Hará un año o año y poco que encontré, entre las muchas curiosidades de las que a veces nos encontramos por las redes, con la noticia de que un exitoso profesor de la Universidad de Princeton había publicado su currículo de una manera un tanto especial, pues no era una exposición de sus premios y logros, sino justo lo contrario: era la historia de sus fracasos. El profesor de Psicología relataba, con pelos y señales, la relación de todos los fracasos académicos y profesionales que había tenido a lo largo de su vida, qué sé yo, aquella beca que no había recibido, ese otro examen tan importante que había suspendido, el artículo científico que había sido rechazado en prestigiosas revistas, aquel trabajo en el que no fue seleccionado, y un largo etcétera. La iniciativa me conmovió bastante y mi reacción en ese momento fue doble: por un lado, me entraron unas ganas momentáneas de coger el siguiente vuelo a Nueva Jersey para ir a dar un achuchón al bueno y afable – o así lo imaginaba en mi cabeza – de Johannes Haushofer, el atrevido profesor del currículo de fracasos. Enseguida deseché la idea – por cuestiones obvias de economía y de cordura -, pero en mi mente se encendió una segunda posibilidad: la de escribir un artículo de opinión para el blog.  

El artículo que originariamente pretendía escribir no es exactamente el que estáis leyendo ahora mismo, pues tenía la idea de centrarme en exclusiva en el aspecto laboral, como el bueno de Johannes. Mi intención era criticar el exceso de importancia que existe hoy en día con el éxito, una sociedad más preocupada por crear líderes que personas, por fomentar el éxito por encima de la bondad, y que vende ese éxito no solo como una necesidad o incluso una obligación, sino como una facilidad, como el camino lógico – y sin esfuerzo – que sigue el curso natural de la vida profesional de una persona. Se esconden los errores, los fracasos, y solo se relata lo bueno, el resultado final después de la lucha y la voluntad, como si triunfar no conllevase decepciones, frustraciones y mucho – ¡muchísimo! – esfuerzo; como si fracasar no estuviera permitido, no estuviera incluso contemplado, algo que a mi parecer ofrece una peligrosa imagen de facilidad y de inmediatez a las nuevas generaciones que ayuda poco o nada, que no va a fomentar el éxito, sino la frustración de millones de jóvenes que se pensarán que esto es “llegar y besar el santo” y que, en todo caso, va a fomentar un éxito basado en la competitividad, en el individualismo y en el triunfo per sé, sin importar los contenidos o los objetivos. Se trata de una sociedad, una imagen, que cada vez me recuerda más, desgraciadamente, al eslogan del instituto al que iba mi hermana de pequeña cuando vivíamos en Estados Unidos: “To be a second is to be a loser”, les decían a los críos con 13 y 14 años. “Ser el segundo es ser un perdedor”, que significa en español. Nada que decir, pues el eslogan lo dice todo (o tanto, tanto por decir…).

Pues bien, podría haber escrito uno y cientos de artículos con esta temática, pero a raíz de varios acontecimientos en mi vida, mi reflexión acerca del éxito y el fracaso ha virado un poco de ámbito, y es que me ha dado por pensar que en el aspecto emocional hacemos otro tanto de lo mismo: contamos solamente nuestros logros. Vamos por la vida mostrando lo mejor, limando las mejores partes, engañando, a fin de cuentas, vendiendo – hoy más que nunca – nuestra mejor imagen, la física y la interior, y la llegada de las redes sociales solo ha precipitado más esta tendencia, donde todo lo que subimos o compartimos ha sido pulido y limpiado previamente – ¡y filtreado!- . Pero quererse no es incompatible con ser honesto, con los demás y, sobre todo, con uno mismo. Quererse no implica desconocer nuestros límites, nuestras manías, nuestros errores, nuestras pequeñas – y a veces grandes – mezquindades, nuestros fracasos.

Es por ello por lo que se me ha ocurrido que todos deberíamos hacer un currículo de fracasos, pero esta vez de los emocionales, de los personales, de los vitales. No para compartirlo con los demás – quizás con algunas personas muy cercanas -, sino para reflexionar sobre ello con nosotros mismos. No con la intención de avergonzarnos o torturarnos, pero sí para entendernos, comprendernos y, lo más crucial, para poder aceptarnos.

board-game-business-challenge-277052.jpgLlega un momento de la vida en el que pienso que existen, esencialmente, dos tipos de personas: aquellas con locus de control interno y aquellas con locus de control externo. Para los que desconocen estos términos, que vienen del mundo de la Psicología, haré un breve resumen. Las personas que tienen locus de control externo son aquellas que creen que las vivencias que tienen, los éxitos y fracasos, son resultado del azar, del destino, de la suerte y, muchas veces, de las decisiones que toman otros, y nunca ellos mismos, de tal manera que no asumen responsabilidad alguna sobre las decisiones que han tomado a lo largo de su vida ni sobre las consecuencias de las mismas, ya sean malas o buenas. Son personas que atribuyen son fracasos a alguna instancia externa a ellas mismas. Por el contrario, las personas con locus de control interno son las que asumen la responsabilidad de sus acciones y son conscientes de que los éxitos que han tenido son fruto de sus decisiones, habilidades y esfuerzos… de la misma manera en que lo son sus fracasos. Las personas con locus de control interno, por lo tanto, tienen control sobre su vida, ya que es una vida que han construido ellos mismos.

No sé si conocéis a personas con locus de control externo, seguro que sí, yo conozco a más de una. Son personas con un montón de problemas y pocas soluciones; en definitiva, son personas con un montón de excusas. Y a veces creo que la vida se reduce a eso, a dónde ponemos el acento en nuestras elecciones y a quién responsabilizamos de nuestros fracasos. Porque llega una edad en la que somos, ante todo, hijos de nuestros propios fracasos, somos lo que no hemos sido y quisimos ser, somos todo lo que logramos pero también lo que no conseguimos lograr – que siempre parece pesarnos un poco más -. Y llega un momento en que ya no podemos ponernos más excusas, en que hay que asumir que nuestras manías, nuestras cobardías, nuestros límites, aquello que no nos atrevimos a hacer, o aquello que hicimos y no estuvo bien, también dice mucho de quienes somos hoy en día. Podemos mirar para otro lado y ponernos excusas, o podemos asumir que eso es la vida y esos somos nosotros, para bien y para mal; aceptar que, si no podemos cambiar quienes somos, al menos tenemos que aceptarnos; no echar balones fuera a los problemas, no para martirizarnos o dejar de querernos a nosotros mismos, sino para convertir las excusas en soluciones – en el caso de que aún haya solución –, o al menos para entender quiénes somos, de dónde vinimos y en quién nos convertimos. Porque no creo que querernos sea solo pintar el mejor cuadro de nosotros mismos, pensar que somos los mejores o evitar mostrar nuestros defectos. Para mí, querernos es asumir nuestras miserias, de la misma manera en que también asumimos nuestros aciertos. Porque no hay vida sin defecto, no hay vida sin fracaso, y si no aprendemos a asumirlos, solo nos queda caer en el autoengaño, o bien acomodarnos en una cobarde impotencia. La elección es nuestra, la elección es tuya.

Cristina Pazos del Olmo