Decía Fernando Pessoa que nunca se ama a nadie, sino solo la idea que tenemos de ese alguien; que “lo que amamos es un concepto nuestro”, es decir, lo que realmente amamos es tan solo un reflejo de nosotros mismos. Algunos pensarán que el escritor portugués era un tanto narcisista; otros, que simplemente era un pesimista empedernido. Pero yo creo que hay mucha certeza tras esta vehemente afirmación, aunque con ligeros matices.

No voy a entrar ahora en lo que es o deja de ser el amor, pues es un constructo tan complejo como personal. ¿Se acaba, no se acaba? ¿Es romántico, es platónico, es real? ¿Está destinado, es impredecible? ¿Hay una media naranja, o hay un montón de zumos? Las ideas sobre el amor son tantas como relaciones amorosas hay – tantas como ha habido y tantas como seguirá habiendo -, pero me atrevo a lanzar un par de reflexiones acerca del enamoramiento, esa fase boba y preciosa en la que las hormonas nos revolucionan, nos dan la vuelta y también nos hacen levitar, nos ponen cara de tonto y piernas de mantequilla, nos quitan el hambre y la concentración, y nos hacen ser (temporalmente, ¡menos mal!) tan, tan, tan inútiles…

rope-1469244_960_720Pues bien, es justo en esa fase en la que creo que nuestro amigo Pessoa tiene bastante razón cuando dice aquello de que lo que amamos – ya he dicho que yo voy a matizar el verbo amar con el verbo enamorar – es un reflejo de nuestro propio ser. Y es que nos enamoramos con poco, con muy poquito, nos enamoramos de una mirada, de un roce, de un olor, de una conversación inteligente, de una noche desenfrenada, de una velada interesante, de un paseo por el parque, de un acento extranjero, de un cliché; y, el resto, el 90% restante de datos que no conocemos, que aún no tenemos en nuestro poder, es una proyección de nuestros deseos, de nuestros anhelos, de nuestros gustos, nuestras pasiones y nuestros sueños. En una palabra: nuestras expectativas. Nos enamoramos de cuatro o cinco datos aislados que completamos en nuestra cabeza, con nuestra fantasía y nuestra capacidad de ensoñación, con todo aquello que nos gustaría encontrar en esa otra persona, con todas las expectativas que queremos – a un nivel consciente pero, sobre todo, inconsciente – que se cumplan. 

El enamoramiento no es más que una proyección, una abstracción, un esperar. Y cuanto más proyectemos, cuanto más esperemos, más peligrosa y dañina puede ser la caída. Porque nada puede estar a la altura de aquello que es solo fantasía y que aún no ha ocurrido, porque los sueños se nos presentan pulidos y limpios y perfectos, pero la realidad es mundana y fea y muy de andar por casa, llena de faltas y sinsabores y desencuentros. Y cuanto más alta sea la expectativa, más probable es que nos caigamos de la nube de irrealidad que hemos creado, que hemos proyectado en la cabeza, y mayor será el golpe y la decepción.

En realidad, nos enamoramos de un completo extraño, de lo que creemos que es, de lo que imaginamos que va a ser, de lo que aspiramos y queremos ver en esa otra persona. Pero me atrevo a afirmar que es casi inevitable no proyectar, no tener expectativas, pues es una actividad tan humana como el razonamiento o la empatía. Y es que los seres humanos vivimos esperando algo, dirigiéndonos a algo, buscando cumplir fines y objetivos. En una frase, vivimos expectantes, y esta capacidad de expectación también se lleva al amor, porque no hay expectación mayor que aquella que se mezcla con la fuerza de la pasión y de la imaginación.

No nos enamoramos de alguien, ni siquiera de algo: nos enamoramos, sobre todo, de las expectativas sobre ese alguien. Nos enamoramos de todo aquello que esperamos que esa relación nos dé, de todo aquellos que imaginamos, fantaseamos, esperamos que nos aporte ese vínculo. Y según va pasando el tiempo, a medida que vamos conociendo al otro, a medida que la realidad, tan aplastante y vehemente, nos va poniendo en nuestro sitio, el enamoramiento se va pasando, se va relajando, y de repente ya no todo es tan fantástico como parecía al principio, ya no hay tanta magia ni tanto ensueño, y de repente la otra persona ya no es tan maravillosa ni perfecta, y descubres, quizás, que es desordenado, que odia tu serie favorita o vota a tu partido político más odiado, o puede que no le guste tu pizza preferida o que quiera vivir en el interior y tú en la costa. Descubres, nada más y nada menos, que es humano y, por lo tanto, que está lleno de fallos y manías, como lo estamos todos los demás, descubres que esa persona tampoco es perfecta.

¿Y qué ocurre cuando nos hemos bajado de la nube, cuando las hormonas vuelven a su sitio, cuando las mariposas no revolotean por tu estómago? Entonces puede que ocurran dos cosas. La primera, y quizás la más probable, es que todo se termine, que la realidad pese demasiado y la historia vaya cayendo por su propio peso, al descubrir que ni la otra persona es aquella “alma gemela” que tú te habías imaginado, ni probablemente tú seas la de la otra persona. Ni él, o ella, ha colmado tus expectativas, ni tú has colmado las suyas.

Pero también puede que ocurra la segunda, que es más difícil pero más bonita y más real (¿qué hay más bonito que lo que existe, que lo que realmente sucede y no es una fantasía en nuestra cabeza?) y es que, a pesar de la decepción, a pesar de la dosis de realidad, a pesar de la fealdad y la cotidianidad y las manías y los errores, a pesar de que ninguno ha cumplido al 100% las expectativas del otro (quizás solo el 50%, con mucha suerte; o quizás solo el 30%, ¡o quizás ni siquiera el 10%!); a pesar de todo ello, te compensa. A pesar de todo te interesa la historia, te interesa quedarte, apostar por ella, evolucionar, crecer, madurar juntos; compartir, vivir, crear recuerdos y experiencias, formar un camino común en el mundo, ir de la mano al andar. ¿Por cuánto tiempo? Quién sabe, quizás solo unos meses. Puede que unos cuantos años. Quizás toda una vida. En eso nadie puede asegurar nada, por mucho que nos susurremos imposibles para siempre al oído. Lo importante es disfrutar lo que dure y nutrirnos de la felicidad y de la experiencia.

A veces, cuando fallan las expectativas, cuando se acaba el enamoramiento, lo que queda después es nada menos que el amor. Pues, al fin y al cabo, “el amor no consiste en cumplir las expectativas de la otra persona de una forma consciente”, decía Jack Munky, y el filósofo Sponville va un poco más lejos cuando asegura que el enamoramiento, el deseo, siempre se acaba una vez que lo poseemos, por lo que es absurdo fundar (o romper) una relación basados solos en esa premisa. Porque para Sponville, lo que viene detrás, en lo que se convierte el deseo, es en alegría, en la felicidad por la presencia de la persona amada a tu lado. Sin excesivas proyecciones, sin expectativas irreales, sin una necesidad desesperada por esa persona: y es que podrías vivir sin ella, pero simplemente no te apetece. Porque a su lado eres más alegre, porque el amor es alegría.

Cristina Pazos del Olmo