Me pasa, cada 31 de diciembre – como, supongo, les ocurre a casi todos los mortales reflexivos – que me da por hacer balance del año que termina: comparar con años anteriores, ver qué he logrado, en qué he fracasado, qué he ganado y qué he perdido, a quién he ganado en mi vida y – sobre todo – a quién, perdido; cuánto de bien he obrado, cuánto de mal; cuánto de feliz e infeliz he sido; cuánto he disfrutado, cuánto he aprendido. En definitiva: cuánto he vivido, con todo lo que la vida conlleva. Este 31 de diciembre el balance ha sido horroroso, en números rojos, si lo queremos expresar en términos numéricos. Y, sin embargo, ese hecho no me ha amedrentado tanto como parecería, por dos razones básicas: la primera, bastante obvia, porque después de un año malísimo es difícil – que no imposible, me vais a decir… – que venga otro peor. La segunda razón, más filosófica que mundana, es que ha sido un año de enorme sabiduría y conocimiento, del mundo, de los demás y de mí misma, y quizás cuando sufrimos lo único que nos compense sea pensar en el aprendizaje de dicho dolor. Ya es una idea que creo haber compartido anteriormente.

De todos esos aprendizajes que creo haber hecho en el 2018, me quedo con uno esencial, uno que me acompaña diariamente: el de la felicidad. Y es que me he dado cuenta, de un tiempo a esta parte, de que soy feliz. Pensaréis que menudo aprendizaje, que no hacen falta 33 años para darse cuenta de algo así. Pero este ha sido un aprendizaje sorprendente, no tanto por darme cuenta de que soy medianamente, comedidamente feliz – algo que hacía años que venía constatando –, sino por mi forma de entender la felicidad.

happiness-keyHay mucha gente que se considera infeliz, que cree que la felicidad se alcanza a través de conseguir ciertas metas o bienes, ya sean materiales o de otro tipo, y que la alcanzarán cuando los hayan conseguido. Otros piensan – como solía pensar yo misma hace años – que la felicidad son tan solo momentos, instantes efímeros que hay que disfrutar con ahínco para intentar retenerlos y exprimirlos todo lo posible antes de que se vayan. Y también hay otra tanda de personas que viven en una felicidad pletórica, continua y ciertamente superficial, que enfocan la felicidad como un comportamiento que ha de imponerse al resto de emociones humanas y ante cualquier vivencia de la vida. Si bien respeto y puedo llegar a entender estas distintas formas de ver la felicidad, no comparto en su totalidad la idea de ninguna de ellas.

Para mí, la felicidad es, ante todo, una actitud, una forma de relacionarse con uno mismo y con el mundo. Sí, es cierto que cuando conseguimos metas o sueños nos sentimos más felices que nunca (¿quién no?), pero eso no quita para que después del “subidón” no podamos seguir disfrutando de una felicidad (ciertamente más reposada que la del momento del éxito), de la misma manera en que, si fracasamos, no tenemos por qué instalarnos en una infelicidad perpetua después de los primeros momentos de obligada decepción. La felicidad tampoco se basa, para mí, tan solo en momentos aislados y sueltos que hay que disfrutar antes de que se vayan. Claro que la vida nos trae momentos dulces y momentos amargos, que no podemos disfrutar de todos, pero poner el punto de responsabilidad de la felicidad únicamente en un hecho externo me parece triste y hasta peligroso: parece que la felicidad no tuviera nada que ver con nosotros, que no dependiera ni un poquito de uno mismo.

Pero, desde luego, tampoco comparto esa idea actual de que hay que ser feliz, constantemente y a todas horas, ya estés enamorándote, preparando una oposición o pasando el tratamiento de quimioterapia de un cáncer; no, la felicidad tampoco es ese estado irreal de perpetua e insaciable alegría. Lo será a veces, claro que sí, pues la vida nos trae tanto cal como arena. Pero no hay nada de raro en sufrir cuando la vida nos manda dolor, o en sentirnos hastiados cuando la vida nos resulta aburrida: el sentido común también tiene mucho que decir en nuestra felicidad.

No podemos – al menos yo -, ser pletóricamente felices, ni falta que nos hace: he descubierto que, detrás de muchas de estas felicidades non stop se esconde tan solo una imagen, una construcción social, una felicidad frívola y ligera, una “felicidad de Instagram”.  Bien está para el que bien le funcione, pero para mí se queda corta y vacía.

La felicidad, decía antes, no es bajo mi punto de vista un momento, un éxito o un comportamiento, sino una actitud que tenemos hacia la vida y que nos acompaña en todos los momentos, en los mejores y en los peores, a veces como protagonista principal y, otras, tan solo de fondo, sin hacernos olvidar su presencia. Es una forma de enfrentarnos al mundo, una disposición a futuro con todo lo que nos rodea. Es un diálogo abierto con la vida, una decisión consciente de acercarnos a ella desde la felicidad: tú y yo, vida, nos vamos a llevar bien, aunque a veces me trates mal, porque me toca estar aquí, y ten por seguro que voy a sacar el máximo provecho de la experiencia.

Por eso puedo decir que el año pasado he sido feliz, incluso cuando he sido tremendamente infeliz. Porque la expectativa de felicidad, la felicidad futura que estaba por llegar, me acompañaba en el camino. En ese momento me tocaba sufrir, pero sabía que volvería a ser feliz o, más bien, que volvería a ver la vida desde la felicidad.

¿Qué es para mí, entonces, la felicidad? La felicidad es sentirme afortunada, porque la vida me ofrece numerosas posibilidades cada día y porque yo nunca dejo de pedirle a la vida, aunque me conceda la mitad o incluso menos. Soy feliz porque estoy comprometida con el mundo que nos rodea, porque me preocupan las personas cercanas a mí y porque siento y recibo afecto por ellas. Soy feliz porque estoy llena de ternura, porque nunca he dejado de ofrecerla cuando ha hecho falta. Soy feliz porque me encuentro llena de planes, de ideas, de sueños, porque nunca tiro la toalla, porque soy imperfecta, pero aprendo siempre un poquito de mis errores, porque acepto las cosas como vienen, sin conformismos pero con la suficiente capacidad para relativizar.  

Ser feliz no es una esperanza – el deseo de felicidad, como aquel que espera el trabajo de su vida o que le llame aquella persona que mueve su corazón -, sino más bien una expectativa: sabes que vas a ser feliz, al igual que, a veces, serás miserable, bondadoso, cruel, sabio o estúpido. La felicidad es la serenidad del que va aceptando lo que viene, luchando por seguir evolucionando, pero apreciando los pequeños detalles y sabiendo querer lo que se tiene, aunque no sea siempre lo que a priori habíamos deseado.

Ser feliz es, en definitiva, empeñarse en serlo. Es una elección consciente y una actitud constante. Por supuesto, me refiero a las vidas mundanas y corrientes, a esas que reciben un poquito de cal y un poquito de arena, que no están llenas de tragedias y de desgracias y que se enfrentan a problemas tolerables o pasajeros que pueden ser abordados y superados; me refiero a aquellas personas que tenemos cubierta la pirámide de Maslow y a las que la vida, que nunca es justa, nos ha tratado con un poquito más de justicia y de dulzura y un poquito menos de amargura que en otros países, que en otros contextos, que en otros “zapatos”. Al resto de vidas, a aquellas que no pueden decidir ser felices porque tienen cuestiones más básicas que decidir – como la mera supervivencia, física o emocional -, a esas las debemos dos cosas: la primera, intentar solventar su situación en la medida de lo posible; y, la segunda, no dejar nunca de valorar lo que tenemos, de elegir la felicidad para transitar por nuestro camino.

Cristina Pazos del Olmo