Hace unas semanas di, por casualidad, con el videoclip del último single de James Blunt, Ok, que hace en colaboración con Robin Schulz y que lleva ya unos meses sonando en las radios. El argumento del videoclip me recordó, aunque en versión concentrada, al de la película ¡Olvídate de mí! (Eternal Sunshine of the Spotless Mind, en su título original – Eterno resplandor de una mente sin recuerdos –), donde unos jovencísimos Kim Carrey y Kate Winslet – nada más y nada menos que 14 años más jóvenes – deciden, después de una dolorosa ruptura amorosa, acudir a un médico para que les borre todo recuerdo de su historia. Lo curioso de la película es que la pareja, aun sin la memoria del otro, vuelve a encontrarse y reenamorarse. La película, que ganó el Óscar al Mejor Guion Original y le concedió a Kate Winslet una nominación como mejor actriz, fue todo un éxito en su momento, por su original idea y por su curioso acercamiento a la memoria desde una perspectiva amorosa, lo que la ha llevado a convertirse, para muchos, en una película de culto.

Pero, ¿podemos realmente olvidarnos de alguien? ¿Os imagináis que pudiéramos borrar de nuestra mente la existencia de otro ser, las discusiones, los desencuentros, las despedidas y, sobre todo, las sensaciones, los sentimientos que nos provocan? Todos hemos tenido una mala experiencia amorosa alguna vez y hemos deseado poder olvidarnos de su recuerdo, de todos las memorias y las vivencias compartidas para dejar de sufrir por desamor, como Joel y Clementine, los protagonistas de ¡Olvídate de mí! La película, claro está, aún es ciencia ficción, pero… ¿estamos más bien cerca o más bien lejos de conseguir borrar recuerdos de nuestra mente?

heart-1377622_960_720Parece ser que quizás no estemos tan lejos como pensábamos: ya en el año 2011, científicos de la Icahn School of Medicine de Mount Sinai, una escuela de investigación y Medicina de Nueva York, consiguieron eliminar un recuerdo en ratas a través de la inyección en sus cerebros de un inhibidor de síntesis de proteínas – anisomicina -. El acierto está basado en dos ideas: la primera, el dinamismo de los recuerdos, que no son más que neuronas activadas; la segunda, la importancia de la síntesis de proteínas en la formación de memorias a largo plazo, como demostró el premio Nobel Eric Kandel. De la unión de ambas se concluye que, si al intentar recordar algo, mientras se reactivan las neuronas implicadas en ese recuerdo, inhibimos la síntesis de proteínas con anisomicina, podemos conseguir extinguir el recuerdo de nuestros cerebros, algo que los investigadores del Icahn han conseguido en ratas. La pega: este proceso es inviable, a día de hoy, en humanos, debido a la toxicidad de la anisomicina. Si bien también se cree que el proceso se puede producir sin necesidad de la anisomicina, a través de electroshocks o del bloqueo de ciertos genes, el potencial riesgo de otros efectos secundarios es demasiado alto como para intentarlo.

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Fotografía de la película ¡Olvídate de mí! de Rosenfeld Media, obtenida en flickr

Por otro lado, en un estudio más reciente de hace tan solo un año, un grupo de investigación del Centro Médico de la Universidad de Columbia y la Universidad McGil ha conseguido eliminar recuerdos de manera selectiva en caracoles marinos. A la hora de crear una memoria, podemos encontrarnos con dos tipos de información: los recuerdos asociativos, directamente relacionados con la experiencia que estamos viviendo, y los no asociativos, que son asociaciones fortuitas que se producen por accidente. Imagínate esa ruptura final tan agria con tu ex pareja (el recuerdo asociativo) que, encima, se ha producido en tu playa favorita (recuerdo no asociativo). ¿No es cierto que cada vez que pasas por esa playa y, en general, por todas las playas de tu ciudad te vuelves a acordar una y otra vez de la dolorosa ruptura? ¿Cómo podríamos acabar con ese sufrimiento gratuito? El equipo de Columbia nos dice cómo: a través de la inhibición de las moléculas que registran los recuerdos no asociativos. Hasta hace bien poco se creía que ambos recuerdos iban de la mano y eran inseparables, por lo que destruir uno de ellos implicaba la destrucción del otro. Sin embargo, estudios recientes han demostrado que se utilizan diferentes moléculas de proteína quinasa M (PKM) para registrar cada tipo de memoria: PKM API III para los recuerdos asociativos y PKM API I para los no asociativos. Por lo tanto, a través de la inhibición de esta segunda molécula, se borra la asociación de ese recuerdo no asociativo que nos produce tanto dolor, pero sin necesidad de borrar el recuerdo per sé. Al menos, esa es la teoría que se ha demostrado, por el momento, solo en caracoles marinos, si bien tienen un sistema memorístico parecido al nuestro. Este experimento, más pensado para desarrollar en el futuro fármacos que puedan controlar la ansiedad en personas que han pasado eventos traumáticos – violaciones, guerras, etc. – bien podría aplicarse a las rupturas amorosas.

Esto plantea un dilema a futuro: si pudiéramos eliminar ciertas emociones asociadas al recuerdo sin necesidad de eliminar de nuestros cerebros todo el recuerdo, ¿firmaríamos? ¿Querríamos vivir con los recuerdos de una persona pero sin la evocación emocional que ellos producen, o preferiríamos borrar toda memoria de un plumazo? ¿Qué es más triste, olvidar la existencia de una persona en nuestras vidas, o dejar las vivencias intactas pero olvidarnos de las sensaciones que dichos recuerdos nos hicieron sentir? ¿No es acaso, esto segundo, lo que hace ni más ni menos que el propio tiempo, conservar ciertas memorias pero ir diluyendo la respuesta emocional asociada a ellas?

Es pronto para plantearnos la disyuntiva, pues por el momento estos procesos solo se han demostrado en la teoría y en ciertas especies animales y, por lo tanto, el médico “borramemorias” de Joel y Clementine es, todavía, mera ciencia ficción. En lo que sí que hace reflexionar la película, predestinaciones amorosas – e inexistentes- aparte, es en nuestra voluntad de olvido y en nuestra capacidad de sufrimiento, y en si en las memorias y recuerdos junto a una persona pesa más el sufrimiento de la pérdida que la placidez de la felicidad pasada. La respuesta a la pregunta la dejaré abierta, pues es a gusto del espectador y, en especial, a gusto de cada desengaño amoroso.

Cristina Pazos del Olmo


Fotografía principal de la película ¡Olvídate de mí! de Clara Bm, obtenida en flickr.