Empezamos bien el día… Ya de buena mañana y me he sentido indignada.

Preparada para comenzar un nuevo día, me lanzo a la calle y me echo a andar camino al “curro”. Me encuentro llena de energía y en mi mente comienzo a estructurar las cosas importantes: asuntos de máxima prioridad que deben ser resueltos a primera hora, cosas pendientes de ayer, cosas pendientes de antes de ayer, llamadas urgentes, llamadas emergentes y suma y sigue… Voy llena de energía para afrontar este nuevo día que, como el anterior, se avecina cargado de estrés, carreras, idas y venidas, colgar y descolgar el teléfono, resolución de conflictos y conflictos sin resolver, y jaleo, mucho jaleo y ajetreo. En fin, me preparo para un nuevo día, con la batería cargada al cien por cien. Y sin embargo, nada más salir del portal, me deshincho cual globo que tanto ha costado llenar y por el que se escapa tanto oxígeno de mis pulmones. Lo que ven mis ojos dista mucho de algo que se le parezca al trabajo: todo un grupo de trabajadores agrupados en una pequeña parcela de hierba pensando cómo cortar el césped, sin llevarse al compañero por delante.

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Una vez más echo mano a la RAE y busco en el significado de las palabras, a ver si éstas consiguen mejorar a los hechos. Y leo. La primera acepción aparece en forma de verbo intransitivo. Trabajar, léase: “ocuparse en cualquier actividad física o intelectual”.  Efectivamente, no puede decirse que estos obreros estén dedicados a la función que deben realizar. Eso sí, bien ataviados con sus EPI´S (Equipos de protección individual), es decir, esos trajes de faena fosforescentes, esas máquinas especializadas en cortar el césped de los jardines de diez o veinte campos de fútbol y, eso sí, el pitillo en la boca.

Si me voy a la segunda acepción, entiendo que estos empleados del ayuntamiento sí están trabajando, ya que trabajar también consiste en “tener una ocupación remunerada en una empresa o institución”. Pues sí, ¡he de entender que el ayuntamiento ha asignado a estas personas una misión y que les paga por ello! Ahora bien “ejercer la profesión u oficio”, como describe la tercera acepción, dista mucho de lo que ven mis ojos.

Y la escena se repite.

Hace ya unos meses, tuve la misma visión: uno trabaja, cinco miran.

Todo un despliegue de personal ataviado con aquellos trajes casi luminiscentes, a primera hora de la mañana, con máquinas que hacían más ruido que nueces y esa postura desganada como las vacas cuando miran al tren…

Pero lejos de llevarnos las manos a la cabeza y lamentarnos constantemente, lo verdaderamente interesante es que como hacían nuestros padres y en su día hicieran nuestros abuelos, no podemos dejar de ser críticos.  No podemos ni debemos mirar hacia otro lado. ¿Dónde está esa conciencia crítica que nos permite avanzar y mejorar? Me gustan las personas que se implican en lo que hacen y, por contra, desearía dar un empujón (por no decir una patada en el trasero) a aquellos que no se molestan lo más mínimo en desempeñar la función encomendada.

Si seguimos mirando para otro lado, lejos de avanzar en el camino, estaremos volviendo atrás. Como ciudadanos también es nuestra responsabilidad denunciar lo que no se no está bien y lo que se lleva realizando desde hace años: uno trabaja, cinco miran.

Yo, mientras, me vuelvo al trabajo, a trabajar, pues no tengo tiempo para estar mirando.

María de Román Arenas


Fotografía principal obtenida en flickr, de Nacho.