Escribía por aquí hace unos pocos meses – o algo así como hace una vida entera, según se mire al tiempo o a la cantidad de vivencias – un artículo de opinión acerca de mis ideas sobre el enamoramiento y sobre el amor, sobre dónde terminaba el uno y dónde comenzaba el otro, sobre el deseo, la necesidad que es enamorarse, y sobre la alegría y bienestar que da el amor. Terminaba con una entonación positiva, propia de la persona que se encuentra inmersa en esa primera fase – el enamoramiento – y tiene la firme resolución de que lo que vive ya es amor. Pero la vida nos enseña continuamente, nos cambia de un día para otro y desbarajusta nuestros planes, nuestros sentimientos y, en última instancia, hasta nuestras opiniones – pues, como dijo nuestro querido Lennon, “la vida es aquello que te ocurre mientras te empeñas en hacer otros planes” -… Y, sin quererlo ni comerlo, me he dado cuenta de que me ha pasado precisamente eso: que he cambiado de parecer. Pero, no, no ha sido en la línea contraria de lo que firmaba hace unos meses, sino justamente con esa misma perspectiva, aunque con más intensidad y con ciertos matices.

Y es que solía creer que el enamoramiento era la fase más importante de una relación, y que tras el enamoramiento siempre llegaba el amor, y que sin enamoramiento nunca podía haber amor. Las dos primeras ideas hace tiempo (¡afortunadamente!) que las he desechado; la tercera se me atraganta últimamente, porque hace nada estaba convencida casi al cien por cien de ello, pero de un tiempo a esta parte, creo que es algo relativo, creo que depende. ¿Y de qué depende? Pues de según cómo se mire, claro está – Pau Donés la clavó con esta obviedad tan lúcida -. Depende de la persona, de las circunstancias, de la edad, de la relación, de la experiencia, del momento vital, de la pareja en cuestión… ¡Todo depende!

Si echo la vista atrás, puedo reconocer la importancia que el enamoramiento ha tenido en mi vida. Desde luego, no lo era todo – si no, todas mis relaciones habrían sido tan efímeras como lo es el enamoramiento, y no habría tenido tiempo de llegar al amor, de apostar por el amor y la relación y, eventualmente, de madurar -. Pero sí que es cierto que casi siempre llegaba un punto en el que lo echaba de menos. Como persona pasional que soy, creo que es inevitable no echar de menos ciertas sensaciones, cierta adrenalina. Es lógico y es hasta sano, pues es una señal inequívoca de que seguimos vivos. Otra cosa muy distinta son las reflexiones que hagas de ello, el aprendizaje que vayas sacando de todas las vivencias amorosas, que van conformando nuestra forma de vivir el amor pero, sobre todo, nuestra forma de entenderlo.  

adult-background-beach-296282 (1)He reflexionado mucho sobre el amor últimamente, también lo he discutido con familiares y amigos, y me he dado cuenta de que, para una gran cantidad de personas, enamorarse es un sinónimo del amor, es solo la antesala, los inicios. Yo también solía pensar así a mis quince y a mis veinte años. De hecho, quizás sea realmente así y solo estoy viendo matices donde no hay más que blancos y negros, pero me atrevería a decir que la confusión – o, más bien, la simpleza en el planteamiento – viene de los propios términos usados para definirlo: en-amor-arse. Es decir, entrar en el amor, deslizarse en los brazos de este sentimiento universal. Ocurre también en inglés, donde literalmente las personas “fall in love”, es decir: se caen en el amor. Ojalá fuera tan simple como eso, pero la vida – y, en especial, los fracasos – me han enseñado (o me han hecho pensar) que el amor, al igual que el resto de las cosas, no es tan simple. Y es que enamorarse es algo sencillo, muy muy sencillo, y a la vez tan complicado, pues es algo ajeno a nuestra voluntad, un acto totalmente irracional, nacido de nuestro ser más animal y primitivo, de nuestra parte más instintiva, y ocurre casi en un instante, en un momento, en un flechazo. El enamoramiento es pasión, pero no solo la pasión sexual sino la pasión por otro ser al completo: enamorarse es apasionarse por otra persona. Enamorarse es engancharse a alguien, al igual que otros se enganchan a una droga, y sentir que, literalmente, no podrías vivir sin ella. Enamorarse es, momentáneamente, perder por completo la cabeza. Y luego está el amor, ese sentimiento más profundo, más elaborado, que no surge de la proyección sino de la realidad, del conocimiento y no del misterio, de la vivencia y no de la expectativa.

La pregunta clave es: ¿hace falta ambos procesos en una relación amorosa? Probablemente, no. Que sería lo ideal, puede, que es necesario, seguro que no. ¿Se puede tener enamoramiento sin llegar al amor? Perfectamente. ¿Se puede tener amor sin haber tenido enamoramiento previo? Quién sabe. Solía pensar que hacía falta el chute previo de adrenalina para poder después construir un bonito camino juntos. Ahora, sin embargo, pienso que hay muchos tipos de amores, y aún más tipos de relaciones, y que depende de una larga lista de factores pero, sobre todo, de dónde pongamos cada uno el acento.

Lo que sí tengo claro es que muchas veces pensamos que amamos cuando solo estamos enamorados, cuando aún no ha habido tiempo para amar. Y es que amar es un proceso, no únicamente un sentimiento. Amar lleva tiempo, lleva esfuerzo, conlleva madurez y paciencia y, por qué no, también conlleva un puñado de voluntad. Si no, ocurre que un día cualquiera te sientas a tomar un café con esa persona que un día lo fue todo para ti y, de repente, te das cuenta de que es un auténtico desconocido. Sí, sabes su nombre y sus apellidos, a qué se dedica, cuántos hermanos y sobrinos tiene y qué familiar ha muerto recientemente. Sabes que es un friki de los cómics y que odia a los gatos. Pero eso es todo. No tienes ni idea de la persona que hay por dentro. Por lo demás, podrías estar tomándote el café con el chico que se sienta en la mesa de al lado y la incomodidad, la sensación de extrañamiento, sería exactamente la misma. Porque en realidad conoces lo mismo de él, es decir, conoces nada. Porque te das cuenta de que desconoces su fondo, de que no has tocado su alma, de que su corazón está hermético para ti. Porque no tienes ni idea de quién es el que está sentado ahí enfrente, porque te das cuenta de que te pasa como en la canción: que es “somebody that I used to know”, alguien a quien solías conocer o, incluso más bien, alguien a quien creías conocer. Y no hay nada más nostálgico que desconocer lo antaño conocido.

Cristina Pazos del Olmo