Centro_BotínEsta semana que termina hemos podido disfrutar en Santander capital del escritor Manuel Vilas, quien ha venido a hablar al Centro Botín de los libros de su vida, aquellos que están escritos con palabras que salen (o que llegan) directas del corazón, o al menos así rezaba el título de su breve – pero fructífero – taller los pasados días 16, 17 y 18 de Julio: Los libros de la vida. Las palabras del corazón.

El autor de Ordesa, un libro que lleva poco más de medio año en el mercado y que ya va por la 8ª edición, compartió con los asistentes – mujeres en su gran mayoría – un poco de su cultura literaria, de su sabiduría popular y de aquellos miedos que compartimos todos tarde o temprano, en mayor o menor medida: el paso del tiempo, la finitud de la vida, la muerte, la fugacidad de los recuerdos.

Manuel_VilasManuel Vilas (Barbastro, 1962), autor de poemarios como Resurrección, Calor o El hundimiento, destaca en su poesía – al igual que en la prosa de Ordesa – por su autenticidad, sus reflexiones tan crudas como potentes, la plasmación de sus crisis vitales y existenciales, el reflejo del dolor más descarnado. Es por ello por lo que sorprende – y para bien – en el cara a cara con su transparencia, su apariencia campechana y juvenil, su calidez y su cercanía, su sana sencillez (que no simpleza) y su falta de academicismos, soberbias pero, también, de falsas modestias. En otras palabras, Vilas sorprende por su normalidad, algo tan poco habitual en los tiempos que corren.

Si bien es cierto que el autor tampoco se casa con nadie: el primero de los tres días lo dedicó casi por completo a hablar de la diferencia entre lo que él considera literatura – long-seller, o aquellas obras que siguen vendiendo con el paso del tiempo – y best-sellers – aquellas obras que venden mucho pero durante un tiempo limitado -, realizando un recorrido histórico de las obras que él considera imprescindibles en la literatura hispanoamericana, tanto en prosa como en verso.

El segundo de los días el autor comenzó el taller con una gran pregunta: ¿es legítimo narrar nuestra vida? Con los ejemplos de autores como Montaigne o Proust, la discusión giró en torno a cómo los escritores escriben libros para salvar su vida de la muerte, del silencio, del olvido. Cuando nos percatamos de la dimensión temporal de la vida, del paso del tiempo, de la inevitable finitud, algunos autores sienten la necesidad de contar sus recuerdos para salvar su existencia. Este fue el caso de Proust, quien se encerró en un estudio parisino durante años a escribir con un detallismo exacerbado todo lo que había sido su vida, con la mágica ilusión de poder revivir sus recuerdos, de poder volver a traer su pasado al presente mientras lo narraba, mientras lo recreaba, como si de una droga se tratase. Esta es, según Vilas, la mayor ambición de un escritor. Al plasmar tus vivencias, lo que consideras que ha sido tu vida, consigues plasmar dichas memorias y puedes comenzar a comprenderlas, a entenderlas. La literatura, pues, saca el relato de tu vida de tu cuerpo y lo convierte en algo externo y objetivable.

La última sesión trató de varios subgéneros dentro de la literatura autobiográfica, como son la literatura de duelo o la familiar. Ejemplos de literatura de duelo tenemos varios en la narrativa española, como es el caso de Señora de rojo sobre fondo gris de Delibes, quien tardó casi quince años en poder hablar de la muerte de su esposa. Otros se enfrentan a uno de los mayores duelos, el de la muerte de un hijo, desde perspectivas diferentes: desde el relato autobiográfico, como hace Sergio del Molino en La hora violeta, o desde una forma más abstracta y poética, como realiza Francisco Umbral en Mortal y rosa. Para Vilas, el fallo en la obra de Delibes y, quizás, también, en la de Umbral es el pudor, el miedo a la exhibición al juicio público que viene, según el autor, de la influencia católica en nuestro país, la cual nos hace valorar demasiado la estimación social de nuestra vida.

El subgénero familiar también tiene su cabida en la literatura española e hispanoamericana, como es el caso de El mundo, de Millás, o Tiempo de vida de Marcos Giralt, que relata los cuidados de su padre agonizante. También se ha usado la literatura autobiográfica para plasmar historias de superación, como hace Luisgé Martín en El amor del revés – en el que narra la historia de su homosexualidad – o Instrumental de James Rhodes, donde el pianista consigue superar una feroz historia de abusos sexuales a través de la música. Para Manuel Vilas, todos estos libros tienen que ver con la exploración de la libertad individual en democracias, algo que no podría escribirse – o publicarse, al menos – en países autoritarios o con democracias débiles.

El final del taller tuvo un tinte reflexivo y emotivo, siguiendo la línea que habían tenido las sesiones anteriores, pues fueron los propios participantes los que leyeron composiciones suyas, la gran mayoría evocando recuerdos de la infancia, aquella época de la inocencia, el juego, la protección y el amor incondicional a la que recurrimos cada vez más según nos vamos haciendo mayores.

La literatura, dice Vilas, es como una gran plastilina a la que puedes darle todas las formas que quieras, sin límites ni finales. Eso sí, a lo que el autor le gusta poner sus topes es a la cantidad de hojas de un libro. Y es que, opina Vilas, un manuscrito es como un pedazo de carne al que siempre le sobran cosas o, dicho de otra manera: a todas las novelas le sobran páginas, incluso a las mejores. Como dice el dicho popular: lo bueno, si breve, dos veces bueno.

Cristina Pazos del Olmo


Fotografía principal obtenida en Flickr.

Resto de fotografías de Wikimedia Commons.