No me llames iluso porque tenga una ilusión, nos cantaban con alegría La Cabra Mecánica en el año 2003, un estribillo que automáticamente se volvía viral – trending topic, que dirían los adolescentes de hoy en día – y se transmitía de boca en boca con la rapidez y la ligereza de un nuevo hit de verano. Las palabras se cantaban con facilidad, incluso con un cierto encanto infantil, como si el mensaje de la frase fuera insultantemente obvio, como si la obviedad tras ese puñado de palabras no fuese digna de ser analizada, de ser cantada con seriedad, con profundidad, más allá de tararearla en los karaokes entre copa y copa, o de cantarla pegadizamente en un bar de fiesta a las tantas de la mañana. Pues bien, a menudo pienso que hemos infravalorado las enseñanzas de esta tontorrona canción que quizás no sea tan tonta.

Soy de naturaleza pasional, señores, y como tal, cuando me ilusiono, lo hago pronto y lo hago mucho: me ilusiono con los personajes de una buena novela, con la trama de una serie de ficción, con el discurso de un profesor inteligente o de un político noble (espera, ¿aún quedan de estos?), con la personalidad de una potencial amistad o con la esencia de un potencial amor. La ilusión me motiva, me inspira, me empuja, funciona de arranque, de motor, de gasolina en mi vida; me da un extra de alegría, un extra de energía, una dosis de optimismo; porque la ilusión descompone el mundo en colores que no estaban ahí antes, y de repente el cielo parece más azul y el campo más verde, la realidad cobra un filtro y todo parece más claro, más bello, más luminoso, todos los días el mundo vuelve a florecer, todos los días son días de primavera; la vida te sonríe y de pronto te parece un lugar amable de ilimitadas oportunidades. Te olvidas, por un momento, de las injusticias, del impresentable de Trump o del loco norcoreano, de que la tasa del paro sigue creciendo y los políticos siguen mintiendo, y de que en Siria hace mucho, muchísimo tiempo que han olvidado lo que es la ilusión. Y es que poderosa es la ilusión, la mejor arma para combatir los sinsabores de la vida, la mano derecha de la felicidad.

blowball-dandelion-dandelion-seed-54300Pero la ilusión, al igual que sube como la espuma, también puede caer en picado como la bolsa, más aún según te vas haciendo mayor y las ilusiones cada vez son menos. Porque a las personas pasionales, también, las decepciones nos van haciendo mella, y un día ya no somos tan impresionables ni tan ingenuas, y la prudencia nos chafa un poquito de la ilusión, nos mantiene en tierra pero nos baja de la nube, nos protege pero nos recorta las alas. Por eso es tan difícil ilusionarse de verdad según vas cumpliendo años, sentir el éxtasis de la ola, lanzarte a la piscina sin protección. La vida, necesariamente, nos va volviendo más templados, más serenos. Una serenidad un tanto triste, si se me permite puntualizar, pero serenidad, al fin y al cabo.

Anteayer tomaba yo un café con una amiga que hacía un tiempo que no veía. Te noto un poco desilusionada, fue de sus primeras frases al sentarnos en la cafetería. Y sí, quizás sea así como me siento estos días, y como soy tan transparente, no puedo evitar reflejar lo que llevo por dentro. Qué pena, añadió, con lo ilusionada que te había visto hace unos meses. Pues sí, así es también, porque hace unos meses tuve una ilusión con la fuerza y la intensidad que solo se tienen en la veintena, y durante semanas había estado navegando en la cresta de la ola, como se suele decir. Se me habían descompuesto los colores, las nubes componían formas variadas solo para mí, el mundo me ofrecía su mejor sonrisa. Y luego la vida, el tiempo, las circunstancias, me han ido colocando en mi sitio, quizás con un poco más de brusquedad y rapidez de la esperada. Y yo no podía evitar sentirme desilusionada, pero sobre todo ridícula, tremendamente ridícula. Porque he oído tantas veces aquello de “¡Ay! Con que facilidad te ilusionas tú por todo en esta vida”, así, con énfasis, con incomprensión, con una pizca de envidia incluso. “Hay que ver si eres ingenua”, también me han dicho en multitud de ocasiones. Normalmente me suele dar igual lo que me diga la gente, pero anteayer no pude evitar pensar en esas frases y sentirme un tanto estúpida. Así se lo comenté a mi amiga. Ella me miró con dulzura, con cariño, y me dijo con una media sonrisa: “Para nada te sientas así, no eres ingenua ni estúpida, eres apasionada y estás viva, y tienes una capacidad enorme para ilusionarte por las cosas que valen la pena. No te sientas apenada ni absurda, siéntete viva, siéntete afortunada, porque tienes esa capacidad dentro de ti, porque lo mismo que te has ilusionado una vez, te puedes volver a ilusionar, y porque incluso si no sucede así, nadie te va a quitar nunca las vivencias, las sensaciones, de esa primera ilusión. Te envidio por ello.” 

Yo, que me había sentido bastante ilusa hasta el momento, me sentí un poco reconfortada con sus palabras, con su particular optimismo. Y entonces me acordé de la canción, de la levedad con la que siempre la he cantado y la poca atención que le he prestado. Porque sí, las ilusiones son tan bonitas, tan maravillosas, tan necesarias, aunque se terminen, aunque se destruyan, aunque mueran. Así que, por favor, no se os ocurra llamarme ilusa.  

Cristina Pazos del Olmo