Un lugar en el mundo podría ser un original y creativo eslogan publicitario para cualquier agencia de viajes, un verso muy sugerente y evocador en un poema de tono existencial o incluso una máxima sentenciosa pronunciada en una conversación cualquiera de barra. Es, sin embargo, el título de una extraordinaria película argentina de 1992 dirigida por Adolfo Aristarain , director y guionista argentino centrado en temas sociales que capitanea entre tantas otras obras, como Martín (hache) (1997), Tiempo de revancha ( 1981), Lugares comunes (2002) o Roma (2004).

La película fue nominada a los Óscars en 1992 a la Mejor película de habla no inglesa, y ese mismo año obtuvo el  Goya a la Mejor película extranjera de habla hispana y el Premio Concha de Oro y Premio OCIC en el Festival de San Sebastián. Por otro lado, en su propio país de origen consiguió ocho premios dentro de Asociación de Cronistas Cinematográficos de la Argentina, incluido el de Mejor película, Mejor Actor (Federico Luppi), Mejor Actriz (Cecilia Roth) y Mejor Actor de Reparto (José Sacristán). También fue premiada en otros festivales menos conocidos como el Festival Internacional de Cine de Friburgo (Suiza, 1993) o  el Festival de Cine de Gramado Latino y Brasilero en Brasil (1993).

índice2Pero volvamos a sus actores, a sus personajes. No en vano, gran parte de su encanto tiene que ver con sus protagonistas, grandes entre grandes: Federico Luppi, José Sacristán y Cecilia Roth en primera línea; Leonor Benedetto, Gaston Batyi o Hugo Arana en segunda fila, pero brillando igualmente con luz propia. Y es que los personajes de esta película no son héroes ni realizan grandes proezas, pero son personajes dignos, incluso en su decadencia, incluso en sus errores. Porque Un lugar en el mundo es sobre todo la historia de una derrota, es decir, la historia de la tragedia de vivir. Y quizá sea una película triste por ser un drama ausente de finales felices, de respuestas a las insondables preguntas; pero, a pesar de ello, enternece, conmociona y nos hace esbozar una sonrisa todo al tiempo. Tal vez porque no hay amargura ni acidez en su relato, sino lucidez y contenida emoción; porque las ilusiones perdidas de sus personajes y los sueños que no se logran nos enseñan que en algún momento hubo ideales, que un día atrás hubo lucha. Al fin y al cabo, y aunque parezca paradójico, la decepción y los deseos incumplidos nos recuerdan que la vida es sobre todo utopía y, sea esta personal o social, ambas valen probablemente por igual.

La película gira en torno al matrimonio formado por una pareja de exiliados bonaerenses que deciden dejarlo todo atrás por llevar a cabo sus sueños y hacer real el compromiso en una comunidad campesina en un lugar perdido. Ellos ofrecen la mejor lección vital a ese niño que crece entre adultos y que observa todo con una mirada curiosa e inteligente. La presencia de una monja muy social y un geólogo español muy cínico contribuyen a perfilar el universo vital de este niño que se convierte en adulto y sienta la necesidad de volver a ese lugar, de evocar y no olvidar todo lo que aprendió de los que fueron sus grandes referentes vitales.

La película está llena de frases perdurables, como ocurre con el buen cine argentino, tan centrado en la palabra y en el diálogo. Quién no se emociona en algún momento de esta difícil existencia al enfrentarse con sus propios recuerdos y verse haciendo algo carente de todo sentido a ojos del mundo, como hará el joven Ernesto al regresar a un lugar donde ya no quedan amigos o conocidos y ni siente siquiera la emoción del paisaje.

A lo mejor vine  para acordarme bien de todo lo que pasó aquel invierno. Me gustaría conocer tu versión, yo solo conozco parte de la historia. Algunas cosas las viví, otras las escuché o espié. A lo mejor vine porque me di cuenta de que se me estaban borrando y me dio rabia. No se puede ser tan imbécil. Hay cosas de las que uno no puede olvidarse, no tiene por qué olvidarse. Aunque duelan.

Quién no se ha encontrado perdido en algún momento y ha pensado aquello que ese niño adulto que somos todos le pregunta a su padre ausente:

– Me gustaría que me dijeras cómo hace uno para saber cuál es su lugar.
– Yo por ahora no lo tengo. Supongo que me voy a dar cuenta cuando esté en un lugar y no me pueda ir.
– Supongo que es así.

Quién, como yo cada final de curso escolar, no reflexiona acerca de esa visión tan simplificada y tan acertada (muchas veces las grandes verdades salen de frases dichas con la boca pequeña, no de grandes ensayos) de la escuela y la educación:

Cada uno hizo lo que pudo y dio lo mejor de sí. Si aprendieron mucho o poco no importa, aprendieron a pensar y a convivir. Eso es lo que vale.

Por último, aunque podríamos seguir citando hasta acabar el papel, quien no se ha estremecido y replegado sobre sí mismo al sentir un sentimiento de fracaso:

 Al final estamos todos en el mismo bando: con los que perdieron. Yo no digo “se perdió una batalla, pero no la guerra”, yo digo “si la guerra se ha perdido por lo menos me quedo con el lujo de ganar una batalla” .

Vi esta película por primera vez hace 15 años. Recuerdo que por aquel entonces el filme me impactó enormemente, aunque quizá eso no tenga tanto mérito porque son muchas las películas, libros o referencias culturales que tienen cierto impacto y fuerza en la juventud, en ese momento vital en que uno se está construyendo a uno mismo y conformando su maleable identidad. Sin embargo, lo sorprendente de esta película para mí ha sido el hecho de volver irremediablemente a ella, en muchos y diferentes momentos de mi vida, con muchas y diferentes personas. Y en toda esta disparidad vital, espacial, personal y temporal encontré siempre algo nuevo, gané algo que merecía la pena, sumé algo a mi vida, me sugirió no sé si un lugar, pero sí un camino, una mirada, una fragancia.

Recuerdo con especial detalle haberla compartido con mi gran amiga Gosia, inteligente, crítica y polaca, y cómo esta estudiante de arquitectura que aprendiera español desde la literatura supo hacerme ver – y, sobre todo, supo hacerme entender – las contradicciones e injusticias del idealismo más utópico. Porque a Gosia le estremeció una de las escenas más memorables, cuando el gran Federico Luppi decide por su cuenta quemar la lana ante la venta inmediata de los miembros de la cooperativa al terrateniente Andrados, y dice aquello de “Ahora tendrán que empezar de cero, ya no tienen un carajo que perder”. En mi visión dulcificada y occidental del socialismo, esta imagen se conformaba como un gesto de grandeza y dignidad, de heroísmo, de lucha del hombre pequeño frente a la gran multinacional, mientras Gosia me manifestaba con una mirada muy seria y muy triste “eso es lo que hizo con nosotros el comunismo, decidir por nosotros qué era lo mejor”. Y ante la evidencia y verdad de su palabra no pude menos que callarme aquella tarde gélida de invierno en Cracovia en que Gosia y Un lugar en el mundo me dieran esa gran lección de vida.

Un lugar en el mundo es una película triste pero valiente y franca, que nos habla de mirar de frente todo aquello que vamos perdiendo, de la gran dignidad del que pierde porque, como dice la gran Rosa Montero en La hija del caníbal (1997): “Uno cree que la vida es una acumulación de cosas, que con los años vas conquistando y ganando y coleccionando y atesorando, cuando en realidad vivir es irte despojando inexorablemente… porque vivir es perder, precisamente” y porque, aunque duela, aunque impacte, “la pérdida, cualquier pérdida, es un aperitivo de la muerte”, pero ser capaz de mirar de frente esa pérdida nos dignifica, nos ennoblece.

Silvia Villanueva Santander