Este mes me caducaba el DNI, así que he tenido que realizar la rutinaria tarea de la renovación, aunque esta vez – y gracias a las citas por Internet – sin la acostumbrada cola. Pues bien, mientras me hacían los trámites para mi DNI estaban sentados en la ventanilla de al lado una pareja con una niña pequeña, de unos 4 o 5 años. Estaban en proceso de tramitar su primer DNI, o eso repetía la niña todo el rato con entusiasmo infantil: “¡voy a tener DNI!”, “¡es mi primer DNI!”.

En un momento dado tocó que le tomaran las huellas, igual que me habían hecho hacer a mí unos minutos antes, y de repente el procedimiento me llamó la atención, y únicamente cuando se lo vi hacer a ella, porque me teletransportó, por un momento, a mi primer DNI. Tendría yo su misma edad, quizás algún año más, cuando me dirigí con mis padres a la Plaza de la Porticada, donde se hacían antaño los DNI en Santander. Me acuerdo de las escaleras para subir a la primera planta, de la larga cola que llegaba hasta mitad de estas escaleras, pero sobre todo recuerdo el procedimiento para marcar las huellas, ese estuche de tinta negra, como el que se usa para los sellos de oficina o de empresa, donde tenías que pasar el dedo índice de ambos dedos antes de marcar mis huellas en un trozo de papel identificativo. Los dedos, aunque te frotases bien con el clínex impregnado en alcohol que te proporcionaban, quedaban ennegrecidos para el resto del día, algo que a mí me molestaba bien poco, porque me hacía sentir importante, me hacía sentir ya grande, una ciudadana que tenía su propio DNI.

hand-3880745_1920 (2)Este hecho me dejó pensativa durante el resto del proceso. Pensé que aunque solo fuera un pequeño detalle de nuestra infancia, la infancia estaba hecha justamente de eso, de pequeños detalles que el día de mañana te sorprenden correteando por tu memoria un martes cualquiera. ¿Qué infancias tan distintas habremos tenido aquella niña y yo? ¿Cuántos otros procesos manuales hemos convertido en digitales? ¿Y qué impacto tienen estas distintas vidas – más y menos tecnológicas – cuando te haces mayor? La infancia, bien se sabe, ya lo decía Freud – y no es que yo sea muy amiga del psicoanálisis – tiene un impacto tremendo durante el resto de nuestras vidas, uno que influye y modela las personas que vamos a ser al crecer y madurar, y es un sitio al que recurrentemente buscamos volver, a través de los recuerdos, a través de caras conocidas, o de caras que nos recuerdan a otras caras lejanas. Regresamos a lugares que significaron algo o mucho y volvemos a releer y visualizar la cultura de aquellos años. La infancia es una esponja de aprendizaje, un tesoro de experiencias por vivir que van conformando nuestro ser y nuestra personalidad. Es por ello por lo que me planteo cuánto influye el estado de vida actual en la infancia de nuestros niños, niños que ya no conocerán las cartas escritas de puño y letra a los amigos de campamento, las llamadas telefónicas hechas a domicilio porque no existían los móviles y la magia que había a veces en no ser encontrado a todas horas; niños que disfrutan cada vez menos de la calle, de los juegos de mesa y de los helados, para cambiarlo por juegos en línea, por conversaciones de whatsapp o fotos en Instagram. Niños expuestos en demasía a las redes sociales, que crecen muy pronto viendo contenidos demasiado imprudentes para sus tiernas edades, niños que pasarán menos tiempo escuchando las batallitas de sus abuelos y más perdiendo horas tras pantallas.

Está claro que la infancia de la feliz niña con su DNI digital será muy distinta de la mía. Probablemente no habrá crecido con las películas de Disney, viendo capítulos de Barrio Sésamo y jugando a la peonza en la calle. Quizás nunca lea los libros de Enid Blyton o de Jordi Sierra i Fabra, otros serán los escritores actuales, otros serán los famosos actuales. No descubrirá un ordenador a los doce años por primera vez en su vida ni sabrán quiénes eran las Spice Girls. ¿Será mejor su infancia, será peor que la mía? Esa es la magia de la cuestión, pues nunca acabaremos de descubrirlo. Lo que sí está claro es que será bien distinta, que la tecnología, los distintos estándares, irán conformando la vida de esta niña de la misma manera en que mis experiencias infantiles conformaron la mía y son parte de la persona que soy hoy en día. Estamos hechos de recuerdos y de experiencias, y aquellas que ocurren en nuestra temprana edad, a pesar de parezca lo contrario, a pesar de que ocurren con menor voluntad que las que se dan el resto de nuestras vidas, pasan a influir en ellas más que ningunas. Por eso es tan importante tener una infancia apta, correcta, feliz, para poder construir una personalidad fuerte y sana, para poder seguir siendo sanamente felices.

Cristina Pazos del Olmo