Creo que el viaje más largo de mi vida, el más extenso y también el más difícil, tuvo lugar a finales de un mes de mayo en esa ciudad sempiterna llamada Madrid. Calurosa en aquella época y contradictoria en todas sus manifestaciones, campechana e imperial al tiempo, Madrid ofrecía el paisaje desolador de más de dos mil indigentes viajando por sus calles.

Ese domingo cotidiano nos reunimos como solíamos hacer en la plaza C. a eso de las siete de la tarde el grupo de voluntarios. El colectivo era muy diverso y tenía procedencias distintas, edades y rastros diferentes, aunque todos coincidiésemos en lo esencial. Contamos como siempre los bocadillos y nos dividimos en grupos para las correspondientes rutas de reparto. El camino del centro se adentraba valientemente en medio de los Zaras y el tumulto de las compras sin desenfreno para llegar hasta el acueducto. Allí, compartían techo africanos que un día cualquiera de mi rutina, mientras yo daba una clase sobre textos argumentativos, se lanzaban al Mediterráneo de cabeza, en un chapuzón limpio, sin salpicar, sobre esta Europa contradictoria y muchas veces hipócrita. Además, existía la ruta que atravesaba Plaza España y en cuyo recorrido tropezábamos con Maruja, una anciana asturiana que siempre nos hablaba de lo lejos que llegó su hijo en la vida, de lo importante y admirado que era, mientras ella, insignificante, enjuta y recogida en un lugar donde apenas es vista, pide con esa manita algo de dinero para llegar a fin de mes. O Don Antonio, ese hombre de pueblo que vende bastones hechos por el mismo ahora que su mujer no está y sus hijos no tienen tiempo para estar con él y que comparte esquina con Claudio, el rumano con discapacidad que perdió sus piernas en un accidente de tren en su infancia en Bucarest y que acaba de perderse con la muerte de su único hermano Benjamín. Los que nos dirigíamos a la tercera ruta llegamos finalmente al paseo situado frente al exótico templo Debod; la tarde caía y el aire se sentía caliente, como presintiendo el ensueño del momento. Y de repente los vi, los vi y los miré… Varios hombres del antiguo bloque soviético compartían un banco de madera y algunas cervezas al esconderse el sol. Ser la basura del mismo sistema, aunque sea el capitalista, te une mucho más que la implantación forzosa del comunismo con su lógica totalitaria, y eso es una paradoja de la historia, pensé para mis adentros. Alexei estaba sentado en la esquina izquierda del banco. Era un hombre ucraniano de semblante sereno y manos temblorosas. Junto a él, Vladimir de Lituania brillaba con voz propia con los ojos más verdes que jamás hubieras visto. Kiril, como buen ruso, ocupaba el centro de todo y reía sin parar. Giussepe, de Rumanía era el más joven del peculiar grupo y parecía cerrar aquel mapa humano con su presencia silenciosa. Alexei nos reveló tener cincuenta y siete años, aunque la vida en la calle te hace parecer infinitamente más viejo. Hay quien piensa que la infancia es la parte más vulnerable de la existencia; difiero, no tienes recursos, ni medios, ni forma de entender lo que sucede…pero el juego te acompaña, la imaginación viaja contigo, y también la esperanza de una vida mejor. Eso no sucede cuando tienes 57 años y vives en un banco en la calle en Madrid.

Mientras repartíamos bocadillos y zumos entre los integrantes del banco, charlábamos animadamente de cosas cotidianas. Entonces Alexei nos pidió buscar en el teléfono un grupo de música de nombre impronunciable- Zidus Butavicius. Así lo hice y de repente comenzó a sonar una música pizpireta y contagiosa. Alexei seguía el ritmo con sus piernas mientras sus dedos reproducían instintivamente los movimientos del acordeón y su cuerpo bailaba animoso. La música sonaba y los ojos y rostro de Alexei lloraban, volvía a estar vivo. A mis ojos también asomaban lágrimas pero contuve con todas mis fuerzas el sentimentalismo de la escena; uno no puede llorar en momentos así. Con una voz temblorosa este hombre ucraniano explica que hace no mucho unos chicos intentaron quemarlo vivo, también borrachos-otra paradoja de la vida -el alcohol les iguala a todos en esa huida de la realidad. Vivir en la calle es un tipo de muerte que nadie se ocupa de evitar. No importan, se lo merecen, piensa el populacho. Su voz, en un español lleno de acento y flaqueza explica con orgullo que esa música es de su banda. Un día salió de Ucrania con la esperanza ilusa de alcanzar una Europa de milagros y miel. Llegaría primero a Alemania y durante unos años logró sobrevivir con su música por la calles de Munich. Pasado un tiempo parte del grupo decidió venirse al sur. Habían oído la noticia de que en España se vivía mejor, el carácter de la gente era más hospitalario y hacía menos frío-en todos los sentidos. También llovían noticias de la tierra prometida, con el auge de la construcción y del turismo. Pasan los años, Alexei trabaja en la construcción, toca ya menos el acordeón, cree sentirse libre y cumpliendo su sueño aunque en su fuero interno intuye que no es verdad. Un día cualquiera de marzo lo despiden, se paran las obras, se detiene la economía. Te vas a la calle, ahí buscas y rebuscas un empleo que nadie te da, que nadie te ofrece, no hay sitio en este país de gente buscando trabajo. Los días se alargan, la esperanza se acorta, la vida se acaba. Sacas la botella, le das un trago y así le ganas la partida a la vida ese día. De trago en trago pierdes esa habitación compartida, de un día a otro se te olvida ducharte, de banco en banco pierdes la mirada en el espejo. De ahí al banco en Pintor de Rosales el trayecto es muy corto y sólo venden billetes de ida. El video de youtube relataba el periplo vital de este ucraniano y su música y su melodía pegadiza volaban por el aire impregnándolo todo de verdad y de vida. Cuando en un intento de dignidad, Alexei exclamó casi vehemente que era un parado solo temporal y que volvería a tocar para nosotros, tragué saliva y todos guardamos silencio.

Silvia Villanueva Santander

Este relato ha ganado el XI Premio del concurso de relato corto sobre testimonio de voluntariado “José Féliz García Calleja” de la Universidad de Cantabria.