Alejandro Casona es un dramaturgo difícil de encasillar. Su estreno y su fama le llegó durante el primer tercio del siglo XX, poco antes de la Guerra Civil que supondría un corte brutal y, por tanto, una parálisis en la evolución del teatro español. Pero este genial escritor continuaría su andadura en el exilio. Alejandro Rodríguez Álvarez, más conocido como Alejandro Casona o, también El Solitario, nació en una aldea asturiana en 1903 (Besullo, Cangas del Narcea) y desde joven mostró vocación pedagógica, lo que le llevó a estudiar magisterio. El gobierno de la República le nombró director de las Misiones Pedagógicas, que representaban por los pueblos de España piezas clásicas y teatro popular. Además, desde muy joven escribió teatro y consiguió el Premio Nacional de Literatura por Flor de leyendas, una colección de lecturas para jóvenes ilustrada por Rivero Gil. Al año siguiente fue galardonado con el Premio Lope de Vega por La Sirena Varada y poco después obtuvo mucho éxito con Nuestra Natacha, obra que reflexiona sobre la educación (1936). Al estallar la Guerra Civil, Casona viaja a México como director artístico de una importante compañía y, tras un breve proceso migratorio por Costa Rica, Venezuela, Perú, Colombia y Cuba, se establece finalmente en Buenos Aires en 1939, donde continuará su intensa actividad teatral. Destacan las obras La dama del alba (1944), La barca sin pescador (1945) y Los árboles mueren de pie (1949), entre otras. A partir de 1956 se acentúa su nostalgia de España y en 1962 regresa definitivamente a Madrid, donde se instala hasta morir en el año 1965.

descargaDesde el punto de vista dramático, Alejandro Casona destaca teatralmente por la genial adaptación de obras clásicas, con un acercamiento a los últimos años de Quevedo con la obra El caballero de las espuelas de oro, estrenada en 1964. Su creación dramática fue siempre muy original y de ella sobresalen especialmente dos rasgos: por un lado, la equilibrada mezcla entre fantasía y realidad, puesto que sus obras escenifican la necesidad de que lo real y lo soñado convivan en armonía; por ejemplo, en La sirena varada unos personajes se refugian en una isla para evitar la dureza y el sufrimiento de la vida cotidiana. Por otro lado, destaca el uso tan poético que hace del lenguaje y que contrasta con la expresión plana del teatro de sus contemporáneos. Sentencias y refranes populares junto con metáforas y símiles muy expresivos fluyen de forma muy natural en muchos de sus personajes.

Merece la pena, para acabar, mencionar algunas de sus citas y sentencias más conocidas, porque aunque no hayan permanecido en la memoria colectiva, reflejan la agudeza y profundidad de su pensamiento. Así, nos rindió un canto a la frescura y al ímpetu con eso de “No basta con ser joven. Es preciso estar borracho de juventud, con todas sus consecuencias”, y nos ofreció una magnífica reflexión de carácter existencial al recordarnos el poder absoluto de la memoria sobre la realidad con palabras como “Ella no te necesita. Tiene tu recuerdo, que vale más que tú”. Por último, mencionaremos una sentencia suya que destila tanta gracia como poesía, al estilo de las greguerías de Gómez de la Serna y que nos sirve de título a esta entrada: “El llanto es tan saludable como el sudor y más poético.”

Silvia Villanueva Santander


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