Existe una creciente y – me vais a permitir – estúpida manía hoy en día de negar nuestro pasado: “al pasado ni para coger impulso”, me dice todo el mundo cuando se me ocurre sacar del baúl de los recuerdos alguna tierna vivencia. “Hay que vivir en el presente”, te aseguran, como un mantra, con la impaciencia y las prisas características de la sociedad cortoplacista de hoy en día. “Haz borrón y cuenta nueva”, te insisten después de una mala experiencia amorosa.

Y, sin embargo, pienso yo, ¿qué haríamos sin nuestros recuerdos, sin nuestras experiencias de vida? Andar por el mundo ciegos, amnésicos, como la tierna Dory en Buscando a Nemo, o como el pobre protagonista de Memento, perdido y torturado eternamente por su dañada memoria. Y es que, para mí, los recuerdos son toda una lección de vida, un aprendizaje constante. Es por eso que yo atesoro mis recuerdos, los mimo y los cuido y los guardo en pequeños compartimentos de mi memoria, listos para asentar las bases de mi esencia, para articular mi camino de vida.

box-memories-nostalgic-5842A veces me gustaría poder visualizar mis propias memorias, como hacía Harry Potter con la vida de sus padres en el pensadero, aquella extraña vasija donde “vertía” recuerdos y que le teletransportaba, automáticamente, a las aulas de Hogwarts treinta años atrás; en ellas podíamos ver a sus jóvenes padres practicar magia con pericia, burlarse de un tímido y asustado Severus Snape o robarse sus primeros besos al abrigo de un árbol en una tarde primaveral. Pues bien, he fantaseado más de una vez con la existencia de un pensadero donde poder visualizar mis propios recuerdos. Le haría un espacio más que protagonista en mi ya de por sí abarrotada habitación y lo trataría, probablemente, con la misma devoción con la que se trata a las pilas de agua bendita en las entradas de las iglesias. A su lado colocaría mi colección de recuerdos, que irían atrapados, como en la fantasía de J.K. Rowling, en minúsculos frasquitos. Los tendría ordenados por fecha y por importancia, quizás incluso – por qué no, fantasear es gratis – por colores, dependiendo del placer que me produzca su visualización, y hasta les construiría un pequeño armario de madera de roble que sería mi pequeño altar, como lo es la colección de discos de un melómano o la biblioteca de un devorador de libros. Me visualizo, en mi fantasía, sentada en el sofá con un bol de palomitas y una buena copa de vino blanco, lista para escoger un recuerdo específico – como quien elige película o serie en Netflix – y volver a ver mi vida pasar: recordar los nervios que sentí el día en que presenté mi primer libro, revisionar el momento en el que conocí a mi primer amor, reír y asombrarme con tantas noches locas entre amigos, volver a descubrir tantas ciudades y países, sentir el calor del abrazo de aquellos familiares que ya no están y emocionarme de nuevo con ese beso inolvidable – ese que a todos nos viene a la mente cuando nos preguntan por nuestro gran beso -, en mi caso tan tópico como el de una comedia amorosa: al anochecer, bajo la protección de un paraguas en una tarde de lluvia infinita, con la única compañía de unos tiernos y patosos pingüinos.

Claro que existiría el riesgo de volverse demasiado melancólico, de vivir en el pasado. Los padres que han perdido al hijo y viven aferrados a los recuerdos en los que aún vivía, el enamorado que reproduce una y otra vez aquel instante en el que sus sentimientos sí fueron correspondidos, el jugador que se ha lesionado sin solución y recuerda tiempos mejores. Eso es lo que, a veces, me dice la gente cuando saco limpieza a mis recuerdos, cuando comparto experiencias y vivencias de antaño: que uno no puede aferrarse al pasado, que es peligroso recordarlo y visitarlo tanto, que el pasado hay que dejarlo donde está, bien atrás. Pero yo pienso que la gente se equivoca: recordar el pasado no es necesariamente dar un paso atrás, ni algo que siempre vaya a tener efectos negativos en tu vida. Es más, me atrevería a decir que puede ser incluso bueno: recordar quiénes hemos sido, qué hemos hecho bien y qué mal, qué experiencias nos han ido conformando por el camino, las buenas y las malas, que forman parte de lo que somos ahora, de las personas en las que nos hemos convertido.  

Hace unos añitos, cuando cumplí las temidas tres décadas, hice recapitulación escrita de lo que había sido mi vida, y me reconocí un puñado de aciertos pero, sobre todo, una larga lista de defectos. La gente aplaudió mi honestidad y recuerdo comentarios muy emotivos, si bien he ido olvidando la mayoría con el tiempo. Y puntualizo la mayoría, porque hay un comentario que aún recuerdo con exactitud, palabra por palabra: “brindemos por tus aciertos pero sobre todos por tus fallos, gracias a los cuales eres hoy la persona que eres”, decía mi amiga Nuria con cariño y gran lucidez. También dicen en algún episodio de la interminable Anatomía de Grey que “our lives are built on our mistakes as much as our successes”. Es decir, que nuestras vidas se construyen sobre nuestros éxitos de la misma manera en que se construyen, por igual, sobre nuestros fracasos. Justamente lo que expresaba mi amiga Nuria, ella con mayor sencillez, pero con el mismo efecto.

antique-blur-classic-1095602La vida es también nuestro pasado, el bueno y el malo, las buenas y las malas experiencias, lo que hemos hecho bien y no tan bien, las personas a las que hemos querido y también a las que hemos hecho daño y, por supuesto, aquellas personas que nos han amado, pero también aquellas que nos han herido. La vida también es nuestro pasado o, más aún, la vida va siendo, cada vez más, pasado: mientras se va consumiendo nuestro presente, mientras nuestro futuro se va reduciendo y vamos envejeciendo, nuestra vida va siendo, cada vez un poco más, pasado, recuerdos y vivencias de toda una vida: la nuestra. Esos recuerdos van formando la persona que somos, nuestra identidad. Por eso no creo que volver al pasado signifique vivir atado a él, y por eso tampoco creo que sea sano negarlo. Me da cierta pena la gente que, con ligereza, echa a la gente de su vida y de sus memorias, porque pretende olvidar que alguna vez existieron. Todos hemos conocido a monstruos, todos nos hemos enamorado de alguno, incluso, y todos hemos deseado olvidarles, enterrarles, expulsar su existencia de nuestra consciencia. Pero creo que ahí nos equivocamos: hasta los monstruos tienen cabida, hasta el dolor tiene su función. La de recordar que estamos vivos, que la vida es un continuo aprendizaje. De lo bueno, pero en especial, de lo malo. Por eso, no creo en los mensajes que dicen que al pasado no hay que volver ni para coger impulso: negar el pasado es negarse a uno mismo, es andar por el mundo sin referentes. O, como bien lo expresa Manuel Vilas en su magnífica novela Ordesa: “Vivir obsesionado con el pasado no te deja disfrutar del presente, pero disfrutar del presente sin que el peso del pasado acuda con su desolación a ese presente no es un gozo sino una alienación.”

Los recuerdos dicen quiénes somos, dicen cómo somos, los recuerdos le dan sentido a nuestra existencia. Así que, si volver al pasado significa ser melancólico… ¿qué hay de malo en cierta melancolía?

Cristina Pazos del Olmo