Llevaba tiempo con ganas de escribir este artículo de opinión, pero lo he ido demorando quizás, por pereza, quizás – puede ser – porque estoy segura de que va a levantar alguna que otra ampolla. Pero las recientes – y vergonzosas – noticias sobre la falsificación del título de Máster de Cristina Cifuentes me han hecho sentar el culo en la silla y redactar unas cuantas líneas, concisas pero directas y, especialmente, muy pero que muy indignadas.

Aunque lo que más me indigna no es que tengamos la calaña de clase política que tenemos, a la que no se le cae la cara de vergüenza ni se plantea un solo segundo dimitir incluso después de escándalos de tal magnitud – Másteres falsificados, sueldos B, tarjetas “black”, nepotismos y una larga lista de delitos que se me va olvidando a medida que aumentan los casos -. Tampoco el hecho de que jueguen con nuestro dinero, de que aprueben políticas que potencian sueldos míseros y más explotación laboral, ni que sigan peligrando las pensiones mientras salvamos autopistas y bancos están en mi número uno de la lista de indignaciones. No, lo que más me molesta, lo que más me indigna, son estas sencillas cuatro palabras: “yo también lo haría”.

Porque estoy harta de oírlas. Estoy harta de escuchar quejas por la corrupción, los paraísos fiscales, los enchufismos de políticos y directivos, seguidos casi siempre de una puntualización tan supuestamente inocente como condenatoria para mí: “yo también lo haría”. Sí, qué mal me parece que Revilla haya potenciado la fábrica de anchoas de su familiCorruption_(art)a y no otras, aunque yo también lo haría de estar en su lugar, a ver si me entiendes, me decía la florista el Día de la Madre del año pasado mientras me preparaba unas rosas. Y qué vergonzoso le parece a mi amiga Claudia, orgullosa votante de izquierdas, que muchas de las vacantes pública estén “preparadas” para el hermano, hijo, cuñado o primo de turno… aunque no duda en animarme, siempre que puede, a que aproveche los contactos que tengo para meterme enchufada en uno u otro lado. A mi amiga Vane, de clase alta, no le indigna tanto la situación, ni tampoco, claro está, aceptar una subvención de ayuda al alquiler destinada a las familias sin recursos tras confesarme que, para poder cobrarla, piensa declarar que su empresa genera muchos menos beneficios de los que en realidad genera. Su respuesta, cuando manifiesto mi disconformidad, es la segunda frase que más me indigna después de la que titula esta entrada: “No está bien, lo sé, pero si todos lo hacen, yo también”. Automáticamente se me viene a la cabeza lo que me replicaban mi madre y mi abuela de pequeña cuando usaba argumentos infantiles de ese tipo: “Pero Cristina, hija, si tus compañeros se tirasen por la ventana, ¿tú también lo harías?”. Y sí, la respuesta, en este caso, es que sí, que unos cuantos lo harían. O, mejor dicho, que unos cuantos más lo harían. Porque la realidad es que muchos ya lo hacen: así va el país como va, señores.

La semana pasada, mientras le explicaba a un alumno la estructura de las oraciones pasivas en inglés, le pregunté qué quería hacer después de terminar el Bachillerato. Me dijo que no sabía, que andaba un poco perdido porque él quería haber sido guardia civil o policía nacional (ahora no recuerdo con exactitud cuál, solo sé que era un Cuerpo de Defensa), pero que no podía siquiera prepararse las pruebas debido a una enfermedad, leve pero incapacitante, que no se lo permitía. Como le vi un poco apenado, intenté animarle: no te preocupes, seguro que hay muchas otras cosas que puedes hacer, los sueños se destruyen y se vuelven a construir con la misma facilidad. A lo que él me respondió algo así: “Ah, no, profe, si ser policía/guardia civil no era el sueño de mi vida, pero es que mis padres trabajan de eso y tenía asegurado el enchufe”. Y con la misma placidez y tranquilidad se puso a preguntarme dudas sobre las oraciones causativas. La que había perdido la calma y el sosiego era yo, porque no os podéis ni imaginar la pena que me dio oírle decir eso. Lo primero, porque esos padres le hayan lanzado ese mensaje. Lo segundo, porque ese alumno haya integrado el enchufismo dentro de la normalidad como una vía más de encontrar trabajo, como quien se hace un perfil en LinkedIn o se prepara una oposición – método, este último, que también daría para otro artículo de opinión sobre la corrupción… -.

¿Cómo vamos a salir de la crisis, si los que están encargados de que eso ocurra salen de la población general, aquella que se lleva a la boca el yo también lo haría con la misma facilidad con la que evita declarar a Hacienda? ¿Cómo no vamos a tener el desastre de país que tenemos, si la panda de chorizos que tenemos arriba sale de la potencial panda de chorizos que esperan abajo su oportunidad de meter la mano en el pastel? No generalices, me vais a decir, y es verdad: nunca es bueno generalizar, porque no todo lo hace todo el mundo y porque aún queda mucha gente honrada. Y menos mal, añado yo, porque si todos aplicásemos esa política de vida, a estas alturas no quedaba nada de España que salvar, y la posible independencia catalana sería el menor de nuestros problemas. Pero también es cierto que si solo fuesen los cuatro gatos de arriba los que se aprovechan del sistema, si únicamente fuesen “los poderosos” los que se dejan corromper, otro gallo cantaría, otro país cantaría. Porque si todos fuésemos nobles e íntegros, si todos estuviésemos de acuerdo con la transparencia, a estas alturas ya habrían rodado cabezas: a estas alturas, Rodrigo Rato ya estaría en la cárcel y no forrándose como asesor, primero del Banco Santander y hoy en día de la Telefónica; si fuésemos tan puros e inocentes, Cristina de Borbón no habría salido impune de un más que dudoso proceso judicial en el que, por primera vez, aquello de que “el amor es ciego” ha valido como argumento absolutorio; si fuésemos legales y comprometidos, Mariano Rajoy hace años que ya no sería nuestro presidente (y habría sido sustituido, muy posiblemente, por otro político corrupto, de tal o cual partido…) y, si fuésemos tan honrados, Cifuentes no habría mostrado su rostro altivo y orgulloso estos días, sino su dimisión. Si fuésemos, todos, como tendríamos que ser, ya habría habido consecuencias o, por lo menos, ya estaríamos en la calle, mucho más de lo que lo estamos ahora, no solo jóvenes, mujeres o pensionistas, sino todos. Ya haría años que la indignación nos hubiese hecho funcionar como resorte de protesta, nos hubiese reconcomido las entrañas. Me enorgullezco de aquellos a los que ya les reconcome, de aquellos que se lanzan a intentar cambiar las cosas. Pero me apenan todos los demás, me apena que no estemos haciendo gran cosa. Porque la realidad es que poco estamos haciendo, que no estamos haciendo casi nada. Porque en el fondo son muchos los que justifican los abusos de unos y otros, porque conozco a tantos de derechas, de izquierdas, apolíticos, sindicalistas, centristas o verdes que, si pudieran, también lo harían – y que, cuando pueden, ¡también lo hacen! -. Porque estoy harta de esta doble moral, porque a menudo pienso que tenemos el país que nos merecemos.

Cristina Pazos del Olmo


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