Usamos la palabra ilusión con demasiados significados. Dependemos de lo que la acompaña, o de la forma que le damos, para que sea el reflejo de una realidad o de otra. Porque no es lo mismo tener una ilusión que ser una ilusión. Porque no es lo mismo una persona ilusionada, que un ilusionista, o que un iluso. Y a veces la línea que separa estas palabras es tan pequeña como las letras que las diferencian.

La R.A.E. define ilusión como:

1. Concepto, imagen o representación sin verdadera realidad, sugeridos por la imaginación o causados por engaño de los sentidos.

2. Esperanza cuyo cumplimiento parece especialmente atractivo.

3. Viva complacencia en una persona, una cosa, una tarea, etc.

4. Ironía viva y picante.

Y aquí vemos que la ilusión tiene una base de imaginación, de fantasía y esperanza, pero que, en principio, no tiene fundamento real.

Mi definición favorita de ilusión es la segunda, ya que creo que es la que más se ajusta a la ilusión de la que escribo hoy. Y en ella, la palabra más importante es la esperanza. Creo firmemente – y mis último año así me lo confirma – que la esperanza es lo que mantiene viva la ilusión. Que te puedes ilusionar solo con la esperanza de que algo suceda. Y aferrarte a ella tanto, que la única manera de soltarla es destruir por completo la posibilidad de llegar a cumplir lo que anhelas.

Porque la ilusión se crea, se alimenta, crece. Pero también se puede diluir, desvanecer o destruir.

child-2217747_960_720Todos queremos ilusionarnos. Con proyectos, con metas, con personas. Pero nos acecha el miedo de que no sea más que una ilusión. Y cuando llega ese momento, nos resistimos a abandonar algo tan hermoso. Porque muchas veces lo que nos duele no es lo que perdemos en sí. Sabemos que habrá otros objetos, otras personas, otros momentos. No nos duele tanto perder la oportunidad de algo nuevo, o de conocer a una persona interesante. Lo que de verdad nos duele es soltar la ilusión de que saliera bien. De que algo cumpliera con todo lo que en nuestra cabeza habíamos construido.

Pero seguimos luchando y seguimos creando – y creándonos – nuevas ilusiones. Dejando que nos ilusionen, que nos invada ese cosquilleo. Pese al miedo, o junto a él. Porque aunque sea frágil, la ilusión sostiene el mundo. Nos hace levantarnos por la mañana con ganas de ir a ESE trabajo que nos apasiona. Nos remueve el estómago al pensar que veremos a ESA persona. Nos hace apretar el paso al llegar a ESE lugar. Nos hace marcar EL día en el calendario. Y sea cual sea el sitio, la persona o el momento, nos dibuja una luz en la mirada difícil de igualar.

Por eso seguimos buscando ilusiones. Las construimos, creamos y perseguimos, pero sobre todo, las luchamos. Porque sí, de ilusiones no se vive. Y yo añadiría que de ilusionistas, tampoco. Pero sin ilusión, sin esa chispa, no podríamos alcanzar lo que entendemos por sentirnos vivos.

Y como ya decía mi compañera Cristina en este mismo blog, citando la conocida canción de la Cabra Mecánica, “no me llames iluso, porque tenga una ilusión”.

Paula Pérez Pellitero