Comenzaba el verano de 1985 cuando Sharbat Gula, la niña afgana de ojos felinos y mirada penetrante, dio la vuelta al mundo – ¡sin saberlo! – en la portada del National Geographic, la que es sin lugar a dudas la más famosa de entre todas las portadas de esta célebre revista estadounidense. El autor de la misma era por aquel entonces un joven fotógrafo de guerra, Steve McCurry, que en 1984 se encontraba realizando un reportaje en el campamento de refugiados Nasir Bagh (Pakistán). Sharbat Gula, de 12 años de edad, y su familia intentaban escapar del conflicto armado en su país natal y vivían – o sobrevivían, más bien -, en un caótico campo formado por un puñado de tiendas de campaña. Steve, cautivado por su mirada, realizó varias fotos a la niña y se marchó, sin ni siquiera preguntarle el nombre. El rostro de Sharbat se hizo mundialmente famoso – viral, que dirían hoy en día -, algo de lo que ella no se percataría hasta casi 20 años después, en el año 2002, cuando el ya no tan joven fotógrafo se reencontrara con la antaño niña en una aldea afgana. Aquella niña, ya una mujer adulta madre de tres hijas, se enteraría del efecto causado por su fotografía al tiempo que el autor de la misma conocería, por fin, el nombre de la mujer que le había catapultado a la fama.

Esta fotografía, que es sin lugar a dudas una de las más icónicas del siglo XX, estuvo a punto de ser sustituida por otra, también de Sharbat, en un plano más corto donde destacaban, aún más, – si es que es posible – sus ojos:

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Un cambio de última hora por parte del director de la revista en la edición de junio de 1985 posibilitó que, finalmente, la foto que todos conocemos protagonizara la portada del mes. A día de hoy, esta foto se ha convertido en un recordatorio de la situación crítica que viven miles de refugiados cada día y en símbolo de las víctimas de los conflictos armados.

Para poder reencontrarse con Sharbat casi dos décadas después, el fotógrafo contó con la ayuda del FBI y de unas complejas técnicas de reconocimiento facial para asegurarse de que aquella era efectivamente la protagonista de la fotografía, quien lucía así dieciocho años después:

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La historia de la joven, convertida ya en una madre treintañera, fue contada en la edición de abril de 2002 de la revista y también en un documental televisivo. En honor a la historia de Sharbat, se creó una ONG llamada Afghan Girls Fund para ayudar al desarrollo educativo de las mujeres afganas. Este proyecto creció hasta convertirse en Afghan Children´s Fund, que a día de hoy ayuda a todos los niños afganos.

Pero, organizaciones benéficas aparte, resulta curioso cómo funcionan a veces los medios de comunicación: mientras que la publicación de esta fotografía lanzó a su autor, Steve McCurry, al estrellato, tras el cual han llegado numerosos premios y reconocimientos, la musa de la misma vivía paralelamente una vida de pobreza, conflictos y miseria, como bien hemos sabido muchos años después tras la exhaustiva búsqueda – me preguntó, realmente, con qué fines – del rostro misterioso. Y es probable que tengamos que seguir hablando en presente, ya que la última noticia que se tiene de Sharbat es de hace apenas dos años, cuando fue detenida por posesión ilegal de un documento de identidad pakistaní. Sharbat vivía de nuevo en un campo de refugiados, esta vez con dos de sus hijas, por lo que podemos inferir que su situación, al menos hasta el 2016, no ha mejorado demasiado.

Y me da por preguntarme algunas cosas, después de esta curiosa trayectoria paralelamente inversa – la del fotógrafo y la de la mujer fotografiada, aquella que desconocía su fama y que, por desconocer, desconocía hasta los derechos de imagen… -. Me pregunto, por ejemplo: ¿quién tiene más mérito: el fotógrafo que capta la mirada urgente de la chica, el medio de comunicación que cubre la noticia de una vida en la miseria, o la propia chica, que pide ayuda a gritos…? Me pregunto, también… ¿sobre quién recae la valía de la fama: ¿sobre el fotógrafo que inmortaliza la belleza ruda, o sobre el silencioso grito de auxilio de esos dos ojos huidizos? Me pregunto… ¿quién es el artista? ¿Quién, el humano? Me pregunto qué ocurre después con las víctimas fotografiadas… ¿Se quedan en la foto, estáticas, o sus vidas continúan donde las hemos dejado, en la miseria que dejamos en pausa al hacer clic?

Me pregunto… Me pregunto en qué momento nos hacemos responsables de este mundo, en qué momento somos conscientes de que nuestras pequeñas acciones traen consecuencias más allá del pequeño espacio que nos rodea. Me pregunto en qué momento dejamos de ser niños… Me pregunto, ¿en qué momento nuestra madurez nos vuelve egoísta? ¿En qué momento nuestro egoísmo nos domina? ¿En qué momento la foto de otro muerto, de otro refugiado, de otra guerra, ya no nos pone los pelos de punta? ¿En qué momento nos desensibilizamos sin sentir pena ni inquietud por ello? ¿En qué momento dejamos de pensar? ¿En qué momento preferimos cambiar de tema? ¿En qué momento preferimos cambiar de canal…?

¿En qué momento nos volvemos ciegos e insensibles a las injusticias ajenas? ¿En qué momento nos tapamos con las gafas de sol, para permanecer anónimos y neutros? ¿Cuándo fue la última vez que limpiamos esas gafas? ¿Cuándo fue la última vez que comprobamos si ser neutro era en realidad una opción viable?

¿En qué momento elegimos entre vivir y no dejar vivir? ¿Dónde está el límite de nuestra supuesta libertad? ¿En qué momento justificamos, alimentamos, nutrimos guerras que desalimentan, desnutren a otros? ¿Y en qué momento pasamos de la responsabilidad personal a la culpa general? ¿En qué momento nos hacemos culpables de una guerra más, de otra hambruna más, de otra muerte más?

¿Qué (más) podemos hacer? ¿En qué momento dejamos de hablar? ¿En qué momento dejamos de pensar?

Y ¿…en qué momento empezamos a actuar…?

Cristina Pazos del Olmo


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