la primera vez. Y es que estoy segura de que mi vecina está descubriendo todas estas sensaciones ahora mismo, el revoloteo de mariposas en el estómago, la magia de los primeros toqueteos y, muy pronto, no dentro de mucho (quizás esté ocurriendo ahora mismo, mientras escribo estas líneas), el fuego de su primera vez. Claro que también le queda por vivir aún su primer desengaño amoroso, de tal fuerza e intensidad que nunca se olvida, uno que la hará sentir tan viva como muerta. Menos mal que no soy yo quién para darle la mala noticia…

Echo en falta esas primeras veces, porque ni siquiera un nuevo enamoramiento, por muy poderoso que sea, sabe igual que el primero. Ya sabemos de qué va aquello que sentimos, y por eso mismo sabemos también que la sensación irá diluyéndose inevitablemente con el tiempo, de la misma manera en que sabemos, aunque el amante sea otro y la piel otra, el repertorio de posibilidades sexuales que estamos a punto de practicar, la mecánica de la erótica, lo que nos gusta más y nos gusta menos, lo que vamos a sentir y cuándo lo vamos a sentir, y lo difícil es que un amante nos sorprenda con algo novedoso a estas alturas, y llega un momento en que todo empieza a ser un poco así: lo difícil es que la vida nos sorprenda, más allá de noticias desagradables a las 2 de la mañana, esquelas en el periódico, pérdidas irreparables, enfermedades desconocidas. Por eso echo en falta tantas y tantas primeras veces, momentos que te sorprenden, te descolocan, te emocionan, te vuelven a hacer sentir vivo. Tengo la sensación de que, a medida que vamos creciendo, cada vez hay que esforzarse más y más por llegar a tener nuevas experiencias, nuevas primeras veces; de que, mientras que acumulamos derrotas, equivocaciones, engaños, hartazgos, cansancios, frustraciones y amarguras, la emoción, la capacidad de sorprendernos, se va quedando atrofiada por el camino.

Hace unos días volvía a casa con mi madre después de haber bajado al centro a realizar varios recados y cogimos una línea de bus que casi nunca suelo coger por lo reducido de su frecuencia. Mi madre me miró con una sonrisa y me dijo: “Qué emoción, nunca he cogido esta línea antes. Fíjate tú, a mis 60 años y voy a volver a hacer algo por primera vez, quién lo diría”. Esa pequeña anécdota, aunque os parezca una soberana tontería, ha inspirado todo este artículo. Porque al decirme aquello, con una ilusión auténtica en su rostro, me acordé de mi vecina y su novio; al decirme aquello, recordé qué es lo que más me gusta de mi madre, que, de entre todas las cosas (que son muchas), sin duda alguna esta alegría suya tan característica es mi favorita. Y también recordé, con orgullo, que es justamente en ese aspecto en el que dicen que soy igualita a ella – parecido físico aparte -. Recordé cuánto les sorprende siempre a mis parejas que sea tan alegre, tan impresionable con los trucos de magia, que me sorprenda por las cosas más cotidianas de la vida, que guarde cierto encanto infantil, a veces incluso algo ingenuo, en mis comportamientos y mis reacciones. Recordé lo que me encanta conocer a nueva gente que me regale primeras veces, descubrir personas maravillosas tras algunos de esos nuevos rostros; recordé que por eso leo tanto y devoro cine, para llenar mi mochila de nuevas historias; recordé por qué me encanta viajar, por qué soy un culo inquieto que vuelve como nueva de cada viaje; recordé por qué aún tengo muchas esperanzas, sueños y expectativas, por qué espero tanto de la vida.

Cuando nos vamos haciendo mayores y la experiencia pesa sobre nosotros como un cielo encapotado, no queda otra opción que cambiar de actitud, que cambiar nuestra mirada. Hay que enfocar el mundo con una mirada fresca, esforzarnos por buscar nosotros mismos nuevas primeras veces con que ilusionarnos, emocionarnos y sentirnos vivos. Hay que dejar las vehemencias en casa, robarle un poco de esa mirada inexperta a mi vecina, dejar de sentir que estamos de vuelta de todo. Porque la realidad es que nunca se está de vuelta de todo; la realidad es que la vida, por muy repetitiva, tediosa y aburrida que pueda parecernos en ocasiones, nunca dejará de sorprendernos. Siempre habrá primeras veces que disfrutar, ya estén depositadas en un rostro amigable nuevo, en un nuevo amor, en una novela única, en un pedazo de comida deliciosa, en una noche de juerga, en un viaje a la Patagonia o en un deporte por explorar. Y, por eso, debemos intentar quedarnos con quien nos regale nuevas primeras veces, por quien comparta con nosotros pequeños detalles o gestos que llenen nuestra mochila de nuevas experiencias. Porque no se me ocurre nada más triste que una vida sin emoción, una vida sin ilusión, una vida donde no se espere ya nada. Porque siempre debemos pedirle mucho, muchísimo, a la vida, aunque luego nos ofrezca la mitad o incluso menos. Porque estar vivo es experimentar, ilusionarse, emocionarse, fascinarse, y sin todo esto la vida no es más que un preso en el corredor de la muerte esperando su condenatoria sentencia.

Cristina Pazos del Olmo