En 1993, esta escalofriante fotografía dio la vuelta al mundo. En especial, al del autor de la misma, Kevin Carter, que en pocas semanas pasó de recoger el Premio Pulitzer (1994) a quitarse la vida. La leyenda dice que el fotógrafo no pudo afrontar el aluvión de críticas que recibió a raíz de la fotografía, o que quizás su mala conciencia no le dejaba conciliar el sueño por las noches. En cualquier caso – nunca lo sabremos con seguridad -, lo que está claro es que detrás de esta imagen y del suicidio del autor hay más cera de la que arde.

Parece claro lo que se ve en esta fotografía: un buitre (que dará nombre a la imagen) al acecho de una niña famélica, un ave carroñera que espera con paciencia a que esta se muera para poder disponer de su ración de comida, todo esto ante la fría y calculadora mirada de un fotógrafo blanco, occidental, bien alimentado, que busca el encuadre perfecto para una estampa que podrá llevarle muy lejos. Y lo hizo, aunque, desgraciadamente, no solo de la manera en que él buscaba. A la par que la imagen sonaba como candidata para el Premio Pulitzer, la sociedad ya contaba con una interpretación de la misma: la niña, Kong – o, más bien, el niño, como se supo más tarde – representaba la hambruna de Sudán, mientras que el buitre era símbolo del capitalismo salvaje que había acrecentado el hambre y la pobreza en África. Carter, por su parte, era el reflejo de una sociedad que contemplaba la tragedia con indiferencia.

Pero, ¿realmente es esto lo que vemos en la fotografía? Si ampliamos la lupa sobre el brazo derecho de Kong y observamos detenidamente, quizás nos percatemos de una pulsera blanca de plástico que rodea su escuálida muñeca. Como bien se supo después, aquella era una pulsera correspondiente a una estación de comida de la ONU para personas con malnutrición severa. Es decir, Kong ya estaba siendo tratado. Lo que se ve en la foto no es una premonición de su muerte sino, en realidad, al pequeño Kong defecando a causa de unas diarreas. De hecho, Kong no murió en ese momento, sino muchos años después (más de una década después) debido, desgraciadamente, a unas fiebres. Y, lo que parece un buitre al acecho de su presa es, simplemente, un ave carroñera que merodea la zona.

Pero el mundo ya había emitido su sentencia. Pronto, el fotógrafo fue acusado de dejar que el niño se muriera de hambre y de abandonarle a su suerte. También fue calumniado por contribuir a mantener el estado de emergencia en Sudán y por no hacer nada para mejorar la situación de este país, una presión de tal magnitud que, seguramente, influyera en su decisión de quitarse la vida.

ff955a73ec070309300bde234b329021--kevin-carter-kevin-olearyY, sin embargo, nada más lejos de la realidad. Lo que muchos aún desconocen es que Kevin Carter (Sudáfrica, 1960-1994) fue un fotógrafo comprometido que denunció la hambruna y la guerra en países africanos, así como la brutalidad del apharteid en su tierra natal. De hecho, fueron las tamañas injusticias del apharteid en Sudáfrica las que le llevarían a tomar otros caminos profesionales, esta vez fotografiando los horrores de la guerra. A través de las Naciones Unidas viajaría a Sudán, invitado a asistir en calidad de fotógrafo para dar a conocer la situación de emergencia en el país, con la esperanza de que esto aumentara las ayudas económicas para solventar la crisis alimentaria. Si bien se encontraban de fondo, también, otros motivos ocultos, como saltar a la fama y hacerse un hueco en el mundo de la fotografía, el hecho de conocer la cruda realidad de una guerra de primera mano le marcaría para siempre, algo que sabemos gracias a su compañero de fotografía y de aventuras João Silva. No olvidemos que Kevin Carter tenía poco más de 30 años cuando aceptó fotografiar a las víctimas de una guerra que dejaría más de 2,5 millones de muertos en su totalidad.

1994 fue el último año en la vida de Carter y, probablemente, también el peor. Poco después de ser galardonado con el Premio Pulitzer conocía la triste noticia de la muerte su mejor amigo, Ken Oosterbroek, un compañero de profesión que murió durante un tiroteo en Tokoza. Esta noticia, sumada a la presión y las críticas por no haber ayudado al pequeño Kong, sumieron al fotógrafo en una profunda depresión de la que nunca se recuperaría. Meses después de recoger el Premio Pulitzer en Nueva York, ya de vuelta en su ciudad natal, condujo hasta Parkmore, uno de los lugares favoritos de su infancia, que le traía recuerdos agradables de una época en la que aún no conocía las injusticias del mundo. Tras escribir una nota de suicidio y mientras escuchaba música dentro del coche, se dejó morir inhalando monóxido de carbono por el tubo de escape.

No queda claro si hubo otros motivos añadidos a los anteriores que influyeran en el fotógrafo para tomar esta última decisión. Se barajan otros factores familiares y personales, como la personalidad demasiado caótica de Kevin, su tendencia a la depresión y su consumo excesivo de drogas. Sea como fuere, su nota final de suicidio es, también, una nota de arrepentimiento y de disculpa, en la que confiesa vivir atormentado por las imágenes de tantos cadáveres y tanto sufrimiento – en especial, de tantos niños heridos y muertos de hambre – y en la que se despide con la esperanza de reunirse con su amigo Ken. Y aunque la alegoría de la imagen de El buitre no sea reflejo de lo que realmente sucedió, siempre será símbolo de lo que podría haber sido, de la responsabilidad que, como sociedad, tenemos todos al mirar demasiado para otro lado, y de la responsabilidad que, como autor, tiene el fotógrafo que mira demasiado e inmortaliza su mirada, una mirada que, muchas veces, no busca denunciar ni conseguir alimentar a los pequeños Kong de este mundo, sino tan solo a su propio ego.

Cristina Pazos del Olmo


Fotografía principal obtenida en Wikipedia.

Fotografía de Kevin Carter obtenida en Wikipedia.