Fernando J. López es un novelista y dramaturgo español. Fue finalista al Premio Nadal 2010 con La edad de la ira,  y autor de libros como Cuando todo era fácil, El sonido de los cuerpos, Las vidas que inventamos o La inmortalidad del cangrejo. Además, ha participado en antologías de relatos como Lo que no se dice o El cielo en movimiento, y es autor de títulos juveniles con gran éxito entre los lectores adolescentes, como El reino de las Tres Lunas o la novela  Los nombres del fuego.

SV – ¿Desde cuándo te dedicas a la literatura?

FL – De forma profesional, la primera novela la publiqué con 19 años, con la cual gané un premio que era el Premio Joven y Brillante. Lo concedía un jurado de cierto prestigio con Cela, Bousoño y más escritores. A partir de ahí empecé a compaginar teatro y narrativa. Durante toda la etapa universitaria estuve haciendo teatro alternativo en Madrid con un grupo de teatro y ya realmente el giro profesional más importante vino con la publicación de La edad de la ira, tras ser finalista del Premio Nadal. A partir de ese momento empecé a combinar lo que era ya la literatura para adultos con la narrativa juvenil, que son ahora mismo los dos géneros que cultivo. Y ya con  el teatro también pasé de llevarme el Premio Compañía a escribir para otros, a estrenar con otras productoras. Entonces mi giro fue a partir de los 27-28 años, cuando ya empiezo a dedicarme profesionalmente a esto de una manera seria y más reglada.

SV – ¿Cuándo empezaste a escribir tus propias historias?

FL – Desde siempre, desde siempre yo me recuerdo escribiendo. Además, yo era un niño al que no le gustaba nada jugar, absolutamente a nada, pero me gustaba mucho inventar. Entonces realmente mi manera de jugar y de relacionarme con los demás niños era inventado historias que de alguna manera convertíamos en juego, con lo cual yo muy pronto empecé a sentir la necesidad de plasmar eso, de dejarlo en papel. Y además me gustaba decorarlo, me cosía mis propios libros con cuerdas de colores que le quitaba a mi madre o cordones de zapatos incluso. Y para mí es que escribir era lo más divertido que podía pasarme, lo viví como algo muy lúdico y poco a poco empecé luego a compartirlo. Es verdad que tuve el apoyo de mis profesoras. Ya en la etapa infantil enseguida se dieron cuenta y me animaron mucho a escribir, fueron las que me presentaron a mis primeros certámenes literarios y… Bueno, enseguida descubrí que era lo que más me gustaba hacer aunque no sabía que iba a terminar siendo mi oficio. En principio era solo un juego.

SV – ¿De dónde sacas la materia prima para tus historias?

imag3en-1.pngFL – Siempre de la realidad. Mi gran materia prima es mi vida y la vida de quienes me rodean y la segunda gran fuente es el periódico. En todas mis novelas hay muchísima realidad. Incluso en las novelas donde hay fantasía como Los nombres del fuego, o El reino de las tres lunas que son para adolescentes también hay muchísimos elementos reales. Y en todas lo que trato siempre es visibilizar aquellos problemas sociales que a mí más me preocupan. Nunca doy respuestas, no tengo moralejas, no tengo teorías cerradas pero sí que tengo claro qué problemas me preocupan y qué interrogantes quiero plantear. De alguna manera la materia prima es todo aquello que me parece que está por resolver. O sea, es mis novelas siempre hablo de temas que supuestamente se hayan arreglado como pueda ser la igualdad de género, como pueda ser la homofobia, como pueda ser el racismo pero que yo creo que por desgracia no son situaciones que ya estén resueltas y lo que trato de hacer es una literatura incómoda; es decir, que el lector de alguna manera se sienta interpelado y tenga la sensación de que hay cosas que no estamos haciendo. De alguna manera eso es lo que más me gusta, incomodar al lector: que empatice con los personajes por un lado, y que se vea incómodo por otro.

SV – ¿Qué te aporta a ti la literatura?

FL – Me aporta una cierta estabilidad emocional porque me permite sacar muchas cosas de mí que a lo mejor si no se quedarían dentro, con lo cual al final yo creo que es un desahogo también brutal a muchos niveles. Hay una catarsis que hacemos los escritores cuando escribimos, y por otro lado me aporta conocer a mucha gente. Realmente,  para mí la literatura está siendo una forma de descubrimiento de la realidad. Sí porque tengo la suerte de que mucha gente me cuente sus historias, también es verdad que yo participo en muchos encuentros, charlas… Es algo a lo que siempre me he mostrado abierto y eso tiene una parte dura que es que es muy cansado, haces muchos kilómetros, pero tiene una parte fabulosa que es que conoces a gente interesantísima. Y la gente te cuenta, me gusta mucho escuchar y los libros me están permitiendo conocer muchas vidas y también me están permitiendo conocer a mucha gente muy implicada en muchas causas. Como mis novelas son muy sociales me han permitido entrar en un montón de asociaciones, de entidades, de colegios, institutos con gente haciendo cosas que me provoca mucha admiración y que me están ayudando a ser más positivo. Yo soy una persona muy crítica. Entonces yo de repente estoy muy en contacto con gente que hace cosas para que el mundo funcione. Y a veces se nos olvida que eso existe. Sólo vemos la parte negativa. Y entonces lo que me aporta la literatura es conocer ese otro lado de la realidad y valorar lo que se está haciendo. Y yo creo que somos muchos en el lado constructivo y a veces ni siquiera nos damos cuenta de que estamos ahí. Para mi es una forma de conocimiento y descubrimiento constante.

SV – ¿Qué diferencias encuentras entre la literatura para adultos y la literatura juvenil?

FL – Pues yo básicamente lo único que distingo cuando escribo para jóvenes o adultos es la edad de mis personajes. No cambio ni la manera de escribir, ni cambio la estructura ni la dificultad. Los nombres de fuego es una novela estructuralmente muy compleja pero ellos la entienden fenomenalmente porque les interesa lo que se cuenta. ¿Qué tiene de juvenil? Que los protagonistas tienen 16  años pero mis novelas juveniles tienen muchos lectores adultos. Es más, Los nombres del fuego empezó a recibir críticas primero en el mundo literario adulto y además muy positivas. Y La edad de la ira está escrita para adultos pero ellos decidieron hacerla suya porque les interesa lo que se cuenta,  incluso les provoca cierto morbo  porque está contada desde el punto de vista de los profesores la vida en el instituto y les hace mucha gracia ver cómo es la vida de los profesores fuera de las aulas. Lo que cambia, entonces, es básicamente eso, es la edad del narrador, o cambian los temas, porque yo creo que en la literatura juvenil sí que tienes que hablar de su mundo, o sea, el mundo adolescente, que es un mundo egocéntrico. Entonces tú tienes que hablar de cosas que les importan, pero yo no cambiaría mi manera de escribir, a lo mejor cambio la mirada. Ahora la siguiente que he escrito combina la narrativa adulta y adolescente, la he concebido como un libro que pueda ser leído por cualquier edad. Tengo claro que va a interesar a los jóvenes pero me gustaría que fuera compartido también por los adultos. Porque la idea es que el joven conozca mejor al adulto y el adulto al joven, con lo que cual yo la etiqueta juvenil me la creo a medias.

SV – ¿Cómo construyes tus novelas? ¿Desde los personajes, a partir de una trama, desde el final…?

FL – No, normalmente construyo  siempre desde un tema y un personaje. Siempre tengo un tema que me interesa contar, lo que tardo mucho es en ver cómo. Me da mucho miedo caer en lo “panfletario”, como caigo mucho en lo social tengo que evitar el panfleto, me es muy importante encontrar un personaje. Tengo el tema pero no empiezo a escribir hasta que no encuentro qué vida lo va a representar o lo va a contar. Cuando ya doy con el personaje la trama va saliendo sola. Yo no soy de los que se inventa la trama al principio, nunca, porque lo que más me divierte de una novela es descubrirla. Mi novela Cuando todo era fácil, que es la que presento esta tarde en Santander, es un thriller y empezó con un asesinato, pero yo no tenía la solución cuando empecé a escribirla, yo sabía que había un asesinato, lo que más me divertía de la escritura de esa novela era ir tramando las pistas, haciendo el puzzle y dándome cuenta yo mismo de dónde estaba la solución. Para mí lo fundamental es que los personajes tengan vida, si el lector no se emociona con los personajes la novela es fácil. Creo que la empatía es fundamental. Tú lees un libro porque te has enamorado de los personajes. Y si no, es raro que lo termines.

SV – ¿Qué consejos le darías a alguien que empiece a escribir y que quiera dedicarse a ello?

FL – Yo, sobretodo, creo dos cosas: la primera, paciencia, porque es un mundo muy complicado y muchas veces hay gente que se desanima demasiado pronto y a veces que no te publiquen no tiene que ver con la calidad de lo que escribes sino con que no has dado con la editorial o el momento justo. Así que paciencia y tesón por un lado, creo que es fundamental porque este trabajo es una carrera de fondo salvo que tengas una situación concreta que no es lo habitual. Y la segunda, creo que honestidad, creo que a veces sobre todo cuando se está empezando a empezar a escribir con una primera novela hay quien se preocupa demasiado por qué es lo que se va a publicar, qué es lo que puede vender, qué es lo que puede ganar un premio y es al final nunca funciona porque se ve clarísimo desde fuera que estás siguiendo una fórmula y creo que la escritura debe ser honesta. Cada uno tenemos una voz y si eres honesto y escribes con esa voz va a interesar a mucha gente, a más de la que puedas creer pero tiene que nacer de tu verdadera forma de escribir.

SV – Muchas gracias, ¡qué interesante…!

FL – Gracias a ti.


Este entrevista fue realizada en el mes de diciembre en el IES Ocho de Marzo de Castro Urdiales por Silvia Villanueva Santander. 

Fotografía principal obtenida de Wikimedia Commons.