El pasado viernes 2 de febrero la Casa de Cultura de Limpias, una pequeña localidad  situada en el curso bajo del río Asón de apenas 1900 habitantes, ofrecía una conferencia titulada Guerra civil en Limpias y su entorno, a cargo del historiador cántabro Fernando Obregón y acompañada del valioso testimonio de José Antonio Larrinoa. Larrinoa es el sobrino de uno de los combatientes desaparecidos durante la Guerra Civil y autor del hallazgo a finales del verano pasado de la fosa común en el cementerio de esta localidad donde descansan los restos de los 74 republicanos fallecidos durante la contienda.

La sala donde tuvo lugar la charla estaba repleta de gente una tarde gélida y lluviosa de invierno, lo que prueba que el interés por la cultura y por llegar a entender quiénes somos llega también a los núcleos rurales y trasciende el umbral que atesoran en muchas ocasiones los núcleos urbanos ligados a ámbitos universitarios y de investigación. 

Foto2.jpgFernando Obregón inauguraba la conferencia con una charla inteligente, amena y ágil  sobre la Guerra Civil Española en Limpias y su entorno. Probablemente es muy difícil cualquier intento de síntesis porque la charla en sí resultó muy copiosa y rica en datos, situaciones, personajes, batallas. Y al mismo tiempo que el historiador contextualizaba el hallazgo de una fosa común en el cementerio de Limpias, hilaba retazos de historias de vida propios de una mirada prolongada y sagaz sobre el conflicto bélico. Pero para conocer los detalles y acceder de primera mano a esta sugestiva información, es mucho mejor acudir a los libros que el autor tiene publicados al respecto, porque además de varios libros de historia y rutas de montaña, Fernando Obregón se ha especializado desde el 2003 en la recuperación de la memoria histórica de la Guerra Civil en los distintos valles y comarcas de Cantabria, con más de una veintena de libros monográficos publicados. Esta conferencia se correspondía con la obra del 2007 República, Guerra Civil y Posguerra en los valles del Asón (1931-1948).

Pese a lo que muchas veces el imaginario popular se figura, Cantabria fue republicana durante los trece primeros meses de la guerra, con todas las paradojas y dificultades que eso suponía para una región electoralmente “franquista” y que tiene frente a sí misma, a apenas 40 kilómetros de distancia, al bando contrario. Y precisamente un 12 de julio de 1937, Juan Larrinoa Arza, de 22 años, teniente del cuarto batallón ‘Carlos Marx’ de la UGT y prometedor ciclista, fue víctima del bombardeo de la aviación franquista sobre Ampuero en el llamado Bombardeo de Ampuero que causó la muerte a numerosos milicianos republicanos. Ochenta años después, su sobrino, José Antonio Larrinoa, un jubilado vasco que buscaba a su tío fallecido en la Guerra Civil, ha dado “milagrosamente” con él, encontrándose inesperadamente además con una lista con 74 fallecidos olvidados, en su mayoría vascos, cántabros y asturianos, y otros que no han sido identificados.

La historia de este hallazgo, pero sobre todo de esta búsqueda, es la historia de una pasión: humana y extraordinaria común; es el deseo y afán ferviente de hallar la verdad y recuperar la memoria. El relato de Larrinoa emociona sobre todo porque es como si a esta pasión humana se le pudieran poner palabras. José Antonio nos cuenta cómo probó primero e ilusoriamente con todas las listas de fallecidos que existían en los juzgados de los pueblos de la zona Asón-Agüera sin llegar a obtener ninguna información clara. Sin embargo, a finales del verano y a punto de darse por vencido después de dos meses de búsqueda minuciosa, llegó a la parroquia de San Pedro de Limpias. Allí, de manera también casual, el párroco de la iglesia miró las estanterías convencido de que de existir libros de defunciones tan antiguos solían mandarse al Obispado, pero se encontró con un ejemplar escondido entre los volúmenes de bautizos y matrimonios en los que aparecían de forma detallada las 74 personas sepultadas entre los años 1936 y 1937. Juan Larrinoa Arza era el número 56.

imagenlibro.jpgCon este asombroso hallazgo a sus espaldas, Larrinoa no logra conciliar el sueño y contacta con el historiador cántabro Fernando Obregón, del que le han dicho que le gusta el tema y se dedica a estudiar estos asuntos en los valles de Cantabria.  Y así conciertan una cita en la cafetería del hospital de Laredo, probablemente el escenario menos imaginado como punto de encuentro de empeños y tenacidades, de tesones y perseverancias, porque precisamente de eso se trata. Juntos, Larrinoa y Obregón, darán a conocer la existencia de los 74 fallecidos en una fosa común del cementerio de Limpias. Se ha de tener en cuenta la existencia de un hospital de sangre en el lugar donde hoy se sitúa el actual parador de la localidad. “El Palacio Eguilior donde ahora se encuentra el lujoso parador de Limpias fue habilitado en aquella época como hospital de guerra del bando republicano. Esta fosa común no tiene que ver con la represión, no es una zanja en la cuneta. Las personas que fueron sepultadas aquí murieron en el frente o por heridas y enfermedades en el hospital”, asegura el historiador. Además, no descarta que existan más personas sepultadas. Por lo pronto se sabe que esas 74 personas fueron enterradas de forma improvisada en el cementerio y dicha zona estuvo delimitada por una verja hasta que en los años setenta el enterrador se encargó de hacer “una reducción de restos” y taparlos con una capa de hormigón para colocar nuevos nichos encima.

No deja de resultarme un asombro y una maravilla que los azares y anhelos de verdad se hayan encontrado en un cruce de caminos, y creo que para que este descubrimiento se produzca, se han tenido que cruzar varias veces. Porque no nos engañemos, el azar influye más de lo que quisiéramos en el curso de la historia y condiciona enormemente el rumbo de los acontecimientos. Si el párroco de Limpias no hubiese copiado en su día la lista de fallecidos en la zona en el libro parroquial –libro que por otra parte data de 1915 y existe como tal hasta 1986- , el hallazgo nunca se hubiera producido. He aquí el enorme valor de la palabra escrita, que sirve para unirnos y comunicarnos con otra época y con una parte de la historia perdida o robada, por cuanto todo lo que queda en el olvido parece que nos fuese arrebatado de la memoria; porque según dice el propio Larrinoa,  falta interés y voluntad política por saber lo que pasó y recuperar la memoria, porque alivio y tristeza fueron las irrebatibles sensaciones que le produjeron a nuestro protagonista esas pocas palabras: Juan Larrinoa Arza Teniente. Fallecido el doce de julio a consecuencia de heridas recibidas en el bombardeo de Ampuero.

Aunque, pese a esta milagrosa conjunción de azares, lo que me llama más poderosamente la atención de esta historia es la pasión humana: el entusiasmo, arranque y frenesí por la verdad de José Antonio Larrinoa, ese delirio por conocer y hallar el paradero de su tío muerto hace ahora ochenta años. Ese arrebato que le llevó a preguntar y a hacer preguntas, a dar vueltas y rodeos, a llamar a puertas, a sentirse ninguneado y burlado, como si de un loco alucinado se tratase, y a toparse casi al final del camino con otro apasionado historiador y rastreador solitario de historias. Por eso la historia de este hallazgo, pero sobre todo de esta búsqueda,  es la historia de una proeza y de una pasión humana extraordinariamente común, la búsqueda por descubrir y hallar nuestro pasado y entender así quiénes somos. Como decía Julio Llamazares en su colección de relatos Tanta pasión para nada: “los protagonistas de estos relatos son muy distintos, pero todos comparten la misma extraña condena: descubrir que la vida es una pasión inútil”.  Aunque esta vez, querido Julio, me permito corregirte y decir que, quizás, tanta pasión sí es para algo.

Silvia Villanueva Santander


Imagen principal obtenida en la web del Ayuntamiento de Limpias