Hoy quiero escribir sobre un tema que ya traté hace casi un añito acerca de la tristeza y de la cada vez mayor obligación que existe hoy en día para la felicidad. Lo que antes era – para algunos – un privilegio, para la gran mayoría un estado de ánimo, incluso a veces, para unos pocos, una actitud frente a la vida, hoy se ha convertido poco menos que en una exigencia. Se nos exige ser felices, del mismo modo en que se nos exige ser bellos, exitosos, ingeniosos, populares o divertidos.

Decía yo, hace un año, que teníamos que reivindicar el derecho a la tristeza. No porque encuentre ningún placer especial en dicho estado de ánimo, ni porque apueste por un estilo de vida depresivo y abnegado, ni siquiera porque la nostalgia nos venga que ni pintada a los escritores. No, nada de eso tendría mucho sentido con mi alegre predisposición a la vida. Reivindico la tristeza por una sencilla e innegable razón: porque la tristeza forma parte de la vida, tanto como lo hace la felicidad – a veces, desgraciadamente, incluso más que ella -. La tristeza, tarde o temprano, con mayor o menor frecuencia y con mayor o menor intensidad, se aposenta en los recónditos habitáculos de nuestra existencia, al igual que lo hacen la frustración, el enfado, la incomprensión, la soledad y, por qué no, también la felicidad, la sorpresa, el éxito o el goce. La tristeza, al igual que cualquiera de los muchos sentimientos que nos acompañan en este camino incierto y, a menudo, arduo, no es un estado de ánimo atípico o anormal, un sentimiento de minorías ni, sobre todo y mucho más importante, una emoción que podamos evitar o sacudirnos de encima. Por eso creo que lo más inteligente es hacerle frente: reconocerla, asumirla, darle forma, procesarla y, eventualmente, darle salida.

adult-alone-anxious-568027Sentada uno de estos días en una terracita veraniega con un grupo de amigos me dio por reflexionar sobre todas estas cuestiones, cuando a una de mis amigas le sobrevino una crisis de ansiedad de manual. Mi colega, que no pasa por uno de sus mejores momentos, tuvo que abandonar la comitiva y retirarse a lugares más solitarios, lo que nos dejó a todos con la dosis de frustración e impotencia que procedía. Con el malestar y el silencio que nos acompañó tras su retirada, un amigo quiso romper el hielo y restarle importancia a través del humor, aunque quizás no de la manera más adecuada. Mirando a otra amiga del grupo con una sonrisa, afirmó, medio en broma, medio en serio: “pues va a ser que los más fuertes de esta mesa somos tú y yo.” Para entender el comentario habría que contextualizaros un poco, y es que en el grupo variopinto de gente que éramos, a excepción de esas dos personas, últimamente habíamos afrontado varios desengaños amorosos, algún que otro duelo, problemas económicos, de salud y hasta una crisis existencial en toda regla. Es decir, lo normal que ocurría en cualquier grupo de treintañeros de cualquier parte del mundo: la vida haciendo de las suyas.

A mí la broma, aunque sé que fue sin mala intención, me cayó pesada, como me suele pasar cuando alguien se atreve a realizar juicios de valor sobre el sufrimiento ajeno. Y es que hay personas que parecen no entender el dolor ajeno. Incluso, me atrevería a ir más allá: hay personas a las que parece molestarles, a las que les produce fastidio o incordio (“¿Ya estás otra vez con lo mismo? Pero si han pasado ya unos cuantos meses, a ver si acabas de ponerte bien que ya toca”). A mí, si os soy sincera, el sufrimiento ajeno lo que más me provoca es respeto, muchísimo respeto. Porque el dolor no es objetivo, ni el físico ni, mucho menos, el emocional. Porque nadie debería cuestionar lo que debemos o no sufrir con algo, por cuánto tiempo o con cuánta intensidad, y mucho menos las medidas que se usen para paliarlo: terapias, pastillas, retiros, desmadre, espiritualidad.

Hace unos añitos tuve una pericarditis un tanto puñetera que me tuvo ko varios mesecillos. Recuerdo la frustración y el dolor en Urgencias, donde no acababan de saber lo que me ocurría y me mandaban a casa día tras día durante casi una semana alegando que lo mío era una simple gripe. El último día antes de que finalmente se les ocurriera llamar a un cardiólogo, el buen doctor de Urgencias al que tenía ya más que saturado, se atrevió a pedirme que midiera mi dolor en una escala del 1 al 10. Yo le miré muy seria y recuerdo que le contesté algo así como: “no te voy a decir que un 10, porque entiendo que, por ejemplo, si te torturan, eso se merece la primera posición. Pero sí te diré que es el peor dolor que he sentido nunca, y he conocido unos cuantos a estas alturas, así que te voy a contestar que un 9”. El médico no tardó mucho en contestarme, pareciera que ya tenía su respuesta preparada de antemano: “pero es que igual tu 9 para mí es tan solo un 2”.

Esa simple anécdota – con la que, por cierto, mi madre casi ahorca al buen doctor -, me viene de perlas para defender mi postura en este texto, y es que el dolor es todo menos objetivo, menos aún el emocional. Hasta cierto punto, se podría medir el dolor físico: qué se yo, por ejemplo, se me ocurre que podríamos dar descargas eléctricas de distinta intensidad, lo que haría que pudiésemos establecer una medida de dolor más o menos objetiva – aunque no hay que olvidar que cada uno tiene un umbral de dolor distinto -. Pero en el caso del dolor emocional, del psicológico, es difícil establecer categorías, intensidades, niveles, o al menos veo difícil ordenar los siguientes dolores de manera objetiva y fiable (a ver quién es el listo que se anima a dicha empresa): duele la hostia, duele que te cagas, duele a rabiar, duele a morir.

adult-art-conceptual-278312Volviendo a mi quedada veraniega, la respuesta que le dimos a mi amigo, con mucha delicadeza, varias de las personas que estábamos allí, es que la fortaleza no tenía nada que ver con la tristeza, y que la intensidad del sufrimiento es algo que le concierne únicamente a uno mismo. “Ya, pero aquí estáis todos jodidos, tomando ansiolíticos y yendo al loquero porque os han partido el corazón o habéis perdido a un amigo”, se defendió, vanagloriándose de que él no había necesitado de ninguna de estas cosas cuando perdió a su padre años atrás. A lo que mi buena amiga Rosa le contestó: “es estupendo que no hayas necesitado ninguna de esas cosas para superar el duelo por tu padre. Pero quizás, solo quizás, algún día alguien te parta el corazón de una manera tan atroz y salvaje que entonces seas tú el que tengas que recurrir a alguna de esas cosas, o a cualquier otra que te sirva para dejar de sentir, mínimamente, que se te abre el mundo bajo los pies”.

Mi amigo, que es tan bocazas como bonachón, no insistió en el asunto ni nos quitó la razón, aunque tampoco nos la dio. Quién sabe lo que le deparará el futuro, si conocerá la tristeza a esas profundidades o no, si aprenderá a dejar de medir el dolor ajeno bajo su propia escala o, al menos, a no juzgarlo. Lo que sí sé es que no es la primera ni la segunda persona que se expresa en esos términos para hablar del dolor, y desgraciadamente no será la última. Y es que se tiende a confundir la tristeza con debilidad, con inferioridad, con fragilidad. El que sufre no es fuerte, el que llora es débil, el que necesita de apoyos externos no sabe enfrentarse al mundo, más aún si ese apoyo es una terapia psicológica: entonces ya no eres solo débil, sino que estás un poco pirado (pero este es un tema que daría para otro artículo de opinión, o incluso varios…). Puede ser, cierto es, que habrá casos en que así sea. Pero también hay otros muchos casos en que la expresión de la tristeza no tiene nada de malo y sí mucho de bueno, en que darle forma al dolor, hablarlo, sacarlo, compartirlo y reflexionar sobre él, es parte del proceso de superación del mismo, una etapa de negociación y enfrentamiento que, bien sabemos todos aquellos que hemos superado un duelo, no se puede eludir y obviar.

Me gusta pensar que de la felicidad y del éxito se disfruta, y que de la tristeza y los fracasos se aprende… o eso me he contado a mí misma como mecanismo reductor de la realidad para poder hacerle frente, al igual que otros se agarran a religiones, buenas o malas suertes, destinos o karmas. Y es que algo nos tenemos que contar para darle sentido al sufrimiento que inevitablemente, irremediablemente, todos hemos sentido, sentimos o vamos a sentir, más tarde o más temprano. Quizás soy demasiado ingenua, o busco en teorías absurdas el consuelo que le falta a un ateo incondicional. Quién sabe. Lo que sí sé es que bastante duro es asumir, con mi mente incrédula y susceptible, que vivimos en balde, como para encima pensar que también sufrimos en balde: prefiero pensar que hemos hecho un aprendizaje, que tanto sufrimiento ha servido para algo, que darle un objetivo lo hace menos tedioso, lo hace más soportable. ¿Cuál sería el sentido, si no, de tanto sufrimiento?

Cristina Pazos del Olmo