Antes del viaje

Mi viaje a Uganda comenzó el 12 de julio, un día antes de tomar literalmente el vuelo que me conduciría a ese lugar – palabras textuales de mi madre – alejado de la mano de Dios. Me acerqué a una de esas cadenas chinas que venden cosas muy baratas, justo debajo de mi casa, para llevar a los niños del orfanato cuentos para colorear y botecitos que hacen pompas de jabón y que me divertían tanto a mí de niña. Pensaba comprar bastantes porque sabía que  eran muchos los niños que por allá deambulaban. Y ahí comenzaba mi primer retortijón, el primer mareo y contorsión mental al sentir esa primera incoherencia. Me iba a un voluntariado a Uganda, dispuesta a colaborar y crear un mundo más justo e igualitario y me tiraba media hora en la tienda de los chinos, cuya venta de productos a precios irrisorios conlleva sobreexplotación y  además hace de trampolín para el sistema neoliberal que deja de lado a este país en el mercado y que impide al  continente olvidado vender sus productos a un precio “ justo”… Reflexionaba sobre todo ello dentro de mis propias contradicciones y sin meterme demasiado en los dogmas  anticapitalistas, porque hay cosas que son muy evidentes y, por ende, bastante indiscutibles. Recordé entonces las sabias palabras del Lázaro Bustince, máximo referente sobre África en España:

Uganda  necesita menos caridad y más justicia social.

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En la escuela

Las instalaciones sorprenderían al viajero más experimentado por lo rudimentario y básico del lugar. Mi mirada tropezaba con el armazón de un colegio público típico y corriente del medio rural en Uganda y yo debía tragar saliva dos veces porque aún tenía muy fresco y presente el lugar, prestigioso colegio internacional de Madrid, donde enseñaba cada día. Feli, la maestra, comenzó la presentación…

Ellos, nuestros visitantes, los aquí presentes, los que podéis ver aquí delante, han venido de muy lejos y eligieron África entre otros muchos lugares del mundo. Y dentro de este vasto y dilatado continente prefirieron nuestro pequeño país Uganda…  Pero aún hay más, de entre todos los distritos de nuestra perla optaron por Kiboga, la desconocida, remota, céntrica y lejana Kiboga, aunque no hubiera parques nacionales cercanos ni otros lugares de interés. Y, de entre todos sus barrios y suburbios, escogieron nuestro popular, rural, campesino, campestre, labriego y apacible Bamasuuta. Y de entre los varios colegios existentes y reinantes en nuestras tierras llegaron a este nuestro. Y por eso están aquí. Han venido a echar una mano. Han llegado de muy lejos para trabajar codo con codo con la vieja Yaya que se encarga de los huérfanos de Bamasuuta. Démosles la bienvenida.

    Todos los niños empezaron a cantar y palmear. Feli comunicaba con su voz, con su mirada, con esa sonrisa y entusiasmo nuestra llegada al lugar. Pensé… Queda claro que lo que convierte a un centro en un buen colegio no son las pizarras digitales ni las tablets, sino un buen maestro. Me sentía abrumada y muy insignificante ante tal presentación.

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Otras lecciones

Bonnie, el otro voluntario local, comenzó animadamente su charla en luganda, lengua local y mayoritaria para gran parte de la población en Uganda. Bonnie compartía con aquellos chicos su propia experiencia vital como niño de la calle que huye de la crudeza de Ruanda tras la muerte de su padre y la desorientación vital de su madre. Así, terminó en la guerra de la calle en la trastornada Kampala, con toda la desorientación y confusión  que eso conlleva. Sagala, el otro voluntario, nos traduce lo que Bonnie explica. Resalta la dureza del relato; habla de todo aquello que él vivió…abandono escolar, peleas callejeras, y uno de los males más terribles a los que se enfrenta cualquier ser humano,  los abusos sexuales… Pero Bonnie conversa con un temple y un talante que me impide emocionarme porque me sentiría muy mentecata. Yo escucho silenciosa y con toda mi atención bastante conmocionada. Llevo días compartiendo convivencia y obra, ambos trabajamos ufanamente para hacer esa casita a la yaya y nunca lo hubiera imaginado. Está claro que hay que rascar para saber qué hay detrás de las personas. Hay que mirar, mirar con otros ojos a quien creemos que ya hemos visto y que muchas veces es un gran desconocido. Este chico hecho hombre tan pronto continua su historia y su relato capta la atención de todos los presentes. El chico es un magnífico comunicador y aunque no entiendo una palabra, descifro con claridad lo que dice. Es curiosa la comunicación porque a veces las personas hablan lenguas distintas aunque compartan idiomas, y en otras ocasiones pasa justo lo contrario. La diferencia idiomática no impide la comprensión y escucha del otro. Recuerdo como si fuese ayer (qué paradoja la de esta memoria selectiva que elige recuerdos a su antojo y los ancla en tu memoria…) el momento en que Bonnie cambia su tono de voz  y cómo todos enmudecimos con esa radio que cambiaba de emisora sin avisar. Como en un juego o película con un sorprendente y dulce final, Bonnie les habla de esperanza y de talento, sobre todo de talento, como una capacidad innata a los seres humanos que se convierte en su escalera, en la cuerda a la que aferrarse cuando el abismo queda demasiado cerca. A él le ayudaron, creyeron en él y, gracias a eso salió, salió de la calle para ahora llevar una vida mejor, al menos una vida enteramente suya y que sólo a él le pertenece.

Este relato recoge 3  fotografías, 3 imágenes captadas al azar menos casual que puede existir cuando uno se aproxima a la desigualdad y la injusticia.

Silvia Villanueva Santander