Hace un año le rompieron el corazón a una buena amiga mía, a una de esas personas maduras, conscientes y reflexivas a quienes los tópicos amorosos – él se lo pierde, no te merece, algo mejor te está esperando ahí fuera… – le son de tanta utilidad como una palmadita en la espalda.

Cuando a toro pasado le pregunté cómo había sido capaz de superar un desamor a estas edades, con la crudeza de su lucidez y el peso de los años y de las experiencias, me dijo que, a grandes rasgos, habían sido dos las cosas que le habían ayudado. La segunda es de mi propia cosecha, y es que para superar un corazón roto yo soy de la teoría de las 3 Ds: distanciarse, desahogarse y distraerse. Y, probablemente, en ese mismo orden.

Pero lo que más la ayudó o, al menos, le ofreció cierto consuelo, fue un artículo de opinión que publicó en El País Rosa Montero, una de mis autoras favoritas, hace ya más de una década. El artículo en cuestión se llama El desamor escuece, y en él la autora describe con una agudeza y una sensibilidad únicas el desgarro que produce el dolor de un desengaño amoroso. Sus descripciones son tan detalladas que, incluso con el corazón sano, sentimos tambalear los cimientos de nuestro mundo al recordar lejanamente el abismo en el que caemos cuando alguien nos parte el corazón, y su prosa es tan musical que a ratos parece que estamos leyendo lírica. Pero lo que más ayudó a mi amiga no fue tanto el estilo del artículo – de gran aportación literaria, pero de poca valía per sé para superar el escozor de un alma herida -, sino el contenido del mismo, pues después de relatar los devastadores efectos del desamor, Rosa nos ofrece también tres grandes consuelos o alivios. El primero de todos es un tópico amoroso, si bien quizá el único que no está exento de veracidad: este dolor pasará. Y es que un corazón roto hace tanto o más daño que un duelo o una enfermedad, pero la intensidad de su dolor es tan real como su fecha de caducidad: algún día este dolor pasará, también pasará, al igual que lo hicieron los desamores anteriores. Aunque ahora mismo te cubra un manto espeso y no seas capaz de ver la luz, aunque sientas que nada tiene sentido en estos momentos, racionalmente sabes que la vida sigue, que el sol volverá a brillar y que tú volverás a ser feliz, de nuevo, algún día. Claro que también sabes que eso requiere tiempo, que no hay atajos en el desamor, que aún te quedan muchos días de pozo y de oscuridad, pero la certeza de su expiración, la experiencia previa de su finitud, nos reconforta levemente desde las profundidades del negro pozo, nos hace cosquillas en la oreja a través del pesado manto con un ligero soplo de esperanza. Y es que nadie se muere de un corazón roto y, si eres mínimamente inteligente, saldrás un poquito más sabio de la experiencia.

El segundo consuelo que ofrece Rosa no es tanto un alivio como una triste realidad, y es la de que el sentimiento amoroso, ese que ahora abruma y sobrepasa al que ama, es una emoción que también decaería en su correspondencia, una poderosa pasión que iría diluyéndose con los meses, con los años, inevitablemente, hasta desaparecer por completo o hasta convertirse en otra cosa, en otra sensación, en otro sentimiento quizás más estable y  sólido que el amor inicial, pero desde luego sin la intensidad, el poder y la pasión del principio. Y aunque aquello en lo que se convierte no invalida el proceso amoroso, no tiene por qué ser necesariamente de peor calidad ni desde luego siempre un fracaso, es conveniente recordar que los sentimientos se relajan, se diluyen, pierden fuerza y brío, en especial cuando el ardor de esos sentimientos te quema en la piel, te escuece en el alma como la sal a un corazón abierto.

hands-love-pair-together-160999El tercer y fundamental consuelo que nos regala Rosa Montero (porque nos hace un regalo a todos y cada uno de los que amamos) es recordarnos que la capacidad de amar, la capacidad del amor, no depende particularmente de la persona que nos acaba de partir el corazón, de la persona que nos acaba de rechazar. La capacidad de amar está dentro de nosotros, está dentro del que ama, y el objeto amado no es más que una proyección, no es más que un reflejo de nuestra capacidad amatoria, de nuestros anhelos amorosos, nuestras expectativas, nuestras pasiones y nuestros sueños, nuestros deseos y nuestros miedos más profundos. El amor dice más de nosotros que de la otra persona, porque el amor no está en los demás, sino que está en uno mismo, porque no eres tú, sino que soy yo. El amor es un acto de valentía, es un acto de generosidad, y el que ama sabe, aunque aún no lo pueda sentir, que su capacidad de amar no desaparece con el desamor de aquel que le ha rechazado, que volverá a enamorarse, volverá a proyectar esos mismos anhelos, deseos y pasiones en otra persona (¡incluso en otras personas!), y que el sentimiento que en estos momentos le desgarra tanto, le hace sentir tan por los suelos, le teletransportará algún día, de nuevo, a las alturas del mundo, le hará volar y levitar otra vez como solo el amor sabe hacer. Porque el amor es así, tan maravilloso y tan doloroso, depende del rato, a veces, incluso ambas cosas a la vez.

El que ama, el que es herido de corazón, en realidad está de enhorabuena, pues su desgarro amoroso no es más que la prueba fehaciente de que ama, de que está vivo; porque nada nos hace sentir tan vivos como el amor, porque cuando amamos nos olvidamos por un segundo de que vamos a morir, porque la capacidad de amar es nuestra defensa contra la muerte, porque el que ama le gana tiempo a la vida, le gana tiempo a la muerte.

Cristina Pazos del Olmo