Era demasiado amor. Demasiado grande, demasiado complicado, demasiado confuso, y arriesgado, y fecundo, y doloroso. Tanto como yo podía dar, más del que me convenía. Por eso se rompió. No se agotó, no se acabó, no se murió, sólo se rompió, se uno abajo como una torre demasiada alta, como una apuesta demasiada alta, como una esperanza demasiado alta. 

Almudena Grandes (Castillos de cartón)