Poco queda para el décimo aniversario de la muerte de Delibes, apenas medio año, un escritor que nos ha dejado obras del talento de Cinco horas con Mario (1966) o El hereje (1998), esta última novela escrita ya con casi ochenta años y merecedora del Premio Nacional de Literatura.

imagesMiguel Delibes (Valladolid, 1920-2010) fue un escritor, periodista, columnista y dibujante castellano, así como miembro de la Real Academia Española desde 1975 hasta su muerte en el año 2010, con casi noventa años. En su carrera como periodista llegó a dirigir el periódico El Norte de Castilla, y de sus famosos dibujos llegaría a adoptar entre sus familiares el apodo de MAX (M de Miguel, A de Ángeles, su mujer, y X para representar la incógnita del futuro de ambos). Así nos lo cuentan en el programa Imprescindiblesdel 27 de octubre, que habla de la vida privada del autor, y así lo percibimos, al tiempo que desvelamos esa X incógnita, en el libro Señora de rojo sobre fondo gris, escrito en 1991, tras la muerte de Ángeles. En este libro, Delibes nos relata la felicidad de sus días junto a Ángeles y la pérdida de la misma y nos desvela la incógnita que fue una vida entera a su lado.

Estos días ando releyendo este libro y preguntándome varias veces lo que ya me he preguntado en otras ocasiones, cada vez que leo un libro de este autor: ¿y qué hay del Nobel? Y es que Delibes siempre fue el eterno candidato al Nobel de Literatura, cuyo nombre se repetía con tanta insistencia como se repite hoy el de Javier Marías, con similares resultados para ambos. Y, sin embargo, la obra de Delibes ha sido una de las más traducidas en nuestra literatura del siglo XX, de obligada lectura muchas veces en el sistema educativo y con numerosas ediciones. Se estrenó en el mundo de la literatura con apenas 27 años con La sombra del ciprés es alargada, con la que logró el Premio Nadal y el primero de los muchos reconocimientos que le acompañarían en vida. El siguiente premio en la lista sería el Premio Nacional de Literatura, que recibió en 1955 por Diario de un cazador, una de las grandes pasiones de este autor. A la crítica también se la ganó en 1962 con Las ratas, donde dio luz a uno de sus personajes más célebres, El Nini, aquel niño sabio. En 1982 compartió premio con Torrente Ballester, en concreto, el Príncipe Asturias de las Letras, y en 1991 recibió el Premio Nacional de las Letras Españolas. Pero no será hasta 1993 hasta que reciba el mayor galardón en el mundo de las letras hispanas: el Premio Cervantes.

Por su parte, desde su Comunidad Autónoma también recibió numerosos premios: fue investido doctor Honoris Causa en 1983 por la Universidad de Valladolid y recibió el Premio Castilla y León de las Letras en 1985. El año antes de morir, en el 2009, recibió la Medalla de Oro de Castilla y León, como reconocimiento al autor más importante de la comunidad en el mundo de las letras.

La pregunta se hace obvia: ¿por qué este autor no recibió, finalmente, el Premio Nobel? Se me ocurren dos grandes razones, no exentas de peso ninguna de ellas. La primera, porque quiso la mala suerte que en cada convocatoria se le antojaran al jurado como mejores las obras de otros candidatos, y es que la competencia para el reconocimiento mayor siempre es grande. Pero una segunda razón me viene a la mente, esta más de cosecha propia – o familiar -, para explicar que a Delibes se le escapara, año tras año, el Nobel. Y es que el autor nunca quiso ser más que eso, un autor de libros, un escritor de historias impecables y exquisitas, sin pretensiones inalcanzables, sin pretender ir de algo más (de hecho, sin pretender ir de nada). Delibes fue un hombre de carácter castellano, una personalidad castiza, templada, tranquila. Fue un hombre conversador, cordial, más pesimista y melancólico de lo que querría haber sido pero con un sentido de humor único y muy suyo. Fue un hombre conservador: amante de la caza, amante de la familia, fiel a un estilo de vida sencillo. Y quizás tanta sencillez se cargó sus opciones de hacerse con el Nobel, un premio tan importante como mediatizado, a un autor a los que los medios le molestaban: “si me dan el Nobel habrá que ir allí a recibirlo, ¡un coñazo!”, bromeaba, medio en serio, medio en broma, el autor cuando le comentaban la posibilidad de recibir el Nobel. Así que al final el autor no tuvo que acercarse a recoger el premio – todo un coñazo -, porque no hubo premio: se quedó a las puertas, nos quedamos a las puertas todos sus lectores. Y es que la sencillez, la privacidad, lo conservador, nunca han sido valores mediáticos.

Cristina Pazos Del Olmo


Fotografía principal obtenida en Wikipedia.