Dice Rosa Montero en la frase de cabecera de este blog que “somos lo que nos narramos”, somos el relato que contamos de nosotros mismos a los demás pero, sobre todo, el que nos contamos a nosotros mismos. La autora madrileña nos explicaba con sorpresa en La ridícula idea de no volver a verte que cierta encuesta había encontrado un mayor nivel de felicidad en las mujeres viudas que en las separadas y divorciadas, transcurrido un tiempo prudente desde el duelo. A través de la narración de la historia de amor entre Marie y Pierre Curie, Rosa nos ejemplifica una posible explicación para dar sentido a los sorprendentes resultados de esta encuesta. Pierre, que muere abruptamente en un desafortunado accidente a caballo, deja a Marie sola y desconsolada, pero segura más que nunca de su gran amor por Pierre, de su gran historia de amor con Pierre. Pierre no la ha abandonado, no la ha dejado de querer, sino que la muerte se ha interpuesto en su camino. Pero, hasta ese momento final, hasta sus últimos instantes, Pierre ama a Marie, Pierre apuesta por Marie, Pierre y Marie tienen una historia común. Y Marie, aunque esté destrozada, aunque el dolor de la muerte sea desgarrador, inmanejable, insoportable a ratos, tiene el consuelo de ese amor, de que Pierre se murió amándola. Su historia de amor fue verdadera y fue exitosa, porque no terminó per sé, sino que el destino adverso terminó con ella. Y eso es siempre una victoria; incluso en la derrota de la pérdida, incluso en el drama de un duelo, Marie siempre podrá contar con un triunfo: el del amor. Sin embargo, en el caso de los divorcios y las separaciones, no tenemos ese consuelo. Sí, mi ex no ha muerto, no ha sido atropellado repentinamente por un camión, pero ya no puedo decir que me quiera, o al menos que siga apostando por mí, o viceversa; ya no hay triunfo de la gran historia de amor. Ya no hay recuerdos que nos consuelen, porque estos habrán caducado; ya no hay historia a la que agarrase, porque habrá dejado de tener sentido; las palabras de amor, las promesas, las proyecciones, todas habrán perdido su valor en el momento en que la historia acaba. Y, en ese sentido, esta es una derrota a todas luces, quizás más agridulce y más dolorosa, a la larga, que la de las viudas. Porque ellas al menos pueden consolarse con los recuerdos de su historia de amor, pero en las rupturas no hay consuelo posible: porque los recuerdos no solo no ayudan, sino que hacen aún más daño; porque te recuerdan tu fracaso, la historia que no sobrevivió, el relato de vida que no nos podemos contar a nosotros mismos, que no sabemos contarnos porque no hay un final feliz.

Esta es la explicación que nos ofrece, de manera sutil pero inteligente, la última Premio Nacional de las Letras. Y aunque estoy de acuerdo con ella, no deja de provocarme gran tristeza, porque me parece tan acertada como peligrosa. Acertada, porque creo que es la explicación más precisa para explicar los datos de la encuesta y también los casos de amigos y conocidos míos que han pasado por experiencias similares. Peligrosa, porque creo fervientemente que enfocar las rupturas de esta manera no ofrece ningún aprendizaje útil o provechoso para nuestras vidas.

asphalt-countryside-curve-5967Hace unos meses me decía un amigo aquella frase tan sentenciosa de “mis ex están muertas para mí”, algo que por desgracia no es la primera vez que oigo. Debí de responderle con disgusto, porque al poco se corrigió: “es broma, hombre, pero bueno, son todas pasado”. Supongo que es una reacción normal a los ex, pensar que pertenecen al pasado, y hasta cierto punto estoy de acuerdo con ello. Porque el pasado es pasado y hay que dejarlo donde está, atrás, y no intentar aferrarse a él, a pesar de que a veces se nos haga tan difícil dejar las cosas marchar. Pero que el pasado sea pasado, que haya terminado, no quiere decir que no debamos aprender de él, que no debamos, incluso, disfrutar o recrear recuerdos o momentos que nos han enseñado cosas, ya sean buenas o malas. Así que oír estas frases no dejó de entristecerme un poco, porque mis ex nunca estarán muertos para mí, así pasen mil años, porque siempre serán parte de lo que he sido, de lo que he vivido y porque – llamadme orgullosa – tampoco me gustaría que ellos pensaran en mí en esos términos: no, no quiero estar muerta para nadie, ni ser un pasado enterrado del que no se han molestado en aprender nada, del que no pueden salvar nada.

“El amor es eterno mientras dura”, nos dijeron el gran Borges y el gran García Márquez, y nos lo canta un verso de Ismael Serrano en La extraña pareja, una triste canción de desamor. Y así es, una paradoja tan imposible como cierta, pero que en realidad resume a la perfección la dinámica de una relación de amor. Porque el amor se vive como si fuera eterno, aunque todos sepamos que la derrota, muy probablemente, esté al caer; porque al amor hay que vivirlo y hay que recordarlo así, con eternidad, aunque vaya a terminar – ¿y cuándo no…? – en fracaso. Si solo nos quedamos con el final, si solo nos acordamos de que terminó, de que no pudo ser, de que no funcionó, entonces no podremos realizar ningún aprendizaje de la historia, y no podremos echar la vista atrás y alegrarnos de las vivencias compartidas. Porque si solo importa la llegada y no el trayecto, si no podemos recordar los sueños, las esperanzas, las sensaciones que en aquel momento nos hicieron tan felices, si recordar únicamente te hace sufrir, estarás invalidando una parte de tu pasado, e invalidar nuestro pasado significa invalidar nuestra vida, pues, al fin y al cabo, los humanos estamos hechos de recuerdos.

Si somos lo que nos narramos, que dice Montero, y lo que nos narramos está en clave de fracaso, entonces estaremos interpretando nuestra vida como un fracaso. Si, sin embargo, hacemos un esfuerzo por recordar lo bueno, por quedarnos con los aprendizajes, los buenos ratos, las memorias compartidas, si somos capaces de entender que las cosas tuvieron sentido en su tiempo y espacio, en un camino compartido temporalmente, quizás podamos narrarnos otro relato de vida, quizás podamos echar la vista atrás con orgullo y alegría, y sentirnos plenos y dichosos no por aquello que hemos perdido, sino por todo lo que tuvimos la oportunidad de conocer, de vivir, de sentir, de compartir. Y entonces quizás, solo quizás, entenderemos esa famosa canción de Manolo García en la que nos dice aquello de que “Nunca el tiempo es perdido…”.

Cristina Pazos del Olmo