Si os pregunto por la famosa fotografía del beso de Doisneau, estoy segura de que a casi todos se os viene a la mente la siguiente imagen:

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Le baiser de l´hôtel de ville, 1950. Fotografía obtenida en flickr, de JC Awe

Y es que Le baiser de l´hôtel de ville (conocida como El beso frente al Hotel de Ville o, simplemente, como El beso) es una de las fotografías más icónicas del siglo XX. Esta imagen, tomada en 1950, reproduce una escena romántica en la capital francesa, donde una pareja se besa breve pero apasionadamente de espaldas al ayuntamiento de París. La foto formó parte de un reportaje de la revista Life dedicado al amor en la primavera parisina, aunque, de todas las imágenes del reportaje, esta fue la que dio la vuelta al mundo tras ser utilizada a mediados de los ochenta en un cartel publicitario de una editorial parisina. La imagen se convirtió desde el principio no solo en icono del amor apasionado y joven en París (¡la ciudad del amor!), sino también en una metáfora del disfrute de la vida en Europa tras los difíciles años posteriores a la Segunda Guerra Mundial.

Sin embargo, es inevitable sentirse un poco decepcionado al investigar acerca de esta fotografía y descubrir que los amantes que se besan con brío son, en realidad, un par de jóvenes actores contratados para posar en el reportaje del amor para la revista Life. Doisneau, inspirado en una escena real que contempló desde la terraza de un café parisino, quiso volver a revivir la romántica escena, esta vez para inmortalizarla con su cámara. Françoise Delbart – 20 años – y Jacques Carteaud – 23 -, un par de jóvenes con aspiraciones dramáticas, que por aquel entonces eran una pareja real, no tuvieron problema alguno en realizar el reportaje. Y aunque su romance duró poco más de un año, el recuerdo de su noviazgo – aunque se trate de un recuerdo artificial y preparado – ha quedado en nuestra memoria colectiva como símbolo del amor.

Pero no, no es este el beso del que quería hablaros, o no solamente de este, al menos. En realidad, venía a hablaros de ese otro beso que el fotógrafo nos regaló en la misma colección de la revista Life en aquellos años 50. Se trata, probablemente, de su segunda imagen más conocida, la de Los amantes con puerros que, aunque parezca mentira, es en realidad el título original de la fotografía:

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Les amoureux aux poireau, 1950. Fotografía obtenida en Pinterest.

En ella observamos a una pareja que pasea abrazada por las calles de París. Él la roba un beso en la mejilla y ella sonríe ante el gesto espontáneo. Y aunque ahora sabemos que la escena tiene poco de espontánea y mucho de preparación, no deja de parecerme la viva imagen del amor cotidiano, reposado, de aquellos que se aman. Ya no es el reflejo de una pareja que se come a besos, que irradia fogosidad y ardor en aquellos primeros momentos de una llama amorosa que es tan intensa como fugaz, sino el símbolo, quizás, de un amor más maduro, de un sentimiento que ha evolucionado, que se ha transformado en algo más estable y verdadero. Y es que la imagen, incluso aunque el título nos haga reír, incluso aunque los puerros no sean el acompañamiento más elegante para representar la sensualidad del amor, me parece tan o más bonita que la primera; una hermosura tierna, improvisada, exenta de glamour o refinamiento, pero repleta de alegría, la alegría en la sonrisa de oreja a oreja de la mujer besada, la alegría del amante que la besa, que la atrae hacia sí con ese brazo que aprieta firme pero cariñosamente, la alegría del amor rutinario, con prisas, en alguna calle perdida de París, quizás de camino al trabajo o a la cena, entre un puñado de puerros y un ramillete de narcisos…

Robert Doisneau (Francia, 1912-1994) fue el fotógrafo al que debemos ambas fotografías amorosas. Inició su carrera profesional como fotógrafo industrial y publicista, pero tras participar como soldado en la Segunda Guerra Mundial, fotografió bajo numerosos encargos escenas de la ocupación y liberación de París durante la guerra. Pero no fue hasta la década de los 50 que el fotógrafo francés se hizo famoso, gracias al reportaje sobre el amor en el que encontramos, entre otros numerosos besos, los de estas dos fotografías. Fue entonces cuando comenzó su periodo de fotografías “de la calle”, lo que le dio la fama de fotógrafo humanista que le sobrevive. El fotógrafo también participó en varias películas como director de fotografía y recibió distintos galardones, entre los que destacan el Premio Kodak (1947), el Premio Niepce (en 1956 y en 1957) y el Gran Premio Nacional de Fotografía de Francia, en 1982.

Tengo la primera lámina, la del beso apasionado frente el Ayuntamiento de París, colgada en la pared de mi cuarto, al igual – estoy segura – que muchos de vosotros. Se trata de una postal que me firmó y dedicó un buen amigo mío, un tipo considerado, a todas luces, como un hombre romántico. La segunda lámina, la de aquel beso espontáneo en la mejilla, me la redescubrió hace bien poco alguien que se aleja bastante del romanticismo convencional, pero que sin embargo considera esta imagen más representativa de su idea del amor. Se trata, me dijo, de un beso inesperado, nada empalagoso ni premeditado y, por ende, más certero. Un beso que no sale de la pasión ni del deseo sexual, que no requiere una obligada correspondencia, pero que no es producto, tampoco, de una correspondencia obligada. Se trata de un beso que sale de la espontaneidad, un gesto de amor y de generosidad pero, sobre todo, un gesto de alegría.

Quién sabe, puede ser que cada uno veamos en las fotografías lo que queremos ver y nada más que eso, pero si para el mundo la primera imagen es un símbolo de la exaltación del enamoramiento amoroso, la segunda es, para mí, la plasmación de la felicidad. Y es que quizás, solo quizás, como dice mi amigo menos convencional pero más romántico, los besos robados sean los mejores besos.

Cristina Pazos del Olmo